Va de nostalgias (parte 1ª)

Este año se cumple el 40 aniversario de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, autor de amplia trayectoria, pero que la mayoría de nosotros ligamos a una de sus obras “Cien años de soledad” que podrá gustar más o menos (yo conozco grandes y buenos lectores que me han confesado que no pueden con ella) pero lo cierto es que está conceptuada como una obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal, así como una de las obras más traducidas y leídas en español.

Se que no os descubro nada nuevo y que la mayoría de vosotros ya la leísteis hace tiempo pero, por esa misma razón, creo que puede originar comentarios mucho más enriquecedores que en otras ocasiones. Y hay otro motivo, que podría ligar más esta entrada con el About us de Pepe que con la habitualidad de la mía, pero ese motivo solo lo desvelaré a los que tengáis la paciencia de seguirme hasta el final.

Y empezamos con el texto, que transcribo sin quitar ni añadir ni un punto ni una coma aunque lo necesitaría (ahí tenéis otra pequeña pista):

En primer lugar hay que considerar el tema de la obra. Éste no puede comentarse brevemente porque en mi opinión es demasiado complejo. A primera vista la característica de todos los Buendía, lo que les hace asemejarse a pesar de sus claras diferencias es una soledad espiritual que les hace sentirse desconectados de los demás

“… al contrario de todos, Meme no revelaba todavía el sino solitario de la familia…”

“… hombres de los más variados aspectos, pero todos con un aire solitario que habría bastado para identificarlos en cualquier lugar de la tierra…”

Sin embargo profundizando un poco más puede apreciarse que esta extraña soledad que les invade es una consecuencia de algo, que no está allí gratuita, como otro aspecto más de sus vidas; hay que buscar la causa lo que resulta más difícil porque en el libro no aparecen apenas datos, solo pequeñas menciones que no contribuyen a esclarecer excesivamente los hechos. En general podría decirse que el motivo de lo dicho anteriormente es una rara condena de la que solo se sabe que parece pesar sobre la familia como una maldición

“… las estirpes condenadas a cien años de soledad…”

El mundo de Macondo es un mundo reciente, según dice el autor, tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y podría añadir también, tan reciente que el el tiempo no importaba, ninguno de los protagonistas del principio le presta ninguna atención y solo meditan en él para convencerse de la inutilidad de asignarle fechas, de valorarlo

“… ¿Qué día es hoy? Aureliano le contestó que era martes. “Eso mismo pensaba yo” dijo José Arcadio Buendía. “Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes…”

Y así, como nada cambia en este pueblo olvidado, el tiempo, y también el espacio con todo lo contenido en él, ira perdiendo importancia de forma que Macondo acabara adquiriendo un aspecto tan irreal que cada personaje podrá actuar como quiera sin que nadie pueda considerarse capacitado para juzgarlo pues ninguna acción realizado con este escenario podría parecer desfasada o ridícula. Como todo eso es exactamente lo contrario de lo que ocurre en el mundo real, los Buendía, representantes de un pueblo y una raza, pueden ser considerados como el reflejo en un espejo

“… estaba previsto que la ciudad de los espejos (o de los espejismos) sería arrasada…”

de un mundo que vive supeditado al tiempo y a las cosas, que crea fuertes ligaduras para que sus moradores luchen desde siempre y para siempre intentando desatarse y encontrando al mismo tiempo su razón de ser en ellas ¡curiosa paradoja! pero ¿ qué sería de los hombres, de nosotros, sino nos sintiéramos desde la infancia atados a tantas cosas que nos obligan, nos exigen?¿no nos sentiríamos tan irreales, tan desconectados como los protagonistas? Porque ellos, como puede observarse a lo largo de la novela, sienten tal miedo a su presunta libertad al comprender, o creer comprender, que al no estar atados a nada su existencia no es necesaria a nadie que luchan desesperadamente por crearse cadenas y conseguir así hallar en las cosas la razón de ser que no hallan en ellos mismos. Por eso Macondo es una ciudad de espejismos que de lejos y a simple vista parecen reales para luego dejar traslucir todo lo que tienen de falso, todo su vacío interior. Y por eso resulta más amarga todavía la condena, porque sus ligaduras se las imponen ellos mismos buscando sentirse fuertes, importantes

“… apenas ahora me doy cuenta de que estoy peleando por orgullo…”

El coronel Aureliano Buendía, que es el que pronuncia la frase anterior, es un ejemplo muy claro de lo antes expuesto. Deposita en la guerra todas sus esperanzas de alcanzar verdadera categoría, nunca veremos en sus campañas la loca ilusión de los idealistas que batallan por una empresa imposible negándose a admitir la inutilidad de su intento sino más bien el empeño del testarudo que se niega a reconocer sus errores por dignidad mal entendida y que evitara los remordimientos refugiándose en su intransigencia no solo para los demás sino para él mismo. Cuando la guerra le falla se refugia en los pescaditos que serán la única cadena que seguirá sujetándolo al mundo, mientras irá adquiriendo un aspecto cada vez más irreal y fantasmagórico como dando la razón a su madre Úrsula a la cual

“…la tenaz repetición de los nombres le había permitido sacar conclusiones que le parecían terminantes. Mientras los Aurelianos eran retraídos pero de mentalidad lúcida…”

Y así Aureliano irá cada vez refugiándose más en sí mismo y desconectándose de los demás pero eso sí, seguirá conservando la lucidez y realizando aquellos actos que se consideran como los más cuerdos en nuestra sociedad y que no son más que círculos de repeticiones obsesionantes como el hecho de los pescaditos que dejará de vender por orgullo pero que seguirá fabricando aunque no tenga más remedio que deshacerlos luego para seguir teniendo material.

