Momentos estelares de la España del S. XIX (V): La última década de Fernando VII (1823-1833)

Autor: Mariano Rebollo

Imagen de la entrada: Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert Pérez (1887-1888). Museo del Prado

Muchos historiadores han llamado a este período “la década ominosa”, aunque en comparación con el de los años 1814-1820 fue algo menos negativo, como veremos más adelante.

En el anterior episodio, nos quedamos en el fin del trienio liberal, tras el golpe de estado propiciado por la llegada a España de los Cien mil Hijos de San Luis, que devolvieron el poder absoluto al rey Fernando VII. Más de cinco años permanecieron en nuestro país unos 45.000 soldados franceses con el objetivo de alejar del poder a los liberales y sostener el gobierno del rey, supervisando también sus medidas y nombramientos, ya que la monarquía francesa de Luis XVIII deseaba que el rey de España ejerciera un poder algo más moderado, proclive a la existencia de “cámaras” (Cortes) consultivas, aunque sin verdaderos poderes legislativos. Sin embargo, durante todo este período, pero sobre todo en su comienzo, se desencadenó una intensa ola represiva contra la ideología liberal. Se limitaron los estudios universitarios, dando mucha mayor trascendencia a la Teología y al Derecho Canónico, hasta acabar cerrando todas las Universidades en 1830, incluso la catalana de Cervera creada tras la clausura de la de Barcelona. Como se decía en la Corte y el gobierno, “hay que impedir la funesta manía de discurrir”. No se repuso la Inquisición, pero el 8 de enero de 1824 se creó por Real Decreto la Superintendencia General de Policía del Reino, encargada fundamentalmente de labores represivas como “perseguir a todos los grupos de jornaleros que se juntaran para exigir la mejora de sus jornales”; tuvo que compartir jurisdicción y responsabilidades con milicias locales preexistentes como los “miquelets” catalanes (creados en 1640 durante la Guerra dels Segadors) o los “miñones” alaveses. También se crearon en 1825 los Cuerpos de Voluntarios Realistas, civiles armados para defender el absolutismo.

Entre 1823 y 1832 se establecieron nuevas instituciones gobernativas y se aprobó legislación reformista impulsada por los afrancesados más conservadores. El 19 de noviembre de 1823 se creó el Consejo de Ministros como cuerpo consultivo al servicio del rey, con el que se reunían 2 veces a la semana. Su primer presidente fue el sacerdote y Secretario de Estado Víctor Damián Sáez, pronto cesado a instancias francesas debido a su excesivo celo represivo y nombrado obispo de Tortosa, siendo sustituido por el marqués de Casa Irujo. En octubre de 1824, Francisco Tadeo Calomarde (reaccionario ministro de Justicia) puso en marcha un Plan General de Estudios, clerical y retrógrado. Luis López Ballesteros, ministro de Economía (1823-1832), mejoró la gestión de la Real Hacienda, creó la Contaduría General del Estado y el Tribunal de Cuentas, así como el Banco de San Fernando, estableciendo a partir de 1828 la publicación anual de los Presupuestos Generales del Estado. Otros hechos importantes fueron la apertura de la Bolsa de Madrid en 1831, la aprobación del primer Código de Comercio en 1830 y la creación del Ministerio de Fomento, con competencias muy amplias; estos dos últimos hechos fueron muy protestados por los elementos conservadores más radicales, incluyendo la jerarquía eclesiástica. A pesar de estos tímidos intentos reformadores, el país continuaba en depresión económica, con el problema del desempleo y de una deuda exterior creciente, un atraso rural e industrial (a pesar del inicio de despegue de la industria textil catalana), unas infraestructuras prácticamente ausentes y un auge del contrabando y el estraperlo.

