HISTORIAS DE INVIERNO

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Figura de la entradaCenso en Belén. Pieter Bruegel el Viejo, 1566. Óleo sobre tabla, 155 x 163 cm. Real Museo de Bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

CONCURS CERCANT L’ART IV (nº1, gener):

SOLUCIÓN: Cazadores en la nieve. Pieter Bruegel el Viejo, 1565. Óleo sobre tabla; 117 x 162 cm. Museo de Historia del Arte de Viena.

ACERTANTES (por orden alfabético): Pepe Ruiz, Pere Ramirez y Pere Sanchez.

COMENTARIO

“Durante el invierno la vida estaba asociada a muchas fatigas, pero estas fomentaban la cohesión. Por mucho que el clima dictara el modo de vivir y se padeciera bajo la carga de esa estación fría del año, la gente se alegraba de poder auxiliarse mutuamente, de trabajar en algo que pudiera vencerse gracias a una labor colectiva y de la que luego podría hablarse por mucho tiempo. El invierno era una etapa bella a pesar de ser tan duro, o precisamente por serlo”.

      Berd Brunner (Cuando los inviernos eran inviernos)

A pesar de su particular belleza, el invierno tardó en asomar en las obras de arte. Se habían demorado los paisajes, relegados por asuntos humanos, y cuando empezaron a vislumbrarse se llenaron de la vida y los colores primaverales y estivales, por su atractivo, pero también por la dificultad que entraña plasmar la luz y la acumulación de ausencias propio de la estación invernal debido al letargo vegetal y animal.

El primer pintor en atreverse a pintar un paisaje invernal fue Pieter Bruegel el Viejo en su cuadro Cazadores en la nieve, uno de los cinco paisajes que se conservan de este autor.

La eclosión de la pintura de paisaje en el norte de Europa tuvo una causa religiosa: la Reforma Protestante. Muchos seguidores de la nueva doctrina pusieron objeciones a los cuadros y estatuas que representaban a los santos en las iglesias, considerándolos signos de la idolatría papal. De este modo, los pintores de las regiones protestantes perdieron su mejor fuente de ingresos: los retablos de altar.  Los calvinistas más estrictos rechazaron incluso lujos de otra índole, tales como las decoraciones domésticas. Las fuentes de ingresos que quedaron para los artistas fueron únicamente los retratos y las ilustraciones de los libros, lo cual a la mayoría no les bastaba para vivir. Algunos emigraron, como fue el caso de Holbein el Joven que se trasladó a Inglaterra y con el tiempo obtuvo el título de pintor de cámara de Enrique VIII.

Solo existió una región protestante en Europa en la que el arte sobrevivió a la crisis de la Reforma: los Países Bajos. Allí los artistas hallaron una salida; en lugar de concentrarse de manera exclusiva en los retratos, se especializaron en todos aquellos temas contra los que no podía poner ninguna objeción la Iglesia protestante. Realizaron obras cuyo principal objetivo era desplegar su extraordinaria destreza en la representación de la textura de las cosas y de la naturaleza que habían ido perfeccionando desde los tiempos del gran innovador Van Eyck.   

En ese ámbito restringido, algunos artistas flamencos optaron por la representación de escenas de la vida cotidiana. Con el tiempo esas obras se conocieron como cuadros de género (derivado de la palabra francesa gene, en el sentido de especie, orden, familia o clase).

El mayor de los maestros flamencos del siglo XVI en la pintura de género fue Pieter Bruegel el Viejo (1525/1530-1569).

Nos han llegado pocas noticias de la vida de Pieter Bruegel el Viejo. Se cree que nació en una pequeña aldea cercana  a Breda.  Su nombre aparece mencionado por primera vez en 1551 cuando es recibido como maestro en el Gremio de Pintores de San Lucas de Amberes. Se sabe que viajó a Francia e Italia, donde no mostró interés alguno por la arquitectura y escultura antigua que atrajeron a tantos colegas suyos de los Países Bajos. En cambio, se apasionó por los paisajes de los Alpes y los Apeninos.

Se casó, en el año 1563, con Mayken Coecke, hija de su maestro Pieter Coecke van Aels, y tuvo dos hijos, conocidos en el mundo de la pintura como Pieter Bruegel el Joven o del Infierno y Jan Bruegel el Viejo o de Terciopelo.

Entre 1557 y 1563 su obra se vio influenciada por la técnica y los asuntos caprichosos y diabólicos del Bosco, que interpretó con personalidad propia, por lo que se le conoció con el apodo de Pedro el Gracioso. Los años posteriores los consagró a asuntos religiosos antes de culminar su vida con la exaltación febril y libre del mundo campesino a cuyas fiestas parece que acudía disfrazado para mezclarse con los aldeanos.

