LA MATANZA DE LOS INOCENTES
A lo largo de la historia han habido muchas y crueles matanzas de inocentes (y por desgracia las sigue habiendo), pero si hablamos en singular y en mayúscula nuestra mente evoca aquella narrada en el Evangelio de San Mateo (Mt 2, 16-18):
“Entonces Herodes, viéndose burlado por los magos, se irritó sobremanera y envió a matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos, de dos años para abajo, según el tiempo que con diligencia había inquirido a los magos.
Entonces se cumplió la palabra del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen.”
Herodes I el Grande se había convertido en rey de Judea auspiciado por los romanos, principalmente por Marco Antonio. A diferencia de estos, sus habitantes (los judíos) tenían una religión férreamente monoteísta que hacían remontar a casi dos mil años atrás, al patriarca Abraham. Durante cuatro siglos, del 1000 al 600 a. C., se enorgullecieron de tener un reino independiente que inicialmente había tenido cierto poder gracias a las conquistas del rey David, pero luego decayó gradualmente y en el 586 a. C. el reino fue destruido por los babilonios, incluido el Templo de Jerusalén, levantado por Salomón. Menos de un siglo más tarde, los babilonios, a su vez, fueron conquistados por los persas, quienes permitieron a los judíos reconstruir su templo en la antigua capital.
Los judíos permanecieron en Judea bajo dominación persa, sin rey y sin poder político o militar, pero aferrados a su religión y a sus recuerdos de la pasada independencia, hasta la conquista de Alejandro Magno en el S. IV a. C. A su muerte pasó a formar parte del imperio Seléucida.
En el 168 a. C., el monarca seléucida Antioco IV declaró ilegal el judaísmo y trató de convertir a los judíos, de una vez por todas, a la cultura y el modo de vida griegos. Estos se rebelaron y, bajo el liderazgo de Judas Macabeo y sus hermanos, lograron independizarse de los seléucidas. Durante casi un siglo se mantuvieron libres de invasores, gobernados por la dinastía de los Macabeos y sus descendientes, los Asmoneos. Después llegaron los romanos.
En el 63 a. C., miembros de la familia asmonea estaban luchando por el derecho a gobernar Judea y el bando perdedor apeló a Roma, que por entonces estaba poniendo en orden Oriente Próximo.
El general Pompeyo emprendió con éxito la tarea de redibujar el mapa de la parte oriental del Imperio, desde el Mar Negro en el norte hasta Siria y Judea en el sur. Tras un asedio tomó Jerusalén y entró hasta el Sanctasanctórum del templo, donde solo podían acceder los levitas (los descendientes de Leví, una de las doce tribus de Israel), exclamando: «No vi ninguna imagen de dios, sino un espacio vacío y misterioso».