En 1830 el pueblo de París derribaba la monarquía borbónica de Luis XVIII e instauraba la monarquía burguesa de Luis Felipe, con lo que Francia volvió a ser refugio de los liberales exiliados cuyo destino había sido sólo Inglaterra. Este hecho facilitó nuevas conspiraciones liberales, de las que destacaremos sólo dos: la ocurrida en 1830, cuando un contingente de 2000 hombres al mando de Chapalangarra, el coronel Valdés y el general Mina penetraron por la frontera pirenaica, fracasando por la desunión entre ellos y la falta de cooperación desde el interior, y la expedición liberal encabezada por el general José María de Torrijos y Uriarte, acompañado por 60 amigos, quienes partiendo de Gibraltar con destino a Málaga el 2 de diciembre de 1831, fueron arrestados y fusilados 9 días después, convirtiéndose en nuevos mártires de la libertad. Otro hecho indicativo de la represión fernandina fue la ejecución de Mariana Pineda el 26 de mayo de 1831 por haber bordado una bandera verde, símbolo del liberalismo y de la Constitución de 1812.

Mariana Pineda
Retrato de Mariana Pineda. Grabado de Isidoro Lozano, 1862

Durante los últimos años del reinado de Fernando VII se exacerbó la división entre los absolutistas, apareciendo la corriente de los realistas exaltados  o “apostólicos” que se oponían a las reformas del rey, rechazando cualquier mínimo cambio en las viejas estructuras de la sociedad. Esta corriente integraba a ciertas partes del mundo campesino, al aparato clerical eclesiástico, a la vieja hidalguía, al artesanado antiguo de las ciudades y a algunos elementos de la nobleza titulada y del personal militar. Algunos de sus integrantes más significativos habían estado exiliados en Francia durante la época liberal, conspirando contra el gobierno establecido. La crisis que desencadenó el inicio del enfrentamiento armado entre el gobierno de Fernando VII y los realistas exaltados fue la llamada Rebelión de los malcontents catalanes (o “Revolta dels Agraviats”) en agosto de 1827, protagonizada por los campesinos, los clérigos rurales y los oficiales del ejército de bajo rango, descontentos con las medidas legislativas promulgadas por el rey, Pedían el restablecimiento del Santo Oficio, el encarcelamiento de los afrancesados y el boicot a las reformas fiscales. Aparecieron de nuevo Juntas, esta vez de absolutistas exaltados (como la “Junta Apostólica” creada en Santiago de Compostela, de la que probablemente tomaron el nombre de los “apostólicos”), que fueron integradas en la Junta Suprema de Manresa, así como nuevas partidas guerrilleras. Fernando VII tuvo que marchar a Cataluña para reprimir las sublevaciones apostólicas con la ayuda de las tropas francesas.

En 1829 el rey contrajo su cuarto matrimonio con su sobrina María Cristina de Borbón, de la familia de los Borbones de Nápoles, la cual adquirió pronto una gran influencia en la Corte, sobre todo al quedar embarazada. Para tener asegurada la sucesión directa al trono, fuera varón o hembra su descendencia, Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción el 29 de marzo de 1830, que fue presentada como una mera promulgación de lo que las Cortes habían acordado en 1789 durante su proclamación como heredero (en realidad había sido una proposición del conde de Campomanes en la que se pedía la derogación del llamado Auto Acordado entre Felipe V de Borbón y las Cortes en marzo de 1713). Este Auto Acordado, o “Nuevo Reglamento para la sucesión de estos Reinos”, establecía la preferencia de cualquier varón en la sucesión del trono con el fin de impedir la futura unión de las coronas de España y Francia. Venía a modificar las Leyes de Partida de tiempos de Alfonso X, que afirmaban la sucesión directa del rey por su hijo primogénito, fuera hombre o mujer. La Pragmática Sanción fue protestada vivamente por los apostólicos, que mostraron su apoyo al hermano del rey, el infante Carlos María Isidro de Borbón, de ideología más radical, absolutista y clerical. Las primeras adhesiones a D. Carlos aparecieron en Cataluña, naciendo así el término catalán “carlí” o “carlin” (y su plural “carlins”), que pasó al castellano como “carlista” y “carlismo”. El nacimiento de la infanta María Isabel Luisa el 10 de octubre de 1830 exacerbó el apoyo a D. Carlos por parte del viejo movimiento realista exaltado, configurándose un total enfrentamiento político, ideológico y social entre ambos bandos.

