LA AJETREADA VIDA DE UN CIRUJANO EN LA BELLE ÉPOQUE

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Figura de la entrada: Miembros de la Facultad de Medicina de París. Caricatura de Adrien Barrére (1904). Samuel Pozzi es el séptimo empezando por la izquierda; con lo brazos en jarras, en la mano izquierda lleva un cuchillo y en el cinto una sierra y un fórceps (por su actitud e instrumental se diría que es el más resolutivo del grupo).

CONCURS CERCANT L’ART IV (nº4, abril):

SOLUCIÓN: El doctor Samuel Jean Pozzi en casa. John Singer Sargent, 1881. Óleo; 202 x 102 cm. Hammer Museum, Los Ángeles, California.

ACERTANTES (por orden alfabético): Maite Talón, Pepe Ruíz, Pere Ramírez y Pere Sánchez.

COMENTARIO

“Mi querido y más tarde llorado Pozzi solía asegurarme que al despertar apenas podía contener la excitación que sentía al pensar en las muchas cosas atractivas que el día le reservaba. (…) Al despuntar el sol, este hombre de raro sentido común y raro buen gusto (…) veía en perspectiva las operaciones que le aguardaban y la decoración de su hospital, de tal forma que quizá fuese posible embellecer la enfermedad y convertir en casi feliz el sufrimiento; pensaba en nobles poemas que leer y en poemas que escribir; en antigüedades que comprar, dolores que aliviar y amigos a quien deleitar; y como llenaba el día de conocimientos y propósitos, por la noche derrochaba gracia y encanto. (…) Todo esto y muchas otras cosas, se sumaban para hacer que cada día fuera único, algo que por desgracia nosotros hemos perdido.”

Nunca he conocido a un hombre más seductor que Pozzi. Siempre lo vi como una persona risueña, afable, incomparable que era (…) Para alguien tan adicto como yo al placer aristocrático de desagradar a los demás fue una lección presenciar la infalible sonrisa de un hombre que hacía tan buen uso de ella y que se llevaría a la tumba. Pozzi poseía un arte de agradar inigualable“.

Robert de Montesquiou. Les pas effacés. (Extractos del libro de Julian Barnes “El hombre de la bata roja”).

Nombrar la Belle Époque me evoca la sensación de abrir una botella de champán. Un tiempo burbujeante de nuevas y viejas sensaciones acompasadas, de sabor alegre, atrevido y elegante; un tiempo con mucho glamour y un toque decadente.

Se conoce como tal al periodo de paz comprendido entre la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) y la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El término se acuño en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, a raíz de un programa de radio llamado así que emitía teatro musical. Probablemente, la expresión tuvo éxito por la nostalgia de un glamur que el siglo XX fue triturando poco a poco.

Los que vivieron ese tiempo no sabían como iban a ser recordados y la gran mayoría se extrañaría de esa etiqueta. Al fin y al cabo, fue una época de gran riqueza para los ricos y de poder social para la aristocracia, pero la sociedad estuvo aquejada de crisis, escándalos e inestabilidad política.

    

Pozzi 4

El protagonista de esta historia empezó a ejercer la medicina al comienzo de la Belle Époque y murió con ella.  

Conocí al Dr. Pozzi (Bergerac 1846-París 1918) en la sobrecubierta de El hombre de la bata roja, un ensayo de Julian Barnes. La ilustración es un fragmento del cuadro El doctor Samuel Jean Pozzi en casa, firmado por John Singer Sargent (Florencia 1856-Londres 1925).

El libro no solo es la biografía de un insigne cirujano, pionero de la asepsia, la esterilización y la ginecología en el último cuarto del siglo XIX e inicios del XX, sino también un retrato de la Belle Époque. Porque el Dr. Pozzi, además de un gran médico, fue también un intelectual con una vida social intensa que se codeó con las grandes figuras de su tiempo e incluso llegó a ser senador por Dordoña, sin olvidar su faceta de conocedor y mecenas de las artes. Era tan célebre que en las calles francesas se vendían postales con su retrato.

