viernes, 28 de agosto de 2026
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UN DÍA EN EL BUFFET

La vida es caprichosa.

Cuando durante años has consolidado unos gustos y unos principios inquebrantables, puede surgir una desconcertante propuesta que te lleva a uno de esos lugares a los que nunca pensaste acudir.

“A mí no me verán nunca por Eurodisney, ni en uno de esos horteras cruceros por el Mediterráneo, por supuesto jamás en Marinador ni me hartaré de comida en un obsceno buffet”

Juras y perjuras que tu refinamiento adquirido y modelado con esfuerzo y soberbia, no se doblegarán jamás ante vulgares propuestas.

Antes muerto que sencillo. Vano orgullo.

Reconozco que tiempo atrás sucumbí al hechizo de un crucero por el Mediterráneo junto a mis queridos sobrinos. Por muchos años que pasen,  con Ana, seguimos considerando que fue una de las mejores inversiones económicas y emocionales de nuestras vidas.

Es así como podréis comprender el alcance de esta crónica.

Después de sobrevivir a la experiencia de un crucero, si te llaman de la televisión para participar en “Gran Hermano”, vas.

Mis anticuerpos ante la posibilidad de ser abducido por una “horterada” quedaron muy dañados.

Lo avanzo en defensa propia.

Si no incluyo este artículo en la sección culinaria de esta web (sería una seria opción) es por vergüenza, incapacidad para la crónica gastronómica a un “nivel Lluís” y por los acontecimientos familiares que narraré.

Antes de adentrarme en el relato, advierto a mis sensibles seguidores galeses que puedo herir su sensibilidad si leen que donde comeré es habitual cocinar a una mascota tipo conejo, a los taiwaneses les faltará un “crujiente de alas de mosca” y a los keniatas “rabo de mono”, nadie es perfecto y por tanto pido disculpas.

Esta historia se cocina, nunca mejor dicho, en la mente de mi querida hermana Águeda.

Una reciente jubilación, la suya, es capaz de activar neuronas adormecidas y corre el riesgo de generar serios patinazos.

Es posible que nuestra genética quijotesca desemboque en propuestas difíciles de asimilar a bote pronto.

La primera ocurrencia que nació en su nuevo cerebro, fue la de organizar una salida familiar, inédita cuestión, al sur de Francia (en concreto a Narbonne, también sorprendente) para participar en el show gastronómico más importante de Europa. Te cagas.

 Es probable que dicho honor, el de ser ”el mejor”, sea autoproclamado por ellos mismos, pues es sabido que un francés siempre afirmará que lo suyo es insuperable y si no se lo inventa.

“Propongo ir toda la familia al Gran Buffet de Narbonne”, soltó sin más vergüenza que la que deja libre un estado de euforia recién conquistada.

Me costó dejar escapar una mueca complaciente. El entusiasmo inmediato, afortunadamente se lo agenciaron otros miembros de la familia dándome tiempo para cualquier manifestación.

Es probable que mi gula desapareciera el día que vi en el cine por los años setenta del pasado siglo “La Grande Bouffe” de Marco Ferreri,.

Ese hedonismo extremo, la muerte por exceso de comida, guionizado por Azcona, me provocó una mezcla de placer y corte de digestión mayúsculo que todavía no he superado.

Pedro, es posible que, tras este artículo mío, tú puedas empalmar otro dedicado a esta peculiar película donde hay mucho material, lo merece, pero yo debo continuar con mi relato.

Para no frustrar la emoción que emanaba ya sin freno con los beneplácitos adquiridos, y con la esperanza de que este tipo de ocurrencias efervescentes se desvanecen pronto, puse una supuesta cara de ilusión que debió ser mal interpretada, o demasiado bien.

“Esto tira para adelante” pensé, si bien el proyecto no era sencillo

Tal vez me excedí en mis grandes dotes de actor porque automáticamente  la “Operación Buffet” estaba en marcha.

Infravaloré la determinación de Águeda y no calculé su gran dominio del francés.

Es así como un buen día, el día 7 de julio del 2024 para ser exactos, se concretó en el chat familiar la gran noticia, “reserva hecha. ¡Tenemos confirmación de mesa para el día 11 de julio del … 2025!!!”

No habéis leído mal. Se tiene que realizar la reserva con un año de antelación y sin posibilidad de modificaciones, como bien se encargan de dejar claro en la confirmación que envían.

Por tanto, te pasas un año cagado, tal vez para dejar sitio para lo que vas a comer, temiendo un mal constipado que altere tus pocas papilas gustativas o cualquier tipo de percance que altere el plan.

Delante de lo inevitable, buena cara.

Conseguido su primer objetivo, la euforia desbordada de mi perturbada hermana, querida a pesar de todo, eso sí, no se detuvo ahí.

El viaje a Narbonne es relativamente corto y no pasa de las dos horas y media. La comida se rige por el horario francés y da comienzo a las 12,30, tiempo suficiente para no salir con prisas. La vuelta el mismo día se antoja tranquila tras la digestión más o menos completa.