En los territorios bajo su dominio, Roma gobernaba directamente o nombraba a un rey sumiso que podía ser depuestos en cualquier momento, lo cual les proporcionaba mayor seguridad de lo que hubieran conseguido con un mandato directo. Siguiendo esta costumbre y de forma astuta, Pompeyo designó rey de Judea a un idumeo partidario suyo, Antíparo. Idumea o Edom estaba al sur de Judea y, aunque había sido conquistada por los Macabeo y sus habitantes obligados a convertirse al judaísmo, existía una tradicional enemistad entre los dos pueblos vecinos que se remontaba a más de mil años de antigüedad. Por tanto, los judíos consideraban a Antíparo un extraño y se quejaban de su gobierno, por muy justo y eficiente que tratase de ser. Antíparo necesitaba a Roma para su protección y de esta forma Roma tenía garantizada su sumisión.
Herodes, el segundo hijo de Antíparo, asumió el gobierno de Judea en el año 37 a. C. La región estaba agitada y trató de ganarse al pueblo practicando el judaísmo y mejorando el Templo de Jerusalén, pero era un hombre cruel y receloso. Sirva como ejemplo que se casó diez veces y no tuvo escrúpulos en ordenar la ejecución de las esposas e hijos que juzgara peligrosos de conspiración.
Los judíos detestaban a Herodes y entre ellos empezó a crecer la esperanza de que un día un descendiente de David retornaría para devolverles la independencia y su legítimo lugar en el mundo. Cada vez más confiaban en la llegada del mesías (la palabra mesías significa “el ungido” y así llamaban en hebreo al rey ya que consagraban a sus reyes ungiéndoles con aceite sagrado; la traducción griega es christo) para su salvación, recordando como Judas Macabeo había derrotado a los reyes seléucidas. Otro hombre, más grande aún, podría derrotar a Roma.
Había otros judíos conscientes de que Roma era mucho más fuerte en tiempos de Augusto que el Imperio Seléucida en la época de Antíparo IV y que, por tanto, no se fiaban de una solución puramente militar. Entonces, empezaron a pensar en términos de un mesías místico, sobrenatural, cuyo advenimiento iniciaría un nuevo reino de justicia y santidad en la Tierra y todo el mundo rendiría culto al único Dios verdadero.
En la Judea de aquellos años, muchos individuos proclamaban ser el Mesías y hubo revueltas dirigidas por ellos que resultaron todas derrotadas. Herodes y los romanos actuaban con cautela ante estos supuestos mesías, pues los consideraban una fuente de problemas y perturbaciones.
El reinado de Herodes se había caracterizado desde sus inicios por aniquilar sistemáticamente a sus enemigos y Jesús podía llegar a serlo. Según San Mateo, “Llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle. Al oír esto Herodes se turbó y con él toda Jerusalén y reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo les preguntó donde había de nacer el Mesías. Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta”. Entonces Herodes envió a los magos a Belén y les dijo: “Id e informaros exactamente sobre ese niño, y cuando lo halléis, comunicádmelo, para que vaya yo también a adorarle”. Los magos hallaron a Jesús con la ayuda de la estrella, pero “Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino”. Al sentirse traicionado por los Magos, Herodes emitió la terrible orden de matar a todos los niños de Belén menores de dos años, pero Jesús logró escapar a Egipto.
Este episodio evangélico convirtió a Herodes en arquetipo de los opresores que no dudan en cometer crímenes —incluso el asesinato múltiple de víctimas indefensas— por miedo a perder el poder, pero ¿ocurrió realmente? Los historiadores lo ponen en duda.
Aunque el suceso también aparece narrado en evangelios apócrifos como el Protoenvangelio de Santiago y el Evangelio armenio de la infancia, no se menciona en ningún otro escrito, canónico o profano.
Cabe pensar que se hubiera querido pasar por alto un hecho tan execrable o se quisiera propiciar la amnesia; al fin y al cabo hay ejemplos recientes de ello como explica Géraldine Schwarz en su magnífico libro Los amnésicos. En una época con muchos canales de información como fue la de la Segunda Guerra Mundial, muchos alemanes se negaron a reconocer el holocausto y los franceses la colaboración con el nazismo, en ambos casos alentados por los políticos del momento.
