Momentos estelares de la España del S. XIX (XI): El comienzo del reinado de Isabel II y el incidente Olózaga.

Como hemos visto anteriormente, María Cristina renuncia a la regencia el 12 de octubre de 1840 en Valencia, exiliándose en París y entregando al general Espartero la custodia de sus dos hijas, Isabel y Luisa Fernanda, que regresaron con él al Palacio Real de Madrid. La futura reina tenía entonces 10 años y prácticamente nunca había convivido con su madre, centrada en sus intrigas de poder y en su nueva familia con Fernando Muñoz. Sin embargo, desde entonces no dejó de volver a reclamar la tutela de la reina niña y de luchar por controlarla y manipularla, consciente de que era depositaria de un poder del que necesitaba apropiarse. Lo mismo pensaban los moderados (de momento fuera del gobierno), los progresistas, los carlistas, los absolutistas y Luisa Carlota, la hermana de María Cristina y madre de Francisco de Asís y de Enrique.

Isabel era una niña ineducada y consentida, caprichosa, simpática y cariñosa, vigilada por su aya la marquesa de Santa Cruz (por la que sentía terror) y por damas del servicio (Inés Blake, Amparo Sorrondegui) adictas todas a María Cristina. Esta última habría de contar también con un hombre inteligente y taimado que logró introducirse en la corte, Juan Donoso Cortés, muy amigo de Fernando Muñoz, con el que se carteaba casi a diario y hacía negocios. Tras su nombramiento por las Cortes como regente el 8 de mayo de 1841, Espartero designa el 10 de julio a Agustín Argüelles tutor de Isabel y de su hermana; también nombra al poeta Manuel José Quintana ayo instructor y a la liberal Juana de la Vega, condesa de Espoz y Mina, aya, dimitiendo de su cargo la marquesa de Santa Cruz. El nombramiento de un nuevo intendente de Palacio descubre la malversación del Patrimonio Real por parte de María Cristina (que también se había llevado toda la cubertería de plata, sustituyéndola por alpaca). Mientras, los Muñoz (apoyados por el rey de Francia Luis Felipe de Orleans) compraron un palacio en París que se convirtió en centro de conspiraciones contra Espartero y los progresistas.

Isabel II niña. Carlos Luis de Ribera. Museo del Prado

Con el apoyo económico de la ex regente, estalla la Conspiración de octubre de 1841 con el objetivo de derribar a Espartero y al gobierno progresista, raptar a Isabel II y lograr el regreso de su madre a Madrid. Estaba dirigida por los generales moderados Narváez, O’Donnel, Montes de Oca y Diego de León, entre otros, y apoyada por personajes reaccionarios como Juan Donoso Cortés y algunos carlistas (pero no por Don Carlos). A pesar de que hubo alzamientos en las provincias vascas, Aragón, Andalucía y Madrid y de que llegaron a atacar el Palacio Real, la conspiración fracasó sobre todo por la intervención de la Milicia Nacional. El intento de rapto de las infantas provocó la confusión y el terror en Isabel II; la aya Juana de la Vega diría más tarde: “no me puedo persuadir que haya una madre que autorice y apoye este atentado”. Narváez y O’Donnell pudieron huir, pero otros generales fueron detenidos y mandados fusilar por Espartero (la llamada sangre de octubre). Hubo numerosas presiones de la aristocracia sobre la reina para que pidiera al duque de la Victoria el indulto del general Diego de León, conde de Belascoaín, pero éste se negó. Esto mermó su apoyo entre el ejército ya que existía un pacto “de caballeros” para que en estos casos se respetara la vida de los oficiales de alta graduación.

Isabel II recibió una educación breve y limitada, sin disciplina y muy condicionada por su sexo; apenas sabía de cuentas, su escritura era dificultosa y tenía tendencia a la indolencia y a caprichos pueriles. Estaba sometida a un entorno dispar, lo que la provocaba confusión, disimulos y mentiras para contentar a todos.

El partido moderado era incapaz de acabar con Espartero sin ayuda, por lo que se configuró una alianza con un grupo de militares (la Orden Militar Española, creada en París), los Muñoz (que aportaban dinero), los sectores descontentos del partido progresista e incluso ciertos grupos radicales y republicanos y algunos civiles como José de Salamanca y el propio Donoso Cortés. El 27 de mayo de 1843 el coronel Prim y Milans del Bosch se levantaron en Reus (¡abajo Espartero!, ¡mayoría de la reina!), al mismo tiempo que el general Serrano decretaba en Barcelona el cese de Espartero y su gobierno y se producían sublevaciones en provincias con la ya clásica formación de juntas locales y provinciales. Como ya vimos, el ejército de los generales Narváez y Aspiroz llega a Madrid el 22 de julio, estableciéndose una pugna entre progresistas y moderados para lograr el control personal y político de Isabel II. Argüelles es sustituido por el anciano general Castaños y dimite como aya la condesa de Espoz y Mina, regresando a Palacio la marquesa de Santa Cruz y el Patriarca de Indias, como confesor. Tras la derrota de Espartero, un gobierno provisional presidido por Joaquín María López nombra a Salustiano de Olózaga ayo instructor de la reina,  con el consiguiente disgusto y temor de los conservadores; para contrarrestarlo, Donoso Cortés se ofrece y logra que se le acepte para darle clases de Historia a la reina, lo que le permitía entregarle en secreto cartas de su madre con instrucciones. Olózaga era un político hábil, culto e inteligente, con un gran atractivo personal, que supo conquistar las simpatías de la adolescente Isabel II, quien le llamaba “mi querido fanfarrón”.