De forma precavida ya no piensas en desayunar para dejar un poco más de espacio disponible en un deprimente estómago como el mío.

Todo en orden hasta que se modifica el plan.

¿Qué propuso?

Para redondear el evento de una familia feliz, nada mejor que quedarse a dormir todos juntos por allí y digerir y cagar en Francia lo que se come en Francia.

Ana y yo estamos muy familiarizados con el lugar, pero si se trata de aumentar la felicidad y cohesión del conjunto, adelante .

Llegado el día, digamos que la elección del hotel no fue la más acertada de las posibilidades, pero barato sí.

Si el hotel iba a ser una premonición del resto de las elecciones, la idea no pintaba demasiado bien.

Allí nos encontramos todos puntuales, es decir, mi hermana, mi cuñado sus dos hijos con sus parejas, un entrañable sobrino/nieto, un perro parecido a un pequeño elefante, y nosotros dos.

Empezaba el show.

En realidad, el show se inició durante el recorrido a Narbonne.

Ya cerca de nuestro destino, empezamos a detectar un intenso olor de brasa quemada. La posibilidad de encontrarnos una comida excesivamente recalentada en ese cutre-buffet me sobresaltó. Mis prejuicios no eran una vez más objetivos.

Resultó ser las brasas de un terrible incendio acontecido dos días antes de nuestro paso por allí que arrasó los dos lados de la autopista por donde circulábamos muy cerca ya de la ciudad.

Salimos contentos del hotel. No hay incidentes. El día es luminoso. Estamos en Francia. ¿Qué puede salir mal? La familia feliz se dirige con ánimo inquebrantable hacia el lugar indicado que está ubicado en un típico y tópico polígono comercial en la entrada misma de Narbonne.

Desde el cutre-hotel no más de diez minutos andando. Es recomendable el paseo pues es una buena opción para después del obsceno ágape por si sales “cocido” y necesitado de aliviar urgentemente el sobrepeso.

La parte exterior del lugar donde está nuestro local, presagia una catástrofe por su “feísmo”.

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La cola de personas que encontramos ya formada desde mucho antes de la hora indicada bajo un sol implacable denota un ansia contenida.

El sudor pegajoso.

El suelo, discretamente humedecido por un conjunto de salivaciones intensas (sobre este dato no estoy del todo seguro, es posible que me traicione el subconsciente).

Se mueve la cola. Empieza la verdad.

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Un arco de paso obligatorio te rocía con desinfectante.

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 Dios mío, qué es esto.

Ya entramos y……ohhhhhhh…… se obra un milagro típicamente francés.

Me identifico con la Alicia de País de las Maravillas que aparece de pronto en otra dimensión, en otros colores,en otro mundo. Hay que vivirlo.

¿Estoy en un gran restaurante de París?

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Detalles cuidados hasta el extremo. Francia en toda su “grandeur.”

Tienes la posibilidad depesarte antes de entrar, aunque no sé si es una buena idea.

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Inmediatamente con un leve y elegante gesto te acompañan a la mesa asignada.

Mientras camino, estiro la espalda para adoptar esa pose de marqués que Dios me ha dado.

No tienes ojos para abarcarlo todo.

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Pasas rozando bandejas opulentas llenas de comida, pero que no ofenden a la vista, sino más bien todo lo contrario.

Nuestro comedor, hay varios, no decepciona.

Mesa impecable. Mantel de tela, vajilla delicada, cubertería de plata y cristalería fina.

La encantadora “maitre” que nos atiende explica con cariño la dinámica y los detalles del lugar en correcto castellano.

La camarera que nos es asignada para estar alerta ante cualquier cuestión que pueda surgir, también habla castellano, es un encanto.

 La sala donde nos encontramos invita al lujo contenido. Es la sala diseñada especialmente por Ann Carrington.

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La gente, en su inmensa mayoría francesa, no levanta la voz.

Nada es desagradable ya.

“Pueden coger ustedes el pato y servirse, yo les traeré los cubiertos en función de lo que ustedes elijan”.

Y así sucede tantas veces como te levantas. Siempre un plato nuevo que ha aparecido como por arte de magia.

No me voy a detener en aspectos culinarios porque no es el objetivo.

Lógicamente platos mejores y otros algo menos.

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Es difícil elegir y contenerse. Lo mejor es disponer en el plato pequeñas porciones de las diferentes propuestas y compartir todo para alcanzar el mayor número de experiencias. Hay

muuuucho tiempo.

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Si disponéis de suficiente memoria, en vuestro caso misión imposible, y leéis con atención los deliciosos artículos que publica regularmente nuestro amigo Lluís en esta web, reconoceríais el genio de Auguste Escoffier y su legado gastronómico.

A modo de orientación culinaria, sabed que el creador de esta nueva experiencia culinaria es un nieto de Escoffier y su intención es la de preservar su legado en este lugar. Reproduce buena parte de su recetario en magníficas fuentes de plata decimonónicas que ya de por sí son un espectáculo.