Sin embargo, sería extraño que se hubiera llevado a cabo la matanza de los inocentes y el historiador judío Josefo no aludiera a ello, a pesar de haber documentado minuciosamente en las Antigüedades judías los hechos brutales cometidos por Herodes en los últimos años de su vida. Josefo le presentó como un ser extremadamente cruel y patológicamente celoso de su poder, hasta el punto que mandó asesinar a varios de sus familiares. No cabe duda de que Josefo quiso describir a Herodes con los tintes más oscuros que le fue posible y resulta difícil de explicar la ausencia de la matanza de Belén en sus textos, excepto en el caso de que no tuviera noticia alguna de ella. La ausencia de fuentes alternativas a la Biblia podría deberse a que Belén era un pueblo pequeño y el número de niños varones de menos de dos años podría no haber pasado de veinte.
Otra contradicción en contra de la veracidad del suceso es que Herodes murió en el año 4 a. C., a no ser que fuera errónea la datación del nacimiento de Jesús en el año cero de nuestra era y que hubiera acontecido al menos cuatro años antes.
Algunos estudiosos se inclinan por considerar el pasaje del evangelio de Mateo una reelaboración de otras narraciones del Antiguo Testamento, como la del Faraón que quiso acabar con la vida de Moisés matando a todos los primogénitos varones israelitas, y también una presentación simbólica de la mesianidad regia de Jesús, a la que se oponen los poderes seculares.
Al fin y al cabo, la mayoría de expertos en la materia consideran que el Evangelio de Mateo fue escrito entre el año 70 y 110 tras el nacimiento de Cristo y después de casi una centuria, los hechos bien podían haberse convertido en leyendas que la tradición oral va deformando con el paso del tiempo.
Sea como fuera lo que en realidad sucedió, sea un hecho histórico o legendario, la Matanza de los Inocentes se convirtió en una metáfora del bien y del mal muy popular. Pero, ¿cómo un hecho tan terrible llegó a convertirse en “inocentada”, sinónimo de broma?
Hay que tener en cuenta que la broma no siempre es divertida. La palabra broma viene del griego y significaba “carcoma” que son las larvas de varios coleópteros que corroen la madera. Inicialmente se aplicaba a la carcoma marina que corroía el suelo de los barcos provocando filtraciones de agua que volvía las naves más pesadas. El símil es bastante acertado porque en ocasiones las bromas, además de pesadas, pueden ser muy corrosivas e hirientes, aunque nunca alcanzarán ni de lejos el sufrimiento provocado por el asesinato infantil.
Hay otras razones que explican como la festividad de los Santos Inocentes dio lugar a las inocentadas: en la segunda mitad del siglo IV ya se conmemoraba litúrgicamente, pero con el tiempo, el tono serio de la fecha se mezcló con tradiciones paganas y carnavalescas, transformándose en el día de las bromas y chascarrillos.
La celebración de las bromas tiene raíces medievales, cuando las fiestas de Los Locos y una versión cristianizada de las Saturnales romanas permitían invertir los roles sociales por un día. Los clérigos se disfrazaban, los niños se vestían de obispos, las autoridades se burlaban y todo el mundo tenía carta blanca para el desmadre. Aunque la Iglesia intentó frenar estos festejos, el espíritu bromista sobrevivió.
Otros se lo tomaron más en serio y en algunas regiones, como la Inglaterra y la Francia medievales, se decía que era un día de mala suerte en el que no se debía empezar ningún proyecto nuevo. La cosa fue más allá y se extendió la costumbre de abstenerse, en la medida de lo posible, de trabajar el día de la semana en que había caído la festividad del “Día de los Inocentes” durante todo el año siguiente.
Independientemente de las formas de celebración, la Matanza de los Inocentes tuvo mucha repercusión en la cultura cristiana y fue motivo de inspiración de numerosas obras artísticas desde tiempos antiguos, tanto en pintura como en escultura, como por ejemplo los mosaicos del S. V de la Iglesia Santa María la Mayor de Roma, códices medievales y el sarcófago de Blanca Garcés de Navarra de mediados del S XII que se encuentra en el Monasterio de Santa María la Real de Nájera.