Aunque era un hombre de ciudad, aprovechó la vida rústica para mostrar la naturaleza humana que allí se advierte con menos disimulo, libre de barniz artificioso y convencional.

Una de las representaciones de la comedia humana más perfectas de Bruegel es Boda aldeana.

Bruegel. Boda aldeana
Boda aldeana. Pieter Bruegel el Viejo, 1568. Óleo sobre tabla; 113 x 164 cm. Museo de la Historia del Arte. Viena.

La fiesta tiene lugar en un granero, con haces de paja colgados en la pared. La novia está sentada delante de un paño azul con una corona en la cabeza y sonrisa de satisfacción, mientras el novio está atareado engullendo la comida con una cuchara. Los demás comen y beben afanosamente, como se comprueba por la cantidad de jarras de cervezas vacías que hay en la esquina izquierda. Dos hombres con delantal blanco llevan los platos de potaje en una gran bandeja improvisada y uno de los invitados los pasa a la mesa. En el fondo izquierdo se ve a una muchedumbre intentando entrar o esperando las sobras. Uno de los músicos también parece desear participar en el banquete porque mira patéticamente los platos que se están sirviendo. En el extremo derecho de la mesa están el fraile y el magistrado, absortos en su conversación, a diferencia del niño en primer término, con una gorra que le viene grande, que está concentrado en el plato y que nos evoca la gula inocente propia de la infancia.

Además de la exquisita técnica y la capacidad de observación e ingenio de Bruegel, es admirable su forma de organizar el cuadro. Todo está dispuesto de tal manera que, a pesar de la cantidad de gente y anécdotas que llenan el espacio, nada aparezca apiñado o confuso. El movimiento de las figuras se engrana armónicamente de izquierda a derecha, dejando un pasillo que aumenta la perspectiva y un hueco central en el que aparece la novia al fondo.

En el cuadro de Bruegel presentado este mes en el concurso Cercant l’Art, Cazadores en la nieve (1565), el paisaje cobra mayor relevancia que las actividades humanas que realizan las figuras. En los Países Bajos se desarrolló una técnica específica para representarlo, cuyo principal promotor fue Joachim Patinier (1480-1524). Se trataba de situar en alto el punto de vista, pintar desde una elevación, y añadir una sucesión cromática para sugerir una distancia creciente. Pintaban el primer plano oscuro, generalmente de color pardo terroso, el plano medio verde y al fondo el cielo azul.

Bruegel se inspiró en los modelos de Patinier para pintar Cazadores en la nieve, pero en este paisaje nevado, sin sol ni sombras, tuvo que buscar sus propias soluciones.

Gener 1

Los cazadores se sitúan de espaldas en un primer plano, descendiendo una abrupta pendiente con sus picas, una jauría de 12 perros y un zorro como única presa de caza. Probablemente solo podían abatir caza menor; la caza mayor estaba reservada a los dueños de los bosques, a los aristócratas o a los comerciantes ricos de la ciudad.

En las ramas de los árboles están posadas aves negras que evocan el hambre invernal de los hombres y animales, aunque el pintor también se sirve de ellas con una finalidad estética, principalmente de la que va volando que refuerza en el espectador la sensación de aire y espacio.

A la izquierda del cuadro unas personas encienden un fuego delante de una casa. El rótulo sobre la puerta, medio descolgado, indica que se trata de un mesón, seguramente venido a menos. A la derecha, al pie de la pendiente, aparece un molino y por delante patinadores sobre el río helado. Más allá se aprecian dos núcleos de la aldea, cada uno con su iglesia, reconocibles por los campanarios. Al fondo aparecen unas formaciones rocosas escarpadas, impropias del paisaje de los Países Bajos, al igual que la colina que descienden los cazadores. No se trata, pues, de un paisaje real, sino surgido de la imaginación del autor para poder destacar la llanura central y así ampliar el espacio. Todo está envuelto en una pálida luz invernal, magníficamente lograda, más teniendo en cuenta que el autor solo empleó tres colores para pintar el cuadro: el blanco, el verde y el negro.