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Dr. Pozzi. Pierre Petit, 1909. Colección Pierre Potin

A lo largo de las páginas aparecen detalles de personalidades de la época en diferentes ámbitos como la política, las élites sociales, la medicina, la pintura, el teatro, la música y la literatura (la mayoría franceses), acompañados de fotografías pertenecientes a la colección de pequeñas cartulinas que acompañaban a las chocolatinas de Félix Potin.

Entre 1898 y 1922 Félix Potin produjo tres series de Celebrités Contemporaines, con alrededor de quinientas estampas en cada lote que se pegaban en sus correspondientes álbumes. Pozzi figuró en la segunda serie en dos poses distintas que exudan dinamismo y seguridad.

Samuel Pozzi era hijo de un pastor protestante de Bergerac con ancestros italianos. Su madre, Inès Escot-Meslon, pertenecía a la pequeña nobleza del Périgod y aportó al matrimonio una encantadora casa solariega del siglo XVIII que el médico amplió y tuvo siempre en gran estima. Inés era de salud frágil y falleció cuando Samuel tenía diez años. Su padre volvió a casarse enseguida con una inglesa joven y robusta, Marie-Anne Kempe. Samuel creció hablando francés e inglés, lo cual le facilitaría los contactos a lo largo de su vida personal y profesional.

En 1864 inició sus estudios de medicina en París, donde ya ejercía un primo veinte años mayor que él, Alexandre Laboulbène, entre cuyos pacientes figuraba la familia de Napoleón III.

Pozzi era encantador y ambicioso, pero era sobre todo un estudiante brillante. En 1872 ganó la medalla de oro al mejor médico residente del año. Se especializó en el abdomen y en 1873 obtuvo el doctorado con la tesis “La importancia de la histerectomía en el tratamiento de los tumores fibroides del útero”.

Su mentor clave fue Paul Broca (a quien debemos la asignación del área motora del lenguaje), famoso cirujano del Hospital Lourcine-Pascal. Fue fundador de la Sociedad Antropológica a la que Pozzi se afilió y ambos tradujeron La expresión de la emociones en el hombre y los animales, la obra de Darwin publicada en Francia en 1874. Casi simultáneamente se publicó el libro de su padre, Benjamín Pozzi, La tierra y el relato bíblico de su creación, una refutación del evolucionismo darwinista y un ejemplo más de la historia de los choques generacionales.

Paul Broca
Paul Broca. Pierre petit, 1860

Su otro mentor fue el poeta parnasiano Leconte de Lisle, hijo de un cirujano militar. Al parecer se conocieron en 1870, cuando el poeta y su mujer lo apadrinaron. Leconte, un librepensador que creía firmemente en la reunificación de la ciencia y la poesía, introdujo a Pozzi en los círculos literarios, le presentó a Victor Hugo y tanto fue su aprecio que le legó su biblioteca y sus papeles.

Otro empujón importante en el ascenso social de Pozzi fue su matrimonio en 1879 con Thérèse Loth-Cazalis, una joven de Lyon de familia católica, monárquica, adinerada gracias a inversiones en el auge del ferrocarril y con relaciones en ambientes artísticos, aunque ella, diez años menor, no tenía aficiones mundanas. Pasaron la luna de miel en España y a su regreso a París se trasladaron a una magnífica vivienda en la place Vêndome, donde Pozzi instaló su consulta privada.

La pareja comenzó a tener desavenencias al poco de casarse, pero esto no impidió que Thérèse fuera madre de tres hijos y una buena anfitriona de las fiestas y reuniones que se celebraban en su domicilio.

Pozzi
Samuel-Jean Pozzi. Nadar 1898

A Pozzi, un hombre guapo, rico, famoso y con dotes de gran seductor, se le atribuyeron muchas amantes, incluidas algunas pacientes. A lo largo de su vida conservó las cartas femeninas que había recibido, pero tras su muerte su hijo mayor las quemó. Según Barnes, solo dos romances están documentados. Uno con la actriz Sara Bernhardt se inició en su juventud y derivó en una larga amistad. La otra mujer importante en su vida fue Emma Fischoff, nacida en Viena como Emma Sedelmayer, hija de un marchante parisino que había expuesto, entre otros, a Singer Sargent. Cuando se conocieron en 1890, Emma, dieciséis años menor que Pozzi, también estaba casada y tenía tres hijos. Era una mujer culta, segura de si misma, rica y aficionada a comprar objetos artísticos y decorativos. Probablemente su marido, un criador de caballos, seria un hombre complaciente. Ambos no ocultaban su relación y cada año realizaban algún viaje por Europa que a menudo incluía Bayreuth y Venecia.

