La estupidez

Omnipresente y de gran impacto en la vida de individuos y sociedades, la estupidez ha sido y es objeto de estudio por parte de diversos pensadores, interesados en su carácter ambiguo y escurridizo, pues, como señaló Robert Musil: “si la estupidez no tuviera algún parecido que le permitiese pasar por talento, progreso, esperanza o perfeccionamiento, nadie querría ser tonto”.

He de reconocer que a mí también me ha intrigado e interesado este tema. A continuación intentaré exponer algunas reflexiones acerca de la estupidez por parte de tres autores. En general me limito a transcribir fragmentos de sus propios textos, de forma que mi aportación es mínima.

Para comenzar, resulta casi obligado resumir aquí las conocidas “leyes fundamentales de la estupidez” expuestas por el economista Carlo María Cipolla en su irónico y certero ensayo “Allegro ma non troppo” (1988):

1. Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.

2. La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

3. Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo sin obtener ella ganancia personal o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

4. Las personas no estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida.

5. Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Como corolario de la tercera ley, los individuos pueden clasificarse en cuatro clases:

– Inteligentes: benefician a los demás y a sí mismos.

– Incautos o desgraciados: benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

– Estúpidos: perjudican a los demás y se perjudican a sí mismos.

– Malvados: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.

En un tono más pedagógico, José Antonio Marina en “La inteligencia fracasada” (2004) tras urgir a “vacunarnos contra la tontería” describe a la estupidez como un fracaso de la inteligencia. Nos recuerda que una persona muy inteligente puede usar su inteligencia estúpidamente y considera que la inteligencia fracasa cuando resulta incapaz de ajustarse a la realidad, comprender lo que pasa o lo que nos pasa, solucionar los problemas afectivos, sociales o políticos. Fracasa también cuando se equivoca sistemáticamente, emprende metas disparatadas o se empeña en utilizar medios ineficaces, desaprovecha las ocasiones, se amarga la vida o se despeña por la senda de la crueldad y la violencia.

Las sociedades, según Marina, también pueden ser inteligentes o estúpidas. La interacción cotidiana entre los sujetos que las componen produce la “inteligencia social”, con el resultado de creaciones comunitarias tales como el lenguaje, las morales y costumbres, las instituciones. Según Marina, una sociedad inteligente es la que constituye fuente de soluciones para los individuos que la integran, ofreciéndoles más bienestar e incrementando sus posibilidades vitales, pues “nadie se une para ser desdichado”. Una sociedad estúpida es aquella en la que las creencias, modos de resolver conflictos, sistemas de evaluación, modos de vida, etc. disminuyen las posibilidades individuales. Los prejuicios, la superstición, el dogmatismo y el fanatismo forman parte de sus fracasos.

Una sociedad inteligente, siempre según J.A. Marina, es la que es justa, entendiendo como tal aquella que resuelve satisfactoriamente la tensión entre derechos y deberes. La autonomía personal es un valor, pero hay que recordar que la libertad de conciencia protege, pero también exige la personal búsqueda de la verdad, la apertura a los argumentos ajenos, la capacidad de rendirse a la evidencia, aunque nos sea contraria.

J.A. Marina nos recuerda, finalmente, que el uso público de la inteligencia debe salir del mundo de las evidencias privadas para buscar las evidencias universalizables que puedan compartir todos los seres humanos.

El controvertido filósofo André Glucksmann, en su ensayo “La Estupidez” (1985) nos alerta: si uno contempla la estupidez como un suceso que únicamente le ocurre a los demás o que le ocurre a uno mismo sólo cuando se encuentra bajo el influjo ajeno (“estaba fuera de mí”, “no entiendo que me sucedió”) es que no capta la sutileza del fenómeno. Ella es nosotros y nosotros somos ella.

Para Glucksmann la estupidez moderna se presenta como un método, más allá de una colección de casos. Puede describirse como “un sistema de operaciones que hace mejor que el espíritu el trabajo del espíritu”.

¿A qué conduce la estupidez como método?: a sí misma. No conoce otra cosa, luego tropieza con lo imprevisible, pero ella se cree desde el principio a sí misma. El estúpido es uno y doble: sueña lo contrario de lo que hace y, de este modo, hace lo necesario para que el sueño siga siendo un sueño. Se alimenta de sus sinsabores, los metamorfosea en triunfos.