Los Buendía a pesar de que sienten tan enraizado el espíritu del clan que solo la idea de que al casarse sus hijos podrán dejarla mueve a Úrsula a emprender la ampliación de la casa, así habrá sitio para todos, y a pesar de que todos acabarán volviendo porque el pueblo y la casa les ofrecerá la razón de su existencia nunca se liberarán de su soledad. Y sin embargo acabarán más atados que nadie, porque todo crea costumbre y así José Arcadio, claro ejemplo, al ser desatado por Úrsula del árbol seguirá allí inamovible porque

“… un dominio superior a cualquier atadura visible lo mantenía amarrado al tronco del castaño…”

Sin embargo no hay que creer que no se aprecia evolución en el libro, las condiciones de existencia van variando y así los Buendía que empezaron considerando el tiempo como algo sin importancia acabarán luchando contra él intentando librarse de su peso. Este factor obsesionará a toda la dinastía en un sentido o en otro pues incluso cuando le niegan sentido no pueden evitar pensar en él hasta que Úrsula, la más lúcida en juzgarlos a todos porque los ha conocido a todos, llegando asustada a la conclusión de que se van repitiendo sin esperanza, se estremecerá

“… con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo…”

Maite
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Maite

Soy médico forense y una loca de la novela negra con poca truculencia en las muertes y mucha complejidad psicológica. De todas formas leo de todo y me encantan también las películas de cualquier género y los cantautores.

6 comentarios en «Va de nostalgias (parte 1ª)»

  • el sábado, 22 de enero de 2022 a las 9:47 am
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    Jo, Maite! que forma mas maravillosa de empezar el día. Poco me podia imaginar que me desayunaría en Macondo y entre los Buendía.
    Me has hecho pasar un rato sensacional, con múltiples detalles de los que apenas recordaba alguna cosa a pesar de haber leído dos veces esa novela que, a mi modesto entender, es una obra cumbre de la Literatura Universal.
    No quieras saber con que gusto espero tus próximos análisis y descripciones de “cien años de soledad”
    Magnífico!

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  • el sábado, 22 de enero de 2022 a las 6:53 pm
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    Maite, felicitarte por esta magnífica entrada, tanto en su contenido, cómo por la estética que le has impregnado, dándole además ese punto misterioso de desvelo para el siguiente capítulo, que espero con impaciencia controlada.
    Todo ese análisis novelístico respecto a una falsa/verdadera existencia atemporal o irreal, incentivan volver a años atrás e iniciar nuevamente la lectura de esa gran obra.
    Verdadera mano tienes para pasearnos por páginas escritas y sus lecturas…
    Realmente, una de las frases más irreales o atemporales que me han impresionado por el significado que podamos darle es:
    “¿Qué día es hoy? Aureliano le contestó que era martes. “Eso mismo pensaba yo” …Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes…”
    Maite, gracias por este momento. 😘

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  • el domingo, 23 de enero de 2022 a las 12:45 pm
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    Maite, enhorabuena por tu profundo comentario de Cien años de soledad. Me han encantado tus reflexiones acerca de las ataduras, ese eterno dilema entre más libertad o más desarraigo, y el espejismo del tiempo. Creo que no es nada fácil analizar el fondo del libro cuando el exuberante lenguaje de García Marquez te arrastra en una borrachera formal. Al menos eso me pasó a mí las dos veces que la he leído y por eso todavía valoro más tus apreciaciones. ¡Qué bien que no haya terminado y podamos seguir disfrutando de tus pensamientos en una próxima entrega!
    Un abrazo.

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  • el martes, 25 de enero de 2022 a las 2:39 pm
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    Muchos años después, frente al comité de redacción, el general Ramirez Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su amiga Teresa Talón le hizo conocer aquel texto. El texto que le puso nombre a las cosas. El texto que, junto con el imán del gitano Melquíades, fue el mayor descubrimiento de aquel mes de marzo en Macondo. ¿O fue en abril? Fue en un marzo que parecía abril, en el que el rio se precipitaba muy crecido sobre su lecho de piedras blancas y enormes como huevos prehistóricos.
    Teresa aseguraba que fue el imán de Melquíades, el mismo que desenclavó tornillos e hizo caer de su sitio calderos y tenazas, el que había hecho aparecer, justo en el lugar en el que más la habían buscado, la caja que guardaba el texto olvidado.
    Muchos años después aún recordaba Teresa que aquella fue la primera ocasión en que tuvo la certeza de que el tiempo no pasaba, como ella creía, sino que daba vueltas en redondo….

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  • el martes, 25 de enero de 2022 a las 8:23 pm
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    Intrigado me tenéis entre Maite y Pedro con un Abot Us por medio.
    Yo soy de los partisanos pro Cien Años de Soledad. De los que babeó en su segunda lectura hace pocos años.
    Dicho esto, he encontrado multitud de recuerdos y matices en el escrito que nos has transmitido (intuyo que no es tuyo) que han sido una delicia,
    Siempre será un placer volver a Macondo.
    Gracias Maite…excelente.

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    • el viernes, 4 de febrero de 2022 a las 10:15 am
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      Gracias a todos por vuestros originales comentarios, imbuidos del espíritu de la novela. Aún no se si requerirá dos o tres entregas (en esta ocasión no soy yo quien decido, y ahí tenéis otra pista). Pero reitero que, al final, se aclarará el misterio, ¡otro más! de Macondo. Por el momento Pedro R. va en cabeza y Pepe en la cola del pelotón de los que os habéis atrevido a elucubrar sobre el origen y otras circunstancias de esta entrada.
      Besos a todos.

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