El matrimonio Pozzi se separó en 1909 sin que Thérèse transigiera con el divorcio por sus creencias religiosas.

Tan ajetreada vida social no distrajo al Dr. Pozzi de sus responsabilidades y anhelos profesionales.

Cuando empezó a ejercer, la cirugía era una práctica conservadora y el flujo de información transfronterizo era lento. Sirva como ejemplo la indignación  del cirujano norteamericano Charles Meigs (1792-1869) cuando le sugirieron que se lavara las manos antes de operar y exclamó indignado: “Los médicos son caballeros y los caballeros tienen las manos limpias”.

Florence Nightingale había demostrado los efectos de la salubridad y la higiene básicas sobre los índices de supervivencia durante la guerra de Crimea de 1853-1856, pero estos todavía no se tuvieron en cuenta durante la Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865) ni en la Franco-Prusiana (1870-1871).  Pozzi participó como oficial médico en esta última y observó que era mucho más probable que los soldados heridos murieran de infección y septicemia que a causa de la herida inicial. Hay que tener en cuenta que por entonces los cirujanos operaban en condiciones de suciedad y a los heridos en el frente los trasladaban con frecuencia tendidos sobre la paja infestada de excrementos de los caballos.  

En 1876 Pozzi viajó a Edimburgo para asistir a la conferencia de la asociación médica británica y allí conoció a Joseph Lister, pionero de la asepsia que había conseguido rebajar el índice de mortalidad de las amputaciones del 50 al 15%. 

Descubrió que su método era un proceso concienzudo en el que no se podía omitir ningún paso:

  • Utilizar ácido cárbolico para impedir que las heridas se infectasen.
  • Lavarse las manos con una solución débil de fenol.
  •  Suturar las heridas con catgut  en lugar de hilo de plata como se hacía en Francia, el cual se disolvía al cabo de unos días.
  • En lugar de dejar las heridas al descubierto, utilizar vendas esterilizadas y empapadas en fenol y tubos de drenaje debajo de la herida.

Al volver a París Pozzi puso por escrito sus hallazgos y empezó a practicar el “rito escocés”, como él llamaba al listerismo. Para ello tuvo que importar el catgut y un aerosol de fenol a sus expensas.

Su encuentro con Lister fue el principio de una serie de intercambios con colegas europeos y norteamericanos que duró toda su vida.

A lo largo de su carrera Pozzi mejoró las técnicas quirúrgicas, escribió más de 400 publicaciones médicas, entre ellas un Tratado de ginecología – en el que, entre otros méritos, por primera vez se establecían las pautas para que la mujer se sintiera cómoda durante la exploración ginecológica- que le proporcionó renombre en Europa y en Estados Unidos y luchó por el reconocimiento de la ginecología como una rama independiente de la cirugía. Como fruto de su empeño, en el cambio de siglo consiguió la primera cátedra francesa de dicha especialidad, creada especialmente para él.

Al Dr. Pozzi se le recuerda como un médico de la alta sociedad, cuyos clientes eran la realeza extranjera, la aristocracia local, actrices, novelistas y dramaturgos famosos. Sin embargo, durante treinta y cinco años trabajó en el hospital público Lourcine-Pascal (rebautizado hospital Broca en 1893) sin hacer distinción en el trato por el estatus social de sus pacientes y adoptando siempre una actitud consoladora. Para más mérito, en 1883 asumió la dirección del hospital y procedió a realizar importantes renovaciones e innovaciones, como el ala de quirófanos con salas aparte para procedimientos antisépticos, esterilización y anestesia. El nuevo servicio ginecológico fue inaugurado en 1897, catorce años después de que le nombraran cirujano jefe.

A las mejoras estructurales, clínicas e higiénicas logradas, Pozzí añadió recursos encaminados a cuidar el estado de ánimo de los pacientes. Instaló una biblioteca y llamó a amigos pintores para que decorasen los pasillos y pabellones. Los artistas recubrieron las paredes con frescos de colores suaves y relajantes y paisajes bucólicos, consiguiendo la calidez del entorno pretendida para los enfermos.