¿Se puede pensar acertadamente sin pensar bien?, se pregunta Glucksmann. ¿Es posible criticar sin postular algún otro bien? ¿Se puede atrapar la estupidez en su propia evidencia sin creerse investido de una extraordinaria cordura? ¿La estupidez se distingue a simple vista o únicamente puede ser captada por el ojo ideológico?

Y es que la estupidez no responde ni interroga sino que instaura el reino de los estereotipos y los tópicos. Lejos de ser la expresión de esta o aquella ideologías, la estupidez es la condición de posibilidad que las hace girar. Todo puede ser clasificado, se etiqueta sin vergüenza. “La estupidez tiende una trampa a la vida en el diccionario”, eliminando del juicio cualquier ocasión de despertar. Elimina lo que la impugna.

Glucksmann enfatiza que nadie tiene derecho a la posesión de la verdad pero sí a reconocer en sí mismo la capacidad interior de distinguir entre mentir y no mentir, de detectar lo falso por el hecho de ser falso. El derecho a pensar que existe en cada uno le muestra lo que es erróneo, captando lo absurdo antes de conocer aquello que no lo es. Es la facultad que el siglo XVII denominó “entendimiento”, “presencia de espíritu”.

En su último ensayo “Voltaire contraataca” (2014) Glucksmann resucita la figura del Cándido de Voltaire. En “Cándido o el optimismo” Voltaire nos muestra, a través del viaje del ingenuo Cándido, un universo en el que la alta sociedad, los nombres rimbombantes, las palabras sabias, los pensamientos sublimes y las exaltaciones nacionalistas vuelan como hojas secas. Un mundo en que las virtudes están bien para estudiarlas en las escuelas, o sea, para nada.

“Era un pueblo ávaro que los búlgaros habían incendiado según las leyes del derecho público…viejos acribillados, mujeres degolladas…sesos esparcidos por la tierra…

Cándido escapó rápidamente a otro pueblo, pertenecía a los búlgaros y los héroes ávaros lo habían tratado de la misma manera”.

Glucksmann nos resume su tesis: cualquier fantasía sobre la supresión del mal es mortífera. En nombre del bien se han cometido las peores atrocidades. A los mortales que no se olvidan de que son mortales, los malos ejemplos les ilustran más que los buenos.

“¿Desde donde hablas tú? Escoge tu bando, enumera tus principios, muestra tu bandera”. La respuesta es fácil: la estupidez existe (me he topado con ella) y hay verdad (es preciso brindarle la posibilidad de un encuentro, recurriendo al amor y al azar)” (A. Glucksmann, La Estupidez).

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10 comentarios en «La estupidez»

  • el sábado, 6 de febrero de 2021 a las 11:32 am
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    Un gran tema y un desarrollo muy interesante, Xavier. Me parece muy acertada la frase de Robert Musil: “si la estupidez no tuviera algún parecido que le permitiese pasar por talento, progreso, esperanza o perfeccionamiento, nadie querría ser tonto”. Esa capacidad de camuflaje sin duda influye en su éxito social y la dificultad del propio reconocimiento, aunque las “leyes fundamentales de la estupidez” expuestas por el economista Carlo María Cipolla y la clarividencia de Marina son contundentes para discernirla. Gracias y enhorabuena por la apuesta filosófica.

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  • el sábado, 6 de febrero de 2021 a las 4:45 pm
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    Gracias Cinta por tus siempre benévolos comentarios.

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  • el sábado, 6 de febrero de 2021 a las 8:31 pm
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    Molt reflexiu aquest article. Semblaria que no hi ha persones estúpides sinó actes estúpids. Apuntes també que la estupidesa existeix i progressa perquè avança disfressada d’intel·ligència, de riquesa, de poder. El fet que els filòsofs la tractin i escriguin llibres sobre ella ens diu que la tenim ben omnipresent. Molt bona entrada Xavier.

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    • el sábado, 6 de febrero de 2021 a las 9:13 pm
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      Gracias por el comentario Lluis. Totalmente de acuerdo con lo que apuntas. Me gusta especialmente lo que en su libro sobre Voltaire dice Glucksmann (que, por otra parte, como les ocurre a la mayoría de filósofos, tuvo posiciones muy discutibles cuando bajó de la teoría a los casos concretos, lo que demuestra que nadie está libre de la estupidez):
      “el filósofo no es un adivino, lo que ocurre es que ha encontrado entre sus contemporáneos , además de los locos por dios, los locos por un ideal y los locos por la pasta, un bonito ramillete de tiranos profanos e infames. El mundo no deja de ser un campo de batalla”

