LA ESCUELA DE SIENA
Hasta el 22 de junio de 2025 se puede visitar en la National Gallery de Londres la muestra “Siena: El auge de la pintura”.
Cuando vi el anunció de la exposición en televisión me encontraba leyendo el libro Un mes en Siena, escrito por Hisham Matar, y como las coincidencias me fascinan, vi en ello una señal decisiva para profundizar en esa escuela de pintura. Sin embargo, el juego de casualidades no acabó aquí ya que en estos momentos en que parece que el mundo se ha vuelto loco, revisando la obra de esos rompedores pintores medievales tropecé con la Alegoría del buen y mal gobierno, un fresco del Palacio Comunal de Siena pintada en 1338 por los hermanos Lorenzetti y que no estaría mal estampar en la frente de unos cuantos gobernantes. Para más inri, el tirano, centro de la escena del Mal gobierno, una especie de demonio bizco con colmillos de vampiro, es la imagen de portada de la edición de Alfaguara de La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa, tan de actualidad por la triste noticia del fallecimiento del gran autor peruano y propuesta de nuestro Club de Lectura.
La Escuela de Siena dio sus primeros pasos en el siglo XIII, a la sombra de la Escuela de Florencia. Por suerte, la rivalidad teñida de sangre que existía entre las dos ciudades en la Edad Media, en la pintura se transformó en una influencia que marcó un hito en la Historia del Arte. Incluso algunos de los artistas más destacados de ambas escuelas dejaron su huella en un mismo lugar: la Basílica de San Francisco de Asís.
Estamos acostumbrados a ver los frescos medievales en las iglesias. También se pintaban en los castillos de los nobles, pero estos eran atacados y destruidos en los frecuentes litigios, mientras que los edificios religiosos se respetaban por su carácter sacro y algunos han podido llegar hasta nosotros. ¿Qué pasaba en Siena para que en la primera mitad del S. XIV se pintaran unos frescos de tema político en un edificio público? Echemos un vistazo a la Historia.
Siena, como otras ciudades situadas en las colinas toscanas, fue un asentamiento etrusco entre los años 900 y 400 a. C., habitada por una tribu llamada los saina. En época del emperador Augusto se convirtió en colonia romana (Sena Julia), aunque no prosperó debido a que no se encontraba cerca de las principales calzadas y por tanto no tenía buenas condiciones para el comercio. En el S. IV fue invadida por los lombardos y empezó a progresar porque las antiguas vías romanas Aurelia y Cassia pasaban a través de zonas expuestas a los ataques bizantinos y se trazaron nuevas carreteras a través de Siena entre las posesiones septentrionales lombardas y Roma. El enclave favorable al comercio y al paso de peregrinos que iban o venían de Roma, proporcionó a la ciudad valiosos ingresos en los siglos siguientes.
En el año 774, los lombardos se rindieron a Carlomagno y la ciudad de Siena se vio invadida por una ola de supervisores francos que se casaron con la nobleza local y cuyo legado pervive en las abadías que fundaron en el territorio aledaño. El régimen feudal perduró en los siglos siguientes hasta que a principios del siglo XII se produjo un vuelco inusual, propiciado por el fallecimiento de la Condesa Matilde de Toscana en el 1115.
Matilde Canossa (Mantua 1046-Bondeno di Roncone 1115) fue una de las mujeres más influyentes de la Edad Media por sus actuaciones políticas y militares, llegando a dominar todos los territorios al norte de los Estados Eclesiásticos. Fue una fiel aliada del Papa Gregorio VII y sus sucesores Victor III y Urbano II frente al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Enrique IV, logrando la victoria en la mayoría de sus enfrentamientos (como la Querella de las Investiduras, causada por disputas para la provisión de rentas y títulos eclesiásticos) y batallas.
Para reforzar los vínculos con opositores de Enrique IV, a la edad de 43 años y viuda de un matrimonio anterior con un hermanastro que había sido un fracaso, la Condesa Matilde se casó con el adolescente Güelfo V, heredero del ducado de Baviera y miembro de la casa de Welf.
Los Güelfos serían importantes partidarios papales desde el siglo XI hasta el XV en su conflicto con los emperadores alemanes, enfrentándose con los seguidores de estos, los Gibelinos. Las ciudades italianas se inclinaron por uno u otro bando y lucharon entre ellas, aunque también hubo disputas intramuros entre las distintas facciones.
Más allá de las tribulaciones políticas, la condesa Matilde también desempeñó un importante papel en la cultura de la época. Según los documentos y la leyenda local, bajo su auspicio fueron construidos o restaurados más de cien iglesias, monasterios, hospicios y puentes en la región comprendida entre los Apeninos y Roma. Estas iglesias crearon una red que unía a los partidarios de la Reforma Gregoriana de la Iglesia romana que Matilde apoyó y proporcionó protección para los peregrinos, comerciantes y viajeros, los cuales asistieron al florecimiento cultural del Renacimiento en los siglos posteriores.