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PARA MÍ DE LO MEJOR. IMPRESCINDIBLE

En la cocina de mi familia paterna se elaboraron durante años recetas francesas. Con mi hermana revivimos allí un festival de recuerdos, especialmente un ”vol au vent” de mollejas con un hojaldre que ya no se encuentra en nuestra Barcelona actual.

La tabla de quesos es una locura donde, ya bastante saciado. pierdes la mesura. Si los amas, no olvides dejarles espacio.

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Se considera, con un récord Guinnes, la mejor tabla de quesos del mundo y es fácil dar fe.

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UNA ABUSO. SIN COMENTARIOS

Los postres son más vistosos que buenos, tal vez porque a esas alturas, si no eres un goloso empedernido, no entra un puturrú de fuá más.

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Lo puedes rematar con una crep suzette en un lugar donde lo más impresionante y vistoso es su ejecución por parte de un peculiar cocinero típicamente francés con el retrato de Escoffier a sus espaldas.

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Por supuesto, hay deliciosos helados y cafés en un coqueto rincón.

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Es importante mencionar que la bebida va a parte y te dan la opción de comprar vino a precio de mayorista.

Incluso las celebraciones de cumpleaños, hubo varias, son discretas y elegantes. Se acercan los educados camareros con una vieja gramola de aguja, y entonan una encantadora canción del país. Pura armonía.

Con una enorme satisfacción y, en nuestro caso, una ligera sensación de empacho, salimos, de lo que ya a esas alturas consideramos un templo pagano.

Los pies y una sonrisa te acompañan sin prisa hacia el hotel.

Tras un merecido y necesario descanso, a la familia feliz se la vio pasear por la ciudad e incluso sentarse al borde del canal “Du Midi” para picar algo de cena.

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En el canal descansaban las barcas que recorren esas aguas para visitantes.

El pronóstico del tiempo para el siguiente día era alarmante, pero nos acercamos a un supuesto lobo de río que claramente era el dueño del barco que abordamos para intentar realizar una reserva.

Ante nuestras dudas meteorológicas, respondió, con amabilidad no exenta de la suficiencia que aporta una distinguida barba y una vieja chaqueta de marino curtido en muchos mares, “señores tranquilos porque en esta ciudad nunca llueve”.

El diluvio del día siguiente fue memorable y, por supuesto, el barquero no nos vio el pelo.

Estoy seguro que Dios lo ha borrado de la lista como futuro Noé.

Con ese tiempo del demonio, no quedaba otra que ir regresando en coche hacia casa intentando parar a comer en Laucate, pueblo del que somos originarios los Millet. Teníamos esperanzas de encontrar algún pariente honesto.

Entre los nervios, las prisas y el tiempo, un poste chocó contra mi retrovisor en una desafortunada maniobra marcha atrás para desaparcar el coche

Ana, todavía hoy jura que fui yo el culpable. Yo estoy seguro que ese poste no estaba momentos antes de mi grandiosa maniobra.

No es muy elegante circular por Francia con un retrovisor colgando y ciertamente difícil concentrarse en medio de la cantidad de improperios que soltaba mi mujer por segundo. Improperios que tuvieron el mérito de durar hasta nuestro hogar y varios días después.

La he propuesto para un premio Guinnes.

Los talleres del lugar no estaban por la labor de auxilio y en medio de una feroz tormenta los kilómetros se me acontecían eternos.

Los hombres buenos nos manejamos mal entre tormentas verbales y climáticas y es entonces cuando el Señor nos premia.

Un luminoso Alcampo apareció poco antes de entrar en la autopista como oasis en el desierto.

Una cinta americana, unas tijeras y la pericia que Dios me ha dado obraron un milagro. Ni Mc.Guiver en sus mejores tiempos.

Una parte del coche parecía una momia egipcia, pero afianzada.

Ni el auto ni el tiempo estaban para más sorpresas por lo que nos dirigimos a casa sin más demora con la sensación de haber vivido sin duda una deliciosa aventura.

 ¿Cuánta gente rompe un retrovisor y se harta de comida en un solo viaje?

¿Se puede pedir más que convivir un par de emocionantes días con seres tan queridos?

 ¿Considerar que tu hermana no está bien del todo y pese a todo confiar en ella te hace feliz?

¿Toda esta historia valió la pena, nos lo aconsejas?

SIIIIIIIII

3 comentarios en «UN DÍA EN EL BUFFET»

  • Jajaja!! Hay que ver el juguillo que le has sacado a una gran idea mía! Me lo he pasado en grande leyendo y rememorando la salida familiar. Espera, que tengo otras en mente. Recuerda que vimos la reserva africana de Sigéan cerca…

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  • ¡Qué bueno y qué divertido, Pepe! Diría más, ¡extraordinario!
    Por el comentario de Águeda intuyo un futura crónica de safari. Ya estoy impaciente.
    Gracias por estos regalos que sacas de la chistera, felicidad para Águeda en esta nueva etapa y un abrazo a todos.

    Respuesta
  • ¡ Bestial ! y todavía tuvisteis fuerzas para picar slgo de cena. I m p r e s i o n a n t e

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