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  • el sábado, 6 de febrero de 2021 a las 11:34 pm
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    Magnifica entrada Xabier.
    El tema es muy interesante. Yo conocia las leyes fundamentales de Cipolla. Se puede hablar y reflexionar largamente sobre el asunto. Y es dificil no caer en generalizaciones o arrogarse el derecho a lanzar piedras contra este o aquel y no reconocer las estipideces que a todos nos adornan.
    Pero aun viendo cientos de sesgos, aun así, creo que todos entendemos de que hablamos. Todos conocemos centenares de casos que nos parecen extremos… y cuando su lugar y labor en la sociedad les permite llegar a ser ladrones, malísimos gestores o individuos peligrosos para el conjunto de los ciudadanos…buff.
    Voy a poner la situación aún mas fea, porque hay otro aspecto diferente pero relacionado que también me martillea en la cabeza hablando de estos temas.
    Alguien dijo que la estupidez es el cultivo deliberado de la ignorancia y leí hace unos dias unas frases
    de Isaac Asimov al respecto: “Existe un culto a la ignorancia. La presion anti-intelectualismo ha ido abriendose paso a través de nuestra vida política y cultural, alimentando la falsa noción de que la democracia significa que mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento”.
    Si, la reflexión es válida… pero tambien puede sonar “meritocrático”.
    En fin, es un tema este que has puesto sobre el tapete muy interesante, complejo y sin embargo y por desgracía creo que muy evitente para cualquiera con dos dedos de frente.
    Gracias

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    • el domingo, 7 de febrero de 2021 a las 7:47 pm
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      Gracias Pere. Muy oportuna la cita de Asimov. Como bien dices, el tema da para muchas reflexiones y vueltas de tuerca. Simplificando al límite, mi modesta opinión es que la Ilustración puso en la ciencia y la razón el antídoto contra el oscurantismo religioso y medieval, pero luego vino el momento de constatar que todo, incluyendo lo aparentemente racional, tiene su raíz en nuestras emociones, en el deseo o en la voluntad de poder. Por otra parte, la razón ha producido históricamente monstruos, justificando el sufrimiento en aras de un bien superior (y no pienso solo en el fascismo, el nacionalismo o el comunismo soviético, sino en el capitalismo financiero, por ejemplo) . Ya en el s XX la razón fue quedando desprestigiada en favor de un cierto subjetivismo, olvidando que, con todos sus defectos, la ciencia y la razón son parte importante de cualquier proyecto destinado a poner orden en el caos y en el dominio de unos sobre otros. Son lo único que tenemos. Este desprecio del conocimiento ha sido desde siempre (y más ahora) aprovechado por las élites o los aspirantes a élite Como muy bien dices, abunda la idea de que la democracia es cuestión de sentimientos y emociones y que no hace falta saber, sino que basta con ir a comprar en el mercado político , olvidando pues que, sin conocimiento, sin información y transparencia, sin búsqueda de la verdad común, no hay libertad , no hay justicia. Va a resultar que Voltaire y Kant no eran tan tontos.
      Bueno, disculpa por haberme enrollado.

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      • el domingo, 7 de febrero de 2021 a las 9:12 pm
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        Nada que disculpar! Al contrario, me ha parecido acertadísimo todo lo que acabas de exponer y me parece oportunísima esa matización sobre que no hay que echar mano siempre de los habituales mostruos historicos, como el nacismo, cuando todos estamos – unos de forma más aceptada que otros – bajo la bota de ese capitalismo financiero, a todas luces salvaje, del que hablas.
        Ojala esta conversación la tuviermos tomando tranquilamente unas cervezas. Daría para mucho!

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        • el lunes, 8 de febrero de 2021 a las 8:27 pm
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          Sí desde luego, ¡nada mejor que unas cervezas y una buena conversación!

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  • el lunes, 8 de febrero de 2021 a las 7:54 pm
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    Xavi, que gran entrada nos has proporcionado. Además de ser una delicia pasear entre las reflexiones de pensadores tan didácticos (quizás todos, pero un poco menos Glucksmann), supongo que eres consciente que inauguras, con esta aproximación filosófica, nuestro particular Rincón Para Pensar.
    Que no se quede ahí. QUe no sea la última vez.
    Manel

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  • el lunes, 8 de febrero de 2021 a las 9:52 pm
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    Gracias Manel. Muy buena idea lo del Rincón Para Pensar!

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