Giotto no se olvidó del tema al pintar los episodios de la vida de Cristo en los frescos de la Capilla de los Scrovegni de Padua y en la Basílica de S. Francisco de Asís a comienzos del S. XIV. En ellos el terror de la escena se ve suavizado por el inmenso azul combinado con el gris perla de los edificios y la gama de tostados y rosa que domina en las figuras, preciosamente perfiladas.


En los siglos XV al XVII las representaciones pictóricas fueron ganando en realismo y tintes dramáticos. Un ejemplo temprano de abigarramiento es la tabla de Matteo di Giovanni de 1488 que se puede contemplar en el Museo Nacional de Capodimonte en Nápoles. Entre las figuras destaca un Herodes de mayores dimensiones que el resto, con aspecto satánico.

Dos grandes maestros del siglo XVI, Pieter Brueghel el Viejo y Tintoretto también abordaron la temática de la masacre y nos permiten observar las diferencias entre la escuela flamenca y veneciana del momento.
Tintoretto, de estilo manierista, fue apodado Il Furioso por su fenomenal energía y ahínco a la hora de pintar. Su dramático uso de la perspectiva y los especiales efectos de luz hacen de él un precursor del arte barroco, tal como puede advertirse en su versión de la Matanza de los Inocentes.
Brueghel, un artista inclasificable dentro de la Historia del Arte, rompió con el gusto italiano de la época y se alejó del manierismo. Su obra está influenciada principalmente por el Bosco. Su pintura, de remembranza medieval, es sencilla, realista, con gran protagonismo del paisaje. Como en otras de sus obras, en La Matanza de los Inocentes sitúa la escena en un pueblo y la descripción de la plaza pública repleta de gente ocupa más espacio que el tema.


El Barroco del siglo XVII dio alas al dramatismo de la escena, alcanzando una de sus cumbres en Peter Paul Rubens, el pintor de la escuela flamenca cuyo estilo exuberante enfatiza el dinamismo, el color y la sensualidad. Su cuadro Matanza de los Inocentes es un buen ejemplo de ello.

La historia de esta obra de grandes dimensiones (142 x 182 cm) es muy curiosa. El primer rastro documental data de finales del S. XVII, cuando pendía de una chimenea en el hogar de los Carenna, financieros milaneses afincados en Amberes.
En 1700 fue adquirido por el príncipe de Liechtenstein y unas décadas más tarde se atribuyó a Jan van den Hoecke, un alumno del taller de Rubens, ya que por entonces cualquier lienzo que no se ajustara a su estilo de madurez se endosaba a su discípulo.
A principios del S. XX, Johan II de Liechtenstein, un erudito con alergia a los desnudos, vendió el cuadro. La tabla pasó un tiempo en un despacho de Salzsburgo hasta que los propietarios, hastiados, la retiraron al almacén. El poco apego salvó al cuadro porque el despacho que decoraba acabó destrozado por las bombas aliadas.
Más tarde volvió a la superficie, pero su propietaria en 1973 lo aborrecía tanto que lo prestó a un monasterio del norte de Austria. A los monjes tampoco les gustaba mucho, dado que acabó colgado en las alturas de un oscuro pasillo. A principios de los años dos mil, su dueña decidió deshacerse definitivamente del lienzo y lo puso a la venta. Fue entonces cuando, ante la corazonada de un pariente holandés de la propietaria, fue examinada por expertos en Grandes Maestros y se descubrió que el verdadero autor era el mismísimo Rubens. De ser valorado inicialmente en medio millón de libras acabó siendo vendido por casi cincuenta, una de las mayores cifras alcanzadas en una subasta.
El comprador fue Kenneth Thomson, magnate canadiense de la comunicación, el hombre más rico del país cuando falleció en 2006. Antes de fallecer, había legado al Art Gallery of Ontario de Toronto esta obra y otras mil más.
Se cree que Rubens (Siegen, actual Alemania, 1577-Amberes, 1640) ejecutó La masacre a principios de su treintena, recién regresado a Amberes tras ocho años en Italia, donde había trabajado para el duque de Mantua. Por entonces todavía no había abierto su taller, lo cual excluye la participación de sus discípulos. En la tabla son perfectamente reconocibles las influencias que había traído consigo: el claroscuro de Caravaggio y la musculosa monumentalidad de Miguel Ángel. Según describe la Art Gallery of Ontario, La masacre, con su “compleja composición de figuras brillantemente orquestadas y entrelazadas, marcó el advenimiento del Barroco en el norte de Europa”.
El lienzo es uno de los monumentales alegatos antibelicistas que pintó Rubens. Tenía motivos de sobra; su época estuvo plagada de guerras que conoció de cerca en sus misiones diplomáticas, sobre todo la que desangraba su casa, los Países Bajos.
Veinte años después volvió a representar esta sangrienta escena bíblica que se puede contemplar en la Alte Pinakothek de Múnich. En esta segunda versión persiste su pincelada suelta y los colores brillantes que le son tan característicos, pero las figuras son más rollizas, las posturas más brutales y los ropajes contemporáneos, en lo que parece un intento de provocar un mayor impacto en los espectadores. Para suavizarlo, unos ángeles esparcen pétalos de rosa sobre las víctimas como señal de redención.