Ante la ausencia de regente, el gobierno de López convocó unas Cortes que el 26 de octubre de 1843 y adelantaron la mayoría de edad de la reina, con 13 años recién cumplidos. El 10 de noviembre, en sesión solemne de las Cortes, Isabel juró como reina constitucional “cumplir y hacer cumplir la Constitución de 1837”. José María López dimitió ante la reina y propuso que su sucesor fuera Salustiano Olózaga, quien fue nombrado el 20 de noviembre, siendo tolerado inicialmente por los moderados pensando que aceptaría el regreso a Palacio de María Cristina y su familia.

Olózaga necesitaba tener un apoyo parlamentario amplio, cosa que sólo lograría disolviendo las Cortes y convocando unas nuevas elecciones que pudiera controlar. Por ello solicitó a la reina una entrevista privada y en la noche del 28 de noviembre le presentó a la firma unos papeles entre los cuales estaba el decreto de disolución de las Cortes, que Isabel II firmó. Al acabar la reunión, Isabel le regaló al presidente una caja de dulces para su hija. Al día siguiente, al enterarse la marquesa de Santa Cruz de que la reina había firmado el decreto de disolución de las Cortes (lo que perjudicaba a los moderados y al entorno de María Cristina), se formó de inmediato una junta solemne (integrada por mandos del ejército, miembros de la mesa del Congreso y el Senado, grandes de España, magistrados y alta servidumbre de Palacio) que, tras someter a la pobre Isabel a un interrogatorio opresivo, la hizo firmar un acta en la que acusaba a Olózaga de haber ejercido coacción y violencia física sobre ella, obligándola a firmar el decreto.

Salustiano Olózaga. Antonio Gisbert Pçerez, 1872. Congreso de los Diputados.

El documento fue aireado públicamente con gran escándalo. Olózaga, aunque no podía decir que la reina mentía, se defendió bien de las acusaciones en unas Cortes ocupadas por militares vociferantes (mandados por Narváez), llenos de indignación y con sus espadas desenvainadas. Es cesado y el 13 de diciembre se exilia en Londres, enterándose a los pocos días de que su casa en Madrid había quedado destruida por un misterioso y “casual” incendio. Se nombra presidente al moderado Luis González Bravo, pero en mayo de 1844 será sustituido por el general Narváez, verdadero jefe de la reacción. María Cristina y su entorno habían logrado desembarazarse del progresismo y, para agilizar el regreso a Madrid de la ex regente, no dudaron en propalar rumores respecto a la ligereza del comportamiento de su hija y así justificar la necesidad de su presencia “para vigilar y aconsejar a la reina”. Todos ellos consideraban a Isabel II como una “presa”, un “poder secuestrable”.

Los moderados fueron ocupando todos los puestos importantes, sobre todo en el ejército, mientras que los progresistas, divididos y debilitados tras la marcha de Olózaga, habían ido a remolque de la situación. Hubo todavía algunos episodios de oposición, duramente reprimidos, en Zaragoza, Vigo y especialmente en Cataluña, donde estalló el último brote de descontento de la clase obrera. Barcelona fue atacada y sitiada por el héroe progresista Prim (que calificaba a los rebeldes de “bandidos, canallas y renegados”) hasta dominar la ciudad, atenazada ya por la escasez de víveres. 

Figura de la entrada: Isabel II jura la constitución; óleo sobre tela, 70 x 85 cm. José Castelaro y Perea, 1844. Museo de la Historia, Madrid.

Mariano Rebollo.

Mariano R.

Mariano R.

Neurólogo jubilado que disfruta con los buenos libros, las artes y humanidades y las conversaciones con los amigos.

Un comentario en «Momentos estelares de la España del S. XIX (XI): El comienzo del reinado de Isabel II y el incidente Olózaga.»

  • el jueves, 24 de junio de 2021 a las 9:25 pm
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    Este capítulo de la serie “España en el XIX” pone los pelos de punta. Si increible eran pasajes de aquel tiempo protagonizados por Fernando VII, el que nos presentas hoy es de “alucine vecina”. No tenia idea de los detalles que aportas y me han parecido tan interesantes como tristes. Que a mediados del XIX este país estuviera en manos de semejante pandilla explica gran parte de nuestra realidad.
    Mariano, muchas gracias

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