VELAZQUEZ EN ITALIA

Figura de la entradaLa venus del espejo. Diego Velázquez. Óleo sobre lienzo, 122,5 x 175 cm. National Gallery. Londres.

CONCURS CERCANT L’ART (octubre):
Autor: Diego Velázquez (Sevilla 1599, Madrid 1660)
LocalizaciónGalleria Doria Pamphilj. Roma.
Título: Retrato del Papa Inocencio X.
Acertantes (por orden alfabético): Pepe, Pere Sánchez y Xavier Selva.

COMENTARIO

Es una tarde de mayo de 1651, la mar está en calma y una suave brisa de atardecer mediterráneo invita a la melancolía. Diego Rodriguez de Silva y Velazquez pasea en la proa del galeón intentando sacudir la tristeza que le invade desde que abandonó el puerto de Génova. Ha permanecido más de dos años  en Italia y, alejado de la rigidez y obligaciones de la corte, ha degustado una libertad que ya no recordaba. Quizá su primer viaje a Italia fue más impactante y más decisivo en su vida y estilo, pero ahora, en la madurez, con más experiencia y menos exigencia, ha podido disfrutar con mayor profundidad de las colecciones de Arte que solo pueden contemplar unos cuantos privilegiados y del trabajo y las charlas con sus colegas pintores.

Siempre estará agradecido a  Rubens que durante su visita a Madrid en 1628, aparte de enseñarle secretos de su oficio, le impulsó para viajar a Italia. También gracias a él y sus alegorías, se atrevió a pintar Los borrachos. Por suerte, podía alternar los retratos de la familia real con cuadros para decorar los palacios y esto le permitía escoger los temas que más le apetecían.  Era la primera vez que se enfrentaba a una fábula mitológica y para ello recuperó gamas cromáticas, métodos descriptivos y figuras de sus años sevillanos, con la novedad de los desnudos masculinos. Estaba muy satisfecho del resultado porque había demostrado que se podía abordar la mitología con un lenguaje natural y costumbrista.

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El triunfo de Baco, conocido como Los borrachos.; óleo sobre lienzo, 165 x 225 cm. Velázquez, 1629. Museo del Prado.

Todavía recuerda la emoción que le embargó cuando le llegó la licencia del Rey para poder residir dos años en Italia, acompañada de cartas de recomendación para las autoridades de los lugares que quería visitar y el sueldo, 480 ducados y otros 400 para la compra de cuadros.

Nada más llegar a Génova se dirigió con ansia hacia  Venecia. Allí se presentó al embajador español y se le abrieron las puertas de todos los palacios para poder contemplar sus colecciones artísticas. Quedó deslumbrado por todo el lujo y la belleza encerrados entre canales, especialmente por la obra de Tintoretto de quien copió algunos lienzos. Lamentó tener que partir antes de lo deseado por la delicada situación de la ciudad, pero no hay mal que por bien no venga; durante su parada en Ferrara pudo admirar la obra de  Giorgione y en Cento se interesó en conocer la de Guercino. Fue una buena decisión porque se sintió cautivado por la luz blanca y los paisajes de sus cuadros y que tratara a sus figuras religiosas como personajes corrientes. Sin saberlo, al marchar de Cento lo hacía con las huellas de Guercino que en el futuro imprimiría en su obra. 

Ya en Roma fue a visitar al cardenal Francesco Barberini, a quien había retratado en Madrid. Gracias a él pudo visitar las estancias vaticanas y, embelesado, pasó muchos días copiando los frescos de Rafael y Miguel Angel. Después se trasladó a Villa Médici, en las afueras de Roma, donde tuvo la oportunidad de dibujar su gran colección de escultura clásica.

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Vista del jardín de Villa Medici; óleo sobre lienzo, 48 x 43 cm. Velázquez, 1630. Museo del Prado.

Pero no todo fue copiar el pasado ya que se pudo codear con los grandes artistas del momento: Pietro Da Cartona, Andrea Sacchi, Nicolas Paussin, Claudio de Lorena y Gian Lorenzo Bernini. Sin duda, la influencia italiana tuvo mucho que ver en el cuadro La fragua de Vulcano. Todavía estaban en sus pupilas las esculturas clásicas, la claridad de la luz de Guercino, tan alejada del tenebrismo de su juventud, y la libertad de movimiento y la expresión de pasión que lograban sus colegas italianos. Realmente en el cuadro había logrado plasmar la sorpresa de todo el taller de Vulcano, el herrero de los dioses del Olimpo, al recibir de Apolo, el resplandeciente dios del sol, la humillante noticia de que su mujer, Venus, estaba cometiendo adulterio con Marte, dios de la guerra.

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La fragua de Vulcano; óleo sobre lienzo, 223 x 290 cm. Velázquez, 1630. Museo del Prado.