En esa atmósfera tan invernal impresiona la vida que se desarrolla en ella. Y es que en el siglo XVI la sociedad vivía al aire libre mucho más que ahora, incluso en los meses invernales, ya que en el interior de las casas no había mucho que hacer. Por lo general solo se calentaba una habitación de la vivienda con una chimenea o un fuego del hogar. Las ventanas eran pequeñas y los candiles de aceite o las velas de sebo apenas daban luz. Únicamente las personas pudientes podían permitirse las velas luminosas de cera de abejas. La gente convivía en poco espacio y no había lugar para la privacidad.  La iglesias constituían el único espacio en que los habitantes de una aldea podían reunirse a lo largo de todo el año. Generalmente estaban desprovistas de filas de bancos y sus visitantes permanecían de pie o llevaban sus propias sillas de casa. Así pues, una iglesia, además de ser un lugar de culto, desempeñaba una función social.

A Bruegel le tocó lidiar con inviernos especialmente crudos, en pleno núcleo duro de la Pequeña Edad del Hielo. Este fue un período frío en Europa que se prolongó desde comienzos del siglo XIV hasta mediados del XIX y que puso fin a una era extraordinariamente calurosa llamada Óptimo Climático Medieval comprendido entre los siglos X al XIV. Las temperaturas en conjunto fueron más bajas que las actuales, sobre todo por los inviernos largos y fríos que propiciaban años de heladas intensas y tardías y frecuentes nevadas, tormentas y riadas. Sin embargo, en este amplio periodo también existieron veranos muy calurosos y épocas de sequía, siendo esta variabilidad térmica extrema, a veces de un año a otro, uno de sus rasgos característicos.

Los científicos han comprobado que entre 1590 y 1650 otras zonas del planeta sufrieron un ciclo de bajas temperaturas, pudiéndose hablar de un fenómeno global.  

La Pequeña Edad del Hielo se hizo sentir en España sobre todo en los siglos XVI y XVII. Durante aquellos años lo normal era tener inviernos muy nevados en los que se helaban los ríos, incluso el Ebro. En 1506 un cronista de Tortosa vio cruzar el río a un hombre a lomos de una mula, pero no fue la única ocasión ya que a lo largo de estos dos siglos el Ebro se heló otras ocho veces.   

El frio intenso provocó falta de alimento para las personas y el ganado y la consiguiente hambruna. Según la leyenda, fue en Flandes, alrededor de 1650, donde alguien tuvo la idea de freír patatas como sucedáneo de los pescaditos fritos que los habitantes no podían pescar porque el río Mosa estaba congelado.

El invierno de 1708-1709, conocido como el Gran Invierno, atenazó a toda Europa y se considera el peor de la historia. No solo los lagos y los ríos se congelaron, sino que una capa de hielo cubrió también el mar. Hasta la laguna de Venecia de congeló. Los sembrados de trigo quedaron destruidos, con lo cual, al acabar el invierno, sobrevino una hambruna y se produjeron auténticas sublevaciones. En las plazas públicas se hacían hogueras para calentar a los pobres y las personas adineradas estaban obligadas a crear comedores populares. Fue en esa época cuando creció exponencialmente el consumo de patatas y maíz. Es probable que este invierno tan gélido se debiera a las explosiones volcánicas del Fuji en Japón y el Vesubio en Italia, acontecidas entre 1707 y 1708.

En 1816, debido al estallido del volcán Tambora en la isla de Sumbawa (Indonesia), el verano desapareció y varias regiones de Europa y la costa este americana se vieron cubiertas de un manto de nieve en el mismísimo mes de julio. El enfriamiento del clima persistió en los años posteriores a la catástrofe y el tiempo enloqueció; se interrumpió el ritmo de los monzones y muchos lugares de Asia sufrieron hambrunas y brotes de epidemias. Hasta 1818 no pudieron recogerse cosechas normales.    

La Pequeña Edad del Hielo no fue una excepción en la historia de nuestro planeta. En el Atlántico Norte, los sedimentos acumulados desde la última glaciación, hace aproximadamente 12.000 años, muestran aumentos regulares en la cantidad de granos sedimentarios depositados, procedentes de los icebergs que se han fundido en el océano, los cuales indican una serie de periodos fríos (1–2 Cº) que se repiten cada 1500 años aproximadamente. El más reciente de estos períodos helados fue la Pequeña Edad de Hielo. Estos mismos períodos fríos se han descubierto en sedimentos existentes en África, con enfriamientos aún más acusados, oscilando entre 3 y 8 ºC.

Los científicos han identificado dos causas de la Pequeña Edad de Hielo, fuera de los sistemas de interacción océano-atmósfera: una disminución de la actividad solar y un aumento de la actividad volcánica.