La condesa Matilde falleció en 1115 e inicialmente sus restos se depositaron en la Abadía de San Benedetto en Polirone, en la provincia de Mantua, pero en 1645 sus restos fueron trasladados a la Basílica de San Pedro, a una tumba encargada por Urbano VII y diseñada por Gianlorenzo Bernini. El Vaticano es un estado de fuerte carácter masculino y solo otras tres mujeres han tenido el honor de ser enterradas allí: La reina Carlota de Chipre (S. XV), la reina Cristina de Suecia (S. XVII) y la princesa polaca María Clementina Sobieska, esposa de Jacobo Estuardo, pretendiente jacobita al trono de Inglaterra (S. XVIII)
La muerte de la condesa Matilde marcó el final de una era en la política italiana. Al fallecer sin descendencia, sus territorios se desintegraron en varias regiones autónomas, los principales ciudadanos tomaron el control del gobierno y comenzó la era de las ciudades-estado en el norte de Italia.
Fue entonces cuando Siena se convirtió en un burgo autogobernado y comenzó la influencia de su incipiente República. Era un enclave efervescente de intercambio comercial, se beneficiaba de la riqueza agrícola de las tierras circundantes y devino un centro bancario que obtenía réditos considerables gracias a sus préstamos al papado. El burgo fue ampliando su territorio a medida que los nobles feudales se doblegaban al poder urbano y al tiempo se alzaron construcciones, como la muralla y la catedral, que modelaron la ciudad tal cual se conoce hoy en día y la Piazza del Campo, donde se sigue celebrando la fiesta del Palio, se convirtió en el gran centro de la vida secular.


Los cambios de régimen suelen ser complicados y a lo largo de la historia de la República de Siena hubo una constante lucha interna entre los nobles y el partido popular, añadida al enfrentamiento con su gran rival, Florencia. Como esta era güelfa, Siena, contrariamente a los tiempos de la condesa Matilde, abrazó la causa gibelina. El 4 de septiembre de 1260 los sieneses, apoyados por fuerzas del rey Manfredo de Sicilia, derrotaron a los florentinos en la batalla de Monteperdi, la cual todavía es hoy recordada en los derbis deportivos entre las dos ciudades con el grito “¡Recordad Monteperdi!”. La lucha fue tan cruenta que Florencia perdió a la mitad de su ejército, alrededor de 15.000 hombres.
Las dos ciudades también fueron rivales en el Arte, pero en este terreno la competencia resultó positiva, dando lugar a importantes innovaciones.
En el siglo XIII, las ciudades italianas (principalmente Venecia) estaban en estrecho contacto con el Imperio bizantino por el comercio y las cruzadas y los artistas miraban más hacia Constantinopla que a Francia donde se estaba desarrollando el estilo gótico.
Dada la influencia oriental, la pintura del Duecento en Italia estaba dominada por la maniera greca, un estilo de mural o mosaico caracterizada por la configuración plana y su temática y estética bizantina.