Cabe recordar que en el S. XVII no todos los artistas eran amigos del Barroco. Los seguidores del clasicismo también abordaron la temática de La Matanza de los Inocentes en versiones menos grandilocuentes, más contenidas, como fue el caso de Nicolas Poussin (ver figura de la entrada) y Guido Reni. En el cuadro del italiano, los rostros de las madres, separadas por los soldados de Herodes puñal en mano, son de una belleza sublime y gran patetismo.

A partir del S. XVIII la temática de la Masacre de los Inocentes se fue abandonando, sin llegar a desparecer. Prueba de ello es el lienzo de León Coignet de 1824 que nos muestra que no es necesaria la presencia de espadas, sangre o niños asesinados para describir la angustia y el espanto de las madres. Basta observar sus rostros y sus gestos para reconocer el dolor. Un sufrimiento que vemos en pantalla a diario y al que nunca deberíamos ser indiferentes.

Figura de la entrada: Matanza de Inocentes. Nicolás Poussin, 1627-1630. Óleo sobre lienzo; 97 x 132 cm. Petit Palais.
BIBLIOGRAFIA:
- “El Imperio Romano”. Isaac Asimov. Alianza editorial, 2017.
- “Un Rubens en el pasillo: el hallazgo casual de La masacre de los inocentes”. Rafael Bladé. La Vanguardia, 05/10/2023,
- Wikipedia.
- LOS ITINERANTES - sábado, 27 de junio de 2026
- Cercant l’Art VI (nº 6, Juny 2026) - sábado, 27 de junio de 2026
- LIUDMILA ULÍTSKAYA - sábado, 30 de mayo de 2026


Espectacular, Cinta! M’has transportat a molts anys enrera, quan al cole m’explicàven la història sagrada, i a les pelis de setmana santa on es vèien les lluites pel poder dels que ocupàven càrrecs i les successions d’alternància política als països llunyans. Soc incapaç de repetir els fets històrics, però m’encanta que me’ls expliquin, com si es tractés d’un conte.
Respecte al quadre de la “matança dels innocents”, desconeixia la gran quantitat de mestres de la pintura que l’han pintat, cadascú amb el seu estil, i amb els detalls tan exhaustius que dónes en el teu article, que els fa tan diferents entre ells…
Moltes gràcies per permetre’m gaudir d’aquesta entrada on he pogut inclús sentir la teva veu…
Petons i fins avia!
Cinta: muy interesante esta guía por el laberinto de la Historia y en especial el énfasis que haces en el impacto que ésta siempre tiene sobre la producción artística!
Un abrazo
Cinta, una entrada fantàstica!
He gaudit cada pintura (més d’una l’he ampliat obrint una nova finestra per veure detalls!), cada ocurrent “gir argumental”: l’origen de les llegendes religioses que mouen el món, la història de la broma i la transgressió al llarg dels temps, el curiós circuit del quadre… i cada recordatori sobre la vergonyosa amnèsia que envolta certes esgarrifants bajanades que els éssers humans repetim periòdicament i que semblen no tindre fi. Ho deixes ben clar amb el darrer quadre i les teves últimes paraules.
Gràcies.