Las manchas solares son unas zonas oscuras que aparecen a menudo en el Sol y cuyas temperaturas son varios cientos de grados más bajas que el resto de su superficie. A pesar de ser más frías, alrededor de ellas se genera un mayor brillo y, por eso, cuantas más manchas solares hay, mayor es la energía que emite nuestra estrella y mayor la radiación solar que recibimos. Es frecuente que aproximadamente cada once años se dé una etapa de mayor actividad solar, es decir con mayor número de manchas en su superficie, tal como está sucediendo en la actualidad. Durante los años 1645 y 1745 las manchas solares desaparecieron, coincidiendo con los momentos más fríos de la Pequeña Edad del Hielo.  

En cuanto a los volcanes, su explosión puede lanzar a la atmósfera enormes cantidades de ceniza, capaces de bloquear la radiación solar. Registros de los siglos XV y XVI ofrecen testimonio de fuertes erupciones en las regiones del Paífico y de Sudamérica. El cielo parcialmente cubierto de tonalidades naranja y marrón que vemos en el cuadro Paisaje invernal con patinadores sobre hielo de Hendrick Avercamp, podría se un testimonio de la dispersión de esas partículas en la atmósera. 

Hendrick Avercamp Winterlandschap met ijsvermaak
Paisaje invernal con patinadores sobre hielo . Hendrick Avercamp, 1608. Rijksmuseum. Amsterdam.

Avercamp fue uno de los seguidores de Pieter Brueguel el Viejo. El éxito de este último se acrecentó tras su fallecimiento. Tanto es así que su hijo Jan escribió en 1609 una carta al cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán, manifestando que no podía procurarse más cuadros de su padre, con la excepción del que poseía él mismo, el Cristo y la adúltera, y que el Emperador había ofrecido el precio más alto para adquirir todas sus obras. Un contexto semejante era favorable a la proliferación de copias, imitaciones y falsificaciones. Sus propios hijos conformaron un gran taller especializado en réplicas de su progenitor, de gran demanda en las ciudades flamencas, donde se hicieron multitud de copias de obras como Paisaje de invierno con patinadores y trampa para pájaros, de la que el Prado posee una versión, o el Censo de Belen (figura de la entrada). 

Paisaje nevado con patinadores y trampa para pajaros
Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros. Pieter Bruegel el Joven, 1601. Óleo sobre talba; 40 x 57 cm. Museo del Prado.

En la actualidad se conservan 45 obras de Pieter Bruegel el Viejo que hayan sido declaradas auténticas y un tercio de ellas se conservan en el Museo de Historia del Arte de Viena.

BIBLIOGRAFIA:

  • La historia del Arte. E.H. Gombrich. Ed. Phaidon, 16ª edición, 1997.
  • Los secretos de las obras de arte. Rose-Marie & Rainer Hagen. Ed. Taschen, 2019.
  • Cuando los inviernos eran inviernos. Historia de una estación. Berd Brunner. Ed. Acantilado, 2020.
  • La influencia silenciosa. Como el clima ha condicionado la historia. Roberto Brasero. Ed. Espasa, 2017.
  • Museo del Prado.
  • Wikipedia.
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Cinta

Neuròloga amb desig de gaudir i d'aprendre amb i dels amics.

3 comentarios en «HISTORIAS DE INVIERNO»

  • el martes, 27 de febrero de 2024 a las 8:41 pm
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    Cinta, preciosa entrada! L’he gaudit de principi a fi. Que interessant i entretinguda.
    Des de la història de Pieter Brueghel el Vell i la del gran taller de rèpliques dels fills per cobrir la seva demanda. Que curiós!…
    … A les reflexions sobre l’hivern com estació, els seus canvis al llarg dels segles i la seva qualitat de fomentar el treball en comú i la fraternitat entre la gent. M’han semblat molt boniques i molt captivadores.
    Més interessant encara m’ha semblat tot el que ens has explicat de “meteorologia històrica” (per dir-ho resumit), fascinant i esclaridor en un moment com el de canvi climàtic que malauradament avui en dia tots estem observant i patint.
    En fi, que m’he sentit llegint-te com escoltant una història encisadora vora el foc, entre amics, en un hivern dels de Brueghel i família.
    Gràcies, Reina de les Neus!

    Respuesta
  • el lunes, 4 de marzo de 2024 a las 4:32 pm
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    Siempre me han atraído los cuadros flamencos de interiores,de vida cotidiana y de paisajes…no conocia su relación con la Reforma Protestante.
    La historia del clima y su relación con el sol y fenómenos volcánicos es fascinante…
    Un artículo de 10

    Respuesta
  • el jueves, 7 de marzo de 2024 a las 5:06 pm
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    Cinta, com ja ens tens habituats, una resenya molt recomanable i atractiva de llegir.
    Et seguiré llegint i gaudint 😘🥂

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