En el verano de 1832, en lo que se conoce como los “sucesos de La Granja”, varios personajes de la corte, partidarios del infante D. Carlos, intrigaron para lograr que el rey (muy enfermo y en ausencia de la reina María Cristina) derogara la Pragmática Sanción, lo que hizo el 18 de septiembre por iniciativa de Calomarde, entonces el hombre fuerte del gobierno. La reacción enérgica de la infanta Luisa Carlota (hermana de la reina y esposa de D. Francisco de Paula) y el regreso de María Cristina hicieron posible que Fernando VII se retractara de la derogación 4 días después. Calomarde fue cesado de inmediato, tras el episodio  llamado “la bofetada de Calomarde”, propinada presuntamente por la infanta Dña. Carlota, respondiendo el abofeteado lo de “manos blancas no infaman, señora”.

Fco. Tadeo Colomarde
Retrato de Francisco Tadeo Calomarde, de Vicente López Portaña, 1831. Museo del Prado

Ejerciendo como gobernadora, la reina cambió el gobierno, nombrando a Francisco Cea Bermúdez, un absolutista reformista de escasa personalidad, y cesando a varios cargos, entre ellos al conde de España, Capitán General de Cataluña, famoso por su exagerado celo represivo. Consciente de que necesitaba más apoyos, también promulgó un decreto de amnistía limitada para los liberales, con lo que se empezaba ya a configurar un “partido cristino” apoyado por estos últimos. El rey se repuso inesperadamente de su enfermedad, volviendo a asumir sus funciones en diciembre de 1832 y publicando el día 31 un decreto que reinstauró la Pragmática Sanción. Los partidarios carlistas reaccionaron con las sublevaciones de los Voluntarios Realistas en Toledo, el sur de Madrid y León, dirigidos por altos mandos militares y algunos nobles y jerarcas de la Iglesia. El rey logró controlar estos levantamientos y que su hermano D. Carlos (con su familia y servidores) se trasladara a la corte de Portugal en marzo de 1833. Luego convocó Cortes para la jura de la infanta Isabel como princesa heredera (20 de junio de 1833), mientras D. Carlos publicaba el primer documento reclamando sus derechos dinásticos. Fernando VII muere el 29 de septiembre de 1833, dejando el país en el inicio de otra devastadora guerra civil, la Primera Guerra Carlista, entre “cristinos” (con el apoyo de reformistas y liberales) y “carlistas”. Antes de su muerte, ya dijo: “Yo soy como el tapón de una botella de cerveza; cuando falte, la cerveza saltará”.

F. de Madrazo 1833 La Enfermedad de Fernando VII Palacio Real de Madrid 105 x 147 cm
La enfermedad de Fernando VII; óleo sobre tela, 105 x 147 cm. Federico Madrazo, 1833. Palacio Real de Madrid
Mariano R.

Mariano R.

Neurólogo jubilado que disfruta con los buenos libros, las artes y humanidades y las conversaciones con los amigos.

10 comentarios en «Momentos estelares de la España del S. XIX (V): La última década de Fernando VII (1823-1833)»

  • el sábado, 13 de febrero de 2021 a las 12:03 pm
    Enlace permanente

    ¡Qué ganas teníamos de seguir con el s. XIX, Mariano! Tu relato lo ha convertido en una auténtica novela negra en que no se si alegrarme la muerte del malo porque me temo que, efectivamente, lo que viene será peor. Siempre el mismo problema. Como ya se decía del Cid ¡qué buen vasallo si hubiere buen señor!

    Respuesta
    • el domingo, 14 de febrero de 2021 a las 8:43 pm
      Enlace permanente

      Gracias Maite, tu comentario me ha hecho mucha ilusión.

      Respuesta
  • el sábado, 13 de febrero de 2021 a las 7:10 pm
    Enlace permanente

    Gracias Mariano por tu repaso a nuestra historia reciente…! Tu relato tan detallado me hace revivir la situación como si estuviera pasando ahora y es una suerte poder volver atrás y disfrutar de todo lo que nos has contado…
    Espero seguir disfrutando de tus crónicas de nuestra historia con nuevas entregas….!
    Fuerte abrazo
    Cristina

    Respuesta
    • el sábado, 13 de febrero de 2021 a las 11:32 pm
      Enlace permanente