Aquel otoño de 1630 también abandonó Italia con pesar y más después de conocer a José de Ribera al pasar por Nápoles antes de su partida. Hubiera querido disfrutar más tiempo de sus cuadros y su cómplice conversación y compañía, pero le acuciaban desde el Real Alcázar y no podía demorarse.

Al llegar a Madrid supo sobreponerse a la añoranza y emprendió una amplia producción, principalmente de retratos reales. Suerte que le encargaron la decoración del nuevo Palacio del Buen Retiro y de la Torre de Parada, un pabellón de caza del rey en las proximidades de Madrid. Estaba orgulloso de La Rendición de Breda que adornaba una de las estancias, aunque disfrutó más al pintar las figuras de bufones y “hombres de placer” de la corte en otros aposentos porque pudo experimentar recursos estilísticos que no se permitía en los retratos regios.

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El bufón calabacillas; óleo sobre lienzo, 106 x 83. Velázquez, 1635-1639. Museo del Prado.

Fueron diez años de febril actividad, pero a partir de los cuarenta años el cansancio propio del paso del tiempo y las obligaciones como ayuda de cámara del rey le mantuvieron más alejado de lo que hubiera querido de su gran pasión: pintar.

Embarcar ese 21 de enero de 1649 en Málaga rumbo a Génova, le supuso una bocanada de aire fresco. Se le había permitido abandonar de nuevo la corte con la excusa de adquirir pinturas y esculturas antiguas para el rey y contratar a Pietro da Cartona para pintar al fresco varios techos de estancias del Real Alcazar de Madrid que se habían reformado. Estaba decidido a no desaprovechar este nuevo regalo. Otra vez volvió a pasear Venecia donde adquirió cuadros de Tintoretto y Veronés para el monarca, pasó por Nápoles para encontrarse con Ribera y finalmente se estableció en Roma.

¡Ah, Roma! Allí había podido saborear realmente las mieles del triunfo y no puede evitar esbozar una sonrisa recordando el momento en que fue elegido miembro de las dos principales organizaciones de artistas: La Academia de San Lucas y la Congregazioni di Virtuosi del Panteón. Pertenecer a la Congregazioni le había permitido exponer allí un cuadro el día de San José, colgado junto a la tumba del gran Rafael y la obra de maestros italianos del pasado y del presente. Realmente había sido atrevido escoger el retrato de Juan Pareja, su esclavo morisco y mestizo. Quizá fue esa osadía la que le abrió las puertas del Vaticano para pintar a Inocencio X. Osadía y maestría, claro, porque el retrato de Juan Pareja era tan real y vivaz que estando él al lado del cuadro parecían gemelos (ahora la sonrisa de Velazquez se convierte en carcajada), lo cual le valió el aplauso de los artistas llegados de diversas naciones.

Juan Pareja le sirvió fielmente durante muchos años y había llegado el momento de concederle la carta de libertad. Ya de muy joven le ayudaba a mezclar los pigmentos y preparar los lienzos y sabía que había aprendido a escondidas los secretos de su pintura. Sin duda había sido uno de sus mejores discípulos sin que él se diese por enterado y ahora podría tener vida propia.  

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Juan Pareja; óleo sobre lienzo, 81 x 70 cm. Velázquez, 1650. The Metropolitan Museum of Arts. New York.

Pintar al Papa no fue un reto fácil y antes estuvo estudiando los cuadros que Rafael y Tiziano habían realizado de papas anteriores, considerados obras maestras. Quería representar a Inocencio X con su expresión de fuerza, poder y seguridad en sí mismo y estaba convencido de haberlo conseguido. Para el futuro quedaría su gesto de mirada penetrante, inquisitiva y despectiva, un gesto rodeado de púrpura en el fondo y en sus atributos y rematado por el blanco de sus vestiduras, dando licencia a la pureza, aún dudando de que fuera merecida.  

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Retrato del Papa Inocencio X; óleo sobre lienzo, 141 x 119 cm. Velázquez, 1650. Galleria Doria Pamphilj. Roma.

Pensando en el púrpura del Papa cae en la cuenta de que prefiere ese cielo rojizo que desgrana la tarde y que anuncia un día ventoso, bueno para navegar e ir dejando atrás los recuerdos de sus años en Italia. Hay en ellos mucho goce y quizá demasiada vanidad, pero sobretodo una ausencia que le hiere. A medida que el galeón avanza, el mar inmenso pone distancia entre él y su secreto. Su hijo Antonio y la madre del niño han quedado en Italia y sabe que probablemente no volverá a verles y ni siquiera podrá hablar de ellos. Le queda el consuelo de su retrato más verdadero, el que le acompañará siempre porque no necesita lienzo; ocupa su corazón y su pensamiento.     

NOTAS:

1) La Venus del espejo perteneció a la Casa de Alba y más tarde a Manuel Godoy, en cuya época seguramente se conservaba en el Palacio de Buenavista (Madrid) de donde es probable que fuera robada por un miembro del ejército inglés.