Cimabue (Florencia 1240-Pisa 1302) comenzó a renovar la pintura bizantina, rompiendo con su formalismo e introduciendo los elementos del arte gótico, como el realismo de las expresiones de los personajes. Después, su genial alumno, Giotto di Bondone (1267-1337), rompió definitivamente el hechizo del conservadurismo bizantino y se aventuró en un mundo nuevo, logrando un avance decisivo en el desarrollo de un nuevo lenguaje pictórico. Giotto cambió los fondos dorados por un cielo azul intenso y redescubrió el arte de crear la ilusión de la profundidad sobre una superficie plana que le permitió el desarrollo de escenas y aumentar su dramatismo. La vieja manera bizantina pareció de pronto trasnochada y rígida.
La fama de Giotto se difundió por todas partes, incluso más allá de los Alpes, y los florentinos estaban orgullosos de él. Esto también fue una novedad, porque aunque antes existieron maestros que gozaron de estimación y fueron recomendados de un monasterio o un obispo a otros, se consideraban artesanos. Nadie pensaba que era necesario conservar su nombre para la posteridad y por lo general, ni siquiera firmaban sus obras. A partir de Giotto, primero en Italia y luego en otros países, empieza la historia de los grandes artistas.
En Siena, un contemporáneo de Giotto, Duccio di Bueninsegna (1253-1319) trató de infundir nueva vida a las viejas formas bizantinas en lugar de dejarlas totalmente de lado. Introdujo fondos arquitectónicos o paisajistas, un mayor sentimiento y calidez en el tratamiento de las imágenes, con escenas de gran viveza y colorido, así como efectos dramáticos y de acción que aportaron gran fuerza narrativa.
Entre 1308 y 1311 pintó su obra cumbre, la Maestà, un retablo imponente compuesto de varios paneles destinado a la catedral de Siena, que había sido encargado por el Consistorio. Se trataba de un retablo de dos caras: en el anverso estaba representada la Virgen con el Niño rodeada de ángeles y santos, junto a otras escenas menores alrededor, mientras que en el reverso figuraban veintiséis episodios de la Pasión de Cristo, además de otros relatos evangélicos en el ático y la predela (parte inferior del retablo). Es en las imágenes del reverso donde más se aprecia como el autor se planteó el tema de la perspectiva y la aparición de arquitectura y paisaje en el fondo, distinto de la claridad espacial de los cuadros de Giotto.


El retablo inicialmente medía seis metros de alto por seis de ancho y su traslado desde el taller del artista al Duomo generó una gran expectación. Fue instalado en un carro y llevado en procesión, acompañado por el sonar de las trompetas y los balcones de la ciudad revestidos de gala.
El retablo estuvo en el altar mayor de la catedral de Siena hasta 1506, fecha en que fue trasladado a otro altar. En 1771 se decidió fragmentar la obra para repartir sus imágenes entre dos altares. Se retiró entonces el marco, así como las tablas de la predelas y del ático, y se aserró la tabla en siete partes.
Una vez separadas las imágenes se desperdigaron rápidamente, por lo que algunas de ellas fueron a parar a diversos museos y colecciones privadas de Europa y Estados Unidos. España cuenta con un fragmento de la predela, Cristo y la Samaritana, en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Se puede observar una aproximación de lo que podría haber sido la obra en su conjunto en el Museo dell’Opera del Duomo de Siena.