El 1 de enero de 1899, Pozzi y el Hospital Broca recibieron el más alto galardón oficial y el presidente de la República, Félix Fauré, inauguró el centro renovado y modernizado.     

El Dr. Pozzi volvió a ser oficial médico en la Primera Guerra Mundial, pero no murió en el campo de batalla. Su ajetreada vida se acabó cuando una noche de junio de 1918 un paciente resentido, que le acusaba de haberle provocado impotencia tras operarle de varicocele, le disparó tres tiros y acto seguido se suicidó. Pozzi envió una nota a su colega Thierry de Mertel en la que decía: “Siento mucho, querido amigo, estropear tu velada de esta manera, pero tengo al menos una bala en el estómago”. Manteniendo la misma sangre fría con la que había dictado la nota, al llegar al quirófano solicitó anestesia para anular el dolor pero que no le dejara inconsciente para poder colaborar en los pasos de la intervención quirúrgica. Mertel le suturó rápidamente diez perforaciones intestinales. Desafortunadamente, Pozzi tuvo un vómito brusco y empezó a manar sangre de la cavidad abdominal. La bala asesina había cortado la vena iliaca izquierda y de inmediato perdió el conocimiento y murió.

Al día siguiente Le Figaró le proclamó “un sincero amante de la ciencia y el arte, y él mismo una especie de hermosa obra de arte y un magnífico ejemplar de nuestra raza”. El 18 de junio se ofició el funeral en el templo protestante de la Redemption, en la avenue de la Grande Armée, donde fue despedido por la alta sociedad parisina. Fue enterrado en Bergerac y la ciudad puso su nombre a una calle y un hospital que todavía existen.

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Samuel Pozzi en 1918

Pozzi fue de los pocos afortunados que no tuvo que esperar a fallecer para ser elogiado por la prensa. El año anterior a su fallecimiento, el New York Herald Tribune había publicado un perfil biográfico suyo que le aclamaba como “el cirujano más eminente de Francia”. El periodista también comentaba algunas de sus posesiones, entre ellas “una obra maestra de Sargent”, precisamente el cuadro propuesto este mes:  El doctor Samuel Jean Pozzi en casa.

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El doctor Samuel Jean Pozzi en casa. John Singer Sargent, 1881. Óleo; 202 x 102 cm. Hammer Museum, Los Ángeles, California.

Este cuadro es un retrato de cuerpo entero que nos muestra una figura principesca de treinta y cinco años, moreno de pelo y barba, muy apuesto y varonil, vestido con una bata escarlata que le llega a los pies, de la que discretamente asoman la punta del zapato derecho y el blanco encaje fruncido del cuello y los puños, las única notas de color que se escapan de los tonos rojizos del ropaje y el fondo. Está de frente, mirando con aplomo hacia su izquierda. El centro del cuadro está dominado por unas manos de dedos largos y distintamente articulados, tan delicadas que parecen de pianista; la derecha se posa en el pecho sujetando la cinta de la botonadura y la izquierda se apoya en el cinturón. Es lógico que sea así, esas manos salvaron muchas vidas. A su espalda hay pesadas cortinas atadas con un lazo sobre una tela más oscura que se funden con un suelo del mismo color burdeos sin que sea visible una línea divisoria. La bata resalta por su tono más claro. Como comenta Barnes: “La pose es noble, heroica, pero las manos la tornan más sutil y compleja (…) Todo es sumamente teatral: hay un pavoneo no solo en la pose sino también en el estilo pictórico”.

El autor, John Singer Sargent, pintó el cuadro en 1881, a los veinticinco años de edad. El joven norteamericano residía en París y en la fecha del cuadro era el alumno más brillante de Carolus-Duran, el retratista de moda del momento. Duran frecuentaba el salón de la Place Vendôme y llevó a Sargent a conocer a Pozzi. Al poco le retrató en su casa, en bata.

Las colecciones que el Dr. Pozzi había ido atesorando a lo largo de su vida fueron subastadas en 1919, un año después de su muerte, pero la familia conservó el retrato de Sargent durante muchos años. Quizá fue por guardar un recuerdo o tal vez porque el cuadro no había tenido buenas críticas al ser