2) Además del retrato de Velazquez, en la Historia del Arte a Giambattista Pamphili, Inocencio X, se le recuerda porque encargó al arquitecto Borromini reestructurar el interior de la iglesia de S. Juan de Letrán -se eliminaron los frescos medievales, sustituyéndoles por una decoración más acorde con el gusto de la época, el Barroco- y, sobretodo, por el reacondicionamiento de la plaza Navona, situada donde se levantaba el estadio de Domiciano. En la plaza se encontraba el palacio de su familia y un mayor espacio se prestaba a celebraciones de su poder. Además de agrandar el palacio encargó una nueva iglesia, Santa Inés, cuya fachada ideada por Borromini  con un juego de formas cóncavas y convexas, constituye un típico ejemplo de la tendencia barroca a asombrar.

3) Jenifer Montagu descubrió un documento notarial que acreditaba la existencia en 1652 de un hijo romano de Velazquez, Antonio de Silva. Se han hecho conjeturas acerca de si la madre podría haber sido la modelo de La venus del espejo o la pintora Flaminia Triva, hermana y colaboradora de un discípulo de Guercino, pero lo cierto es que no existen documentos al respecto.  

4) Tras el regreso a Madrid desde Italia en 1951, los cargos administrativos absorbieron cada vez más a Velázquez, restándole tiempo para pintar. En 1652 solicitó el cargo de aposentador real que implicaba ocuparse de tareas domésticas a cambio de una posición jerárquica privilegiada. Era el encargado de las sábanas reales, de los sacos de paja de los guardias, del abastecimiento de leña y carbón, de controlar al personal de limpieza y de sostener la silla del rey durante los ágapes públicos.

Más agotador aún que las tareas de palacio eran sus misiones como aposentador real durante los muchos desplazamientos de la corte a las residencias de verano, los escenarios de batallas o por otros motivos, como el viaje a la frontera con Francia, donde Felipe IV prometió a la hija de su primera esposa, María Teresa de Austria, con Luis XIV.

Aún así, a este último periodo de su vida corresponden algunos de sus mejores retratos y dos obras magistrales: Las meninas y Las Hilanderas.  En ellos vemos su estilo último. Empleando pinceladas atrevidas que de cerca parecen inconexas, pero que contempladas a distancia adquieren todo su sentido, se anticipó e a los Impresionistas.

5) España estaba arruinada después de que Felipe IV y su padre Felipe III, pendientes de sus placeres y totalmente desinteresados por la política, hubieran dejado el gobierno en manos de sus validos y despilfarrado la riqueza del imperio en guerras, lujos y extravagancias. Sirva como ejemplo esta nota de archivo de 1657: “Diego Velazquez, aposentador real, hace saber que se le debe por su servicio el sueldo de un año, que asciende a 60.000 reales El deshonillador del palacio y los empleados que dependen de él han dejado de trabajar y, lo que es peor, no hay ni un real para pagar la leña destinada a las chimeneas de los aposentos de su majestad”.

6) Velázquez falleció el 6 de agosto de 1660 a causa de la viruela. Ocho días después murió su esposa Juana.

7) Desafortunadamente, en el incendio del Real Alcazar de Madrid en la Nochebuena de 1734 se perdieron más de 500 obras de maestros de la pintura, entre ellas muchas de Velázquez.

Cinta
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Cinta

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3 comentarios en «VELAZQUEZ EN ITALIA»

  • el lunes, 31 de octubre de 2022 a las 7:56 pm
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    Qué delicia,Cinta.
    No sabes lo que he disfrutado y me ha relajado tu fabuloso escrito…y qué bien escrito.
    Después de leer hoy en esta web predicciones catastrofistas, elucubrar sobre una Barcelona triste y meterme en una oscura y reaccionaria historia de España, tu relato me ha devuelto a la armonía.
    No sé de dónde sacas el tiempo y el arte para encontrar temas tan completos como fascinantes que sacan todo el jugo a viejos conocidos.
    Muchísimas gracias de todo corazón
    Un incondicional fan

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  • el domingo, 6 de noviembre de 2022 a las 8:18 pm
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    Quina delícia d’article. M’ha agradat especialment que el narressis com si fossis el notari de la seva vida, com si fossis contemporània de Diego Velázquez. Quin malbaratament de feina la de Velàzquez. Qué ignorant el rei d’encarregar-li una feina que hagués pogut fer un altre i no deixar-lo pintar. Hagués fet més fortuna quedant-se a Itàlia on l’amor per les arts era més gran i a més tenien més diners.

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  • el viernes, 11 de noviembre de 2022 a las 11:07 am
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    Fantàstic Cinta! Quina perspectiva més curiosa i estimulant l’hi has donat al teu article.
    Ha estat un plaer llegir-te.

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