Puede decirse que junto a Cimabue y Giotto, Duccio fue uno de los principales renovadores de la pintura gótica, a la que aportaron un mayor clasicismo inspirado en la antigua cultura grecorromana, un concepto más racional del volumen y el espacio, y una ejecución que denotaba elegancia formal, preciosismo cromático y composición armoniosa.
Duccio creó escuela en Siena, inspirando a sucesivas generaciones de pintores, entre los que destacan Simone Martini, Lipo Memmi y los hermanos Ambrogio y Prieto Lorenzetti. Los miembros de esta Escuela compartieron la predilección por las formas delicadas, la expresión lírica de sus figuras alargadas, el uso de los fondos ornamentales dorados y una gama de colores ocre que quedaron asociados a su ciudad y bautizados con su nombre: el siena natural y el siena tostado.
Simone Martini (Siena hacia1285-Aviñón 1344) fue el más reputado maestro entre los pintores del Trecento en el dominio del color. El gusto por la línea, propio del gótico francés y de la escuela de miniaturitas de París, fue un elemento esencial en su estética.
En la Maestà del Ayuntamiento de Siena, pintada al fresco en 1315, Martini abandona la rigidez de una composición en líneas horizontales para adoptar otra de personajes en movimiento que se acercan o se alejan produciendo un efecto de gran naturalidad. El baldaquino y las cintas que se mueven al viento da réplica a la asamblea humana que en forma de dos semicírculos rodea a la Virgen, la cual ha abandonado también el hieratismo bizantino mostrando una actitud pensativa y dulce.
Pero es en el retablo de la Anunciación, realizado conjuntamente con Lipo Memmi para la catedral de Siena en 1333, donde se muestra con mayor claridad la asimilación por los pintores de la escuela sienesa de los ideales del arte gótico y las innovaciones de Giotto. Las formas delicadas, el aire lírico, la magnificencia de los vestidos y la belleza de los cuerpos delgados aproximan este retablo a la orfebrería y a las miniaturas góticas, mientras que el apunte de perspectiva que observamos en el suelo y la decoración de la escena, rememoran a Giotto. El espacio entre el ángel que sostiene una rama de olivo como símbolo de la paz y la Virgen leyendo sorprendida por su aparición, ha sido rellenado con un jarrón que contiene altos lirios, símbolo de la virginidad, y parece envuelto en aire. Una paloma que representa el Espíritu Santo rodeada de querubines de cuatro alas enmarca el arco central, mientras que el arco izquierdo está atravesado por las alas de San Gabriel.


Martini fue amigo de Petrarca y ambos pasaron muchos años en la corte del Papa que entonces no estaba en Roma, sino en Aviñón. Se sabe que pintó un retrato de la amada Laura que el poeta guardó como un tesoro. Desgraciadamente se ha perdido y no podemos saber hasta que punto guardaba parecido con ella ya que para los retratos los artistas medievales se servían de figuras convencionales de hombre o mujer y se contentaban con escribir sobre ellos el nombre de la persona que se proponían representar.
Ambrogio Lorenzetti (Siena 1290-1348) también pintó para los Papas de Aviñón por recomendación de su amigo Simone Martini. Cuando regresó a Siena trabajó en los frescos del Palazzo Publico, un edificio construido aproximadamente entre 1297 y 1310 como sede del Gobierno de los Nueve de la República de Siena.
En el corazón del edificio se encuentra la «Sala dei Nove» (el Salón de los Nueve) que era el lugar de reunión para nueve magistrados que llevaban a cabo las funciones ejecutivas y debatían los asuntos de gobierno. Es una estancia rectangular que mide aproximadamente 8 x 14,5 metros y en tres de sus muros (los dos largos y un corto) Lorenzetti pintó entre 1338 y 1340 La alegoría del buen y el mal gobierno. La superficie total ocupa prácticamente lo mismo que una pista de tenis y tardó dieciséis meses en completar la tarea.
Este fresco es el primer conjunto pictórico medieval en el que se desarrolla un tema civil, con un claro programa propagandístico (el de los nueve gobernantes de la ciudad), en una serie de ambientes con paisajes tanto rurales como urbanos; una absoluta novedad en el panorama artístico de la época.
En el centro de la composición, situado en el lado más corto de la estancia, Lorenzetti dispuso la Alegoría del buen gobierno, “Un homenaje a la justicia…Un manifiesto político a modo de desfile visual” en palabras de Hashim Matar.
El fresco está organizado en dos planos horizontales. En el superior, la figura de mayor tamaño es la personificación del Buen Gobierno, significando al mismo tiempo Siena y el Bien Común, representado por un anciano de barbas blancas y porte regio, sobrevolado por las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad. A su lado están sentadas las virtudes más destacadas; a su izquierda la Magnanimidad, la Templanza y la Justicia y a su derecha la Paz, la Fortaleza y la Prudencia.