      Muchas gracias, Cristina. Habrá más, si lo seguís aguantando…

      Respuesta
  • el sábado, 13 de febrero de 2021 a las 7:43 pm
    Enlace permanente

    Mariano, yo recuerdo todavia a mis abuelos maternos empleando el termino “carli ” refiriendose a gente de la época de sus abuelos y de sus padres.
    Asi que se podría decir que aun nos llegan los ecos de sus batallas , represiones y fusilamientos.
    Recuerdo que hace unos años cuando vi por primera vez el cuadro del Fusilamiento de Torrijos me gusto mucho y me impresionó. Consiguió trasmitirme ese duro sentimiento de lo costosa que resulta tantas veces – ciclicamente en nuestra esperpéntica historia – la lucha por la libertad. O simplemente por cotas algo mayores de ella.
    Claro que el cuadro se pintó creo a finales de siglo encargado por masones, jajaja (por Sagasta, durante la regencia de María Cristina de Habsburgo).
    Realmente “funesta la idea de discurrir”.

    Mariano, de nuevo muy ilustrativo, tremendo y adictivo tu relato. Gracias y enhorabuena.

    Respuesta
    • el domingo, 14 de febrero de 2021 a las 8:55 pm
      Enlace permanente

      Te agradezco mucho tu comentario, Pere. Hay bastantes personajes extraordinarios en este período de nuestra historia. En los próximos capítulos comentaré algunos de ellos fuera del texto inicial, en forma de “links” para que éste no resulte demasiado largo y por si os pueda interesar. Ya me diréis; admito y agradezco críticas!

      Respuesta
  • el domingo, 14 de febrero de 2021 a las 5:04 pm
    Enlace permanente

    Mariano, muy interesantes y clarificadoras estas entregas sobre nuestro convulso siglo XIX. Para mí, el período entre la guerra de la Independencia y el final de siglo, con las pérdidas de Cuba y Filipinas, siempre ha sido un “agujero negro”
    Como comentario personal, diría que siempre me ha chocado el idealismo y aparente falta de percepción del balance de fuerzas que tenían esas partidas que, con unas pocas decenas o centenares de hombres, se lanzaban a expediciones de trágico final. No sé, todo muy exaltado y emocional (al menos visto desde mi actual perspectiva y sin conocer en detalle el contexto)

    Respuesta
    • el domingo, 14 de febrero de 2021 a las 8:16 pm
      Enlace permanente

      Gracias por tu comentario, Xavier. Estoy de acuerdo contigo en que este período de nuestra historia apenas es conocido en la actualidad, y quizá también el primer tercio del siglo XX, lo que es más imperdonable. Pero es una época que explica muchas de las cosas que siguen ocurriendo en la actualidad. Respecto a lo que dices sobre las “partidas” y, sobre todo de los numerosos “pronunciamientos”, algunos triunfaron durante un tiempo, iniciándose como una rebelión en provincias que lograba alcanzar (temporalmente) el poder central.

      Respuesta
  • el domingo, 14 de febrero de 2021 a las 7:07 pm
    Enlace permanente

    Otra magnífica entrega de aquel torturado siglo. En este capítulo añades complejidad al dar entrada, entre lo que serían las propias filas conservadoras, a la variable “sucesoria” y con ella, a la generación de las dos facciones que se irán enfrentando a lo largo del siglo.
    Otra cuestión muy importante, al menos para mi, es la que también anuncias y refieres cuando comentas el soporte de la catalunya rural al Carlismo.
    No desfallezcas y continua.

    Pd. Que maravilla de cuadro el del fusilamiento de Torrijos!!

    Respuesta
  • el domingo, 14 de febrero de 2021 a las 8:40 pm
    Enlace permanente

    Gracias por tu comentario, Manel. Siempre ando con miedo de que estos apuntes sobre la historia española del siglo XIX sean demasiado largos y de poco interés y objetividad. Quizá, para no hacerlos muy extensos, vaya añadiendo “links” sobre temas marginales o concretos que a lo mejor os puedan interesar (como las figuras de políticos importantes, de personalidades de la cultura, Larra, Espronceda, etc). Para mí es gratificante leer o releer los libros de Historia de este período y contároslo después con ilusión. Gracias por vuestra lectura.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *