Momentos estelares de la España del siglo XIX (XIII): El matrimonio de Isabel II y sus consecuencias.

Autor: Mariano Rebollo.

Figura de la entrada: La visita de Isabel II al Hospital de la Caridad en Sevilla por José Roldán Martinez.

En 1846, bajo el gobierno de Istúriz, se produjo el matrimonio de la reina, un asunto que suscitó el interés de la Europa entera. María Cristina fue la que se encargó, como un asunto personal, de la búsqueda de un marido para su hija. Su opción preferida inicialmente fue la de su hermano menor Francisco de Paula Borbón Sicilia, conde de Trápani, tío carnal por tanto de Isabel II, pero se descartó ante el rechazo de todas las familias liberales por ser absolutista y clerical y por temer que con este matrimonio la ex regente alcanzaría un mayor poder como madre y hermana mayor de los reyes de España.

El segundo candidato de Cristina y el preferido del gobierno moderado fue uno de los hijos del rey de Francia Luis Felipe de Orleans (el duque de Montpensier en concreto), pero Inglaterra vetó esta posibilidad por temor a que España se convirtiera en un mero satélite de Francia, lo que provocó a su vez el veto francés a un candidato de la familia real británica, el príncipe Leopoldo de Coburgo, sobrino del rey Leopoldo de Bélgica. Las casas reales inglesa y francesa, reunidas en la isla de Eu, decidieron que Isabel debía casarse con un descendiente de Felipe V de España, en sus ramas italiana o española. El candidato Carlos Luisconde de Montemolín y pretendiente carlista tras la abdicación de su padre Don Carlos, fue también rechazado porque nadie estaba dispuesto a entregar la corona de España al carlismo después de su derrota en la guerra.

No quedaba otra opción que la de uno de los dos hijos del infante Francisco de Paula, hermano menor de Fernando VII y casado con Luisa Carlota, hermana a su vez de María Cristina: Francisco de Asís y Enrique. La reina madre aborrecía por igual a ambos y también a su hermana, que llevaba años intrigando para casar a sus dos hijos con Isabel y con su hermana la infante Luisa Fernanda. Enrique, el preferido por los británicos por sus simpatías con el partido progresista, se descartó a sí mismo al publicar el 31 de diciembre de 1845 un manifiesto de contenido liberal, lo que dio lugar a que se le alejara de la Corte enviándole a Galicia, donde su presencia contribuyó a la revuelta progresista que estalló a comienzos de abril de 1845.

Por pura exclusión, sólo quedaba un candidato, Francisco de Asís, un hombre débil y vil de pocas luces, aire afeminado, voz atiplada, absolutista y extremadamente clerical, que llevaba tiempo intrigando para lograr el matrimonio con su prima Isabel II (había pedido un préstamo de 8 millones de francos para favorecer su opción al casamiento). Creció en una familia caracterizada por una madre dominante y un padre débil y huidizo, aterrorizado por su mujer y por el amante de ésta, el conde de Percent, que convivía con ellos como mayordomo mayor de su casa.

La muerte de Luisa Carlota en Madrid en abril de 1844 y el acuerdo con Francia para casar a su hija la infanta Luisa Fernanda con Antonio María de Orleans, duque de Montpensier, hizo que María Cristina aceptase la boda de Isabel II con Francisco de Asís. Consideraba además que era probable que la Corona la heredase la hermana de la reina, ante la creencia de que Isabel tenía mala salud y de que Francisco de Asís era impotente. Al parecer era homosexual y además presentaba una malformación del pene (hipospadias). Una coplilla popular se mofaba: “Paquito natillas / es de pasta flora / y mea en cuclillas / como una señora”. 

A pesar de las protestas de Isabel II, a la que repugnaba su primo, las bodas de la reina y de su hermana se celebraron el 10 de octubre de 1846 (el día que Isabel II cumplía 16 años), con unos minutos de separación. El rey consorte no satisfizo las necesidades sexuales de la joven, que al cabo de seis meses les decía a sus ministros que no podía aguantar más y que deseaba divorciarse, a la vez que inauguraba con Francisco Serrano, “el general bonito”, la larga lista de sus amantes, que fueron los padres de la totalidad de sus doce hijos. De los que vivieron, y relacionando sus amantes con los embarazos, es probable que el padre de la infanta Isabel (apodada “la chata” y “la Araneja”) fuera el capitán José María Ruiz de Arana (“el pollo Arana”), y que el rey Alfonso XII (“puigmolteño”) descendiera del capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó, “el pollo real”.

Mientras, Francisco de Asís, del que se rumoreaba que convivía con su amante (Antonio Ramón Meneses) en el palacio de El Pardo, recibía un millón de reales por reconocer como suyos a cada hijo de Isabel II y configuraba su propia “camarilla”, intrigando con absolutistas, carlistas y eclesiásticos. Formaba parte de esta camarilla fray Fulgencio y la monja Sor Patrocinio (María Rafaela de los Dolores), de ideas reaccionarias y carlistas, famosa porque se le abrían llagas “como las de Cristo” con cada episodio contrario al absolutismo y al carlismo; esta monja tenía influencia en la Corte a pesar de que, años atrás, ya se había descubierto la falsedad de sus llagas y milagros tras una causa judicial que se le había abierto a instancia de Salustiano Olózaga, entonces gobernador civil de Madrid.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

Con 17 años, la reina se entrega a sus amores con el general Francisco Serrano (de tendencia liberal “puritana”) y a una vida de diversiones desenfrenadas entre una cohorte de músicos, gentes del teatro, damas aristocráticas de dudosa reputación, vividores (como el marqués de Salamanca), y su prima, la arriscada infanta Josefa Fernanda de Borbón (“Pepita”), su mejor amiga. En esa época fue muy popular entre los madrileños, que la saludaban con muestras de júbilo. Sus días y noches eran una fiesta continua; se solía acostar a las 5 de la mañana y se levantaba a las 3 de la tarde, comportándose con absoluta falta de discreción. Su hostilidad hacia su marido y hacia su madre, a quien culpaba de su situación, era enorme, negándose a escuchar sus advertencias. Toda esta “cuestión de Palacio”, como se la llamaba, afectó al ejercicio de la prerrogativa regia y complicó el papel del partido moderado, que se había convertido en un “partido de Corte”. Para solucionar esta crisis era preciso lograr la “reconciliación” de los reyes y de la reina con su madre y alejar a Serrano de Madrid, objetivo al que contribuyó Juan Donoso Cortés y, sobre todo, el regreso al gobierno del general Narváez el 4 de octubre de 1847.

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Retrato del general Francisco Serrano, I duque de la Torre; óleo sobre tela (226 x 144 cm). Antonio Gisbert. Museo de Bellas Artes Gravina, Alicante.

Durante ese año se produjeron múltiples algaradas y manifestaciones de protesta por casi toda España, duramente reprimidas. La decisión del gobierno de aumentar las exportaciones de grano en un momento de grave crisis de subsistencias, con el subsiguiente encarecimiento del pan, provocaron “motines de hambre” (“¡Pan, mueran las autoridades, muera el jefe político!”) ante la pasividad de los gobernantes (“no se debe favorecer a las clases menesterosas contra los intereses de las clases productoras”).

La vuelta del militar Narváez al poder, provocada por la alarma de los moderados y motivada sobre todo por los escándalos en la Corte, devolvió algo de tranquilidad al país (“¡Carajo, puñetas! Yo entro a meter en un puño a rey, a reina, a Serrano y a Serrana y a amolarla a todos juntos. Yo entro ahí para levantar la monarquía a pesar de la monarquía”). El rey regresa a Palacio, Serrano es nombrado capitán general de Granada y recibe como regalo de la reina 3 millones de reales, y María Cristina se reconcilia con su hija. Sin embargo, Isabel II continuó con su estilo de vida; sustituyó a Serrano por el marqués de Bedmar, quien probablemente fue el padre de su primer hijo, muerto al poco de nacer el 11 de julio de 1850.

Dos años antes de su fallecimiento en 1904, durante su exilio en París, en el palacio de la Avenida Kleber, Isabel II concedió una entrevista a Benito Pérez Galdós en la que afirmaba: “Sé que lo he hecho muy mal; no quiero ni debo rebelarme contra las críticas acerca de mi reinado… Pero no ha sido mía toda la culpa; no ha sido mía… Yo tengo todos los defectos de mi raza, lo reconozco; pero también algunas de sus virtudes… ¿Qué habría de hacer yo, tan jovencilla, reina a los 14 años, sin ningún freno en mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados; no viendo a mi lado más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más que voces de adulación que me aturdían? ¿Qué debía hacer yo?… Póngase en mi caso”.

Mariano R.

Mariano R.

Neurólogo jubilado que disfruta con los buenos libros, las artes y humanidades y las conversaciones con los amigos.

Un comentario en «Momentos estelares de la España del siglo XIX (XIII): El matrimonio de Isabel II y sus consecuencias.»

  • el miércoles, 14 de julio de 2021 a las 8:29 pm
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    Repasando “el historial” de la monarquía en España, uno acaba pensando que el actual monarca, e incluso su antecesor, son castos barones, comedidos en gastos e intrigas.
    ¡Lo que hay que ver y desde hace siglos!
    Solo dinero y poder (con sus derramamientos de sangre correspondientes) y, admitámoslo, la estupidez de una sociedad adoctrinada y engañada, consiguen mantener en las más altas jerarquía a semejante casta de inútiles, vividores y mangantes.
    Gracias Mariano. Un abrazo.

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