Llama la atención la figura de la Paz, distinta en atuendo y talante al resto de virtudes. La mujer que la encarna está reclinada con actitud expectante, seductora y a la vez fatigada, sentada sobre un cojín debajo del cual se esconde una armadura. Otra pieza del traje de batalla está bajo sus pies, en lo que parece una señal de victoria. Su mano derecha se apoya en la nuca, dejando muy visible la oreja, como a la espera de una llamada, mientras la mano izquierda sostiene una rama de olivo, su símbolo. Con el vestido trasparente parece querer atraer y persuadir a algún necio que todavía no estuviera convencido de su encanto. No es extraño que a esta Sala dei Nove se la conozca también como Sala della Pace, porque sin ella el resto de la composición pierde el sentido.
Más allá de la Paz, sentada en un trono, coronada, y de mayor proporción que el resto de las virtudes, vuelve a estar representada la Justicia, sosteniendo en cada lado de la equilibrada balanza al bien y al mal. Por encima de su cabeza planea la Sabiduría sujetando el fiel de la balanza.
Por detrás de estas virtudes se extiende el azul del cielo, con el color de la profundidades marinas.
En el nivel inferior, debajo de la justicia aparece la Concordia trenzando una cuerda que proviene de los platillos de la balanza de la justicia, la cual llevan los personajes situados en procesión hasta el Bien Común. Los que transportan el cordel, y se aferran a él, eran los 24 consejeros de la ciudad y sus rostros de distinto semblante podrían ser retratos de las personas que ocupaban esos cargos en aquella época. Esta escena es una bonita alegoría de cómo es necesaria la concordia de la ciudadanía para que la justicia rija con sabiduría el bien común.
Al otro lado de la procesión de consejeros aparecen una serie de hombres maniatados, conducidos por soldados, que van a ser juzgados de forma justa e imparcial.
En la pared lateral derecha del recinto está la continuación del fresco con Los efectos del buen gobierno, donde se representa una ciudad de arquitectura intrincada y diversa, rebosante de color. Como ejemplos beneficiosos del buen gobierno se ven reflejados en el fresco la seguridad (abajo a la izquierda con los caballeros o nobles paseando tranquilamente por la ciudad sin ningún temor) la abundancia (con buena mercancía y el aparente bienestar de la gente) y la alegría o la idea de comunidad (reflejada por el corro de personas que están en el centro cogidas de la mano). Fuera de la muralla, un grupo de nobles salen de la ciudad y el resto de la escena la ocupan unos campos bien delimitados sobre colinas ondulantes, repletos de detalles, en la que se ve a los campesinos trabajando tranquilamente. Precisamente, la Seguridad está representada en la esquina superior izquierda, en forma de un ángel de apariencia satisfecha portando una pancarta.


El fresco del otro lado, Los efectos del mal gobierno, nos muestra la Tiranía gobernando, rodeada de personajes siniestros y a sus pies la Justicia encadenada y desposeída de sus vestiduras. La tiranía, simbolizada por un demonio andrógino con rasgos de villano estúpido, exhibe una férrea determinación. Sobre ella se sientan los peores enemigos de la vida humana, a juicio de los magistrados: la Avaricia, la Soberbia y la Vanagloria; a su izquierda, la Crueldad, la Traición y el Fraude; y a la derecha, la Afrenta, la División y la Guerra.

Aquí la ciudad está destruida y el campo asolado. En la parte del fresco que se conserva se observan señales de enfermedad, muerte, disputas de ciudadanos y ejércitos enfrentados. Sin saberlo, Ambrogio Lorenzetti pintó el reino del Terror en el que se convertiría su ciudad en 1348 con la epidemia de peste que le causó la muerte, que devastó Europa y que cambió la visión del mundo.

Figura de la entrada: Guidoriccio Da Fogliano. Simone Martini, 1328. Fresco del Palazzo Público de Siena.
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Molt interessant Cinta!
Com ja saps, d’ençà que vam visitar amb Jose la Capella dels Scrovegni a Pàdua – amb la immensa pena de no comptar amb la companyia de qui realment va planejar aquell viatge, és a dir tu – soc un fervent admirador de Giotto i del gran canvi que va representar per la història de la pintura.
Però és cert que no va ser l’únic gran pintor d’aquells temps anteriors al Renaixement.
Desconeixia aquest vessant polític d’alguns quadres d’aquella època. Un fet, crec que excepcional en aquells moments (i els que seguirien), quan la representació d’imatges i fets religiosos dominava quasi en exclusiva tot el referent a l’art.
Gràcies per descobrir-nos-ho d’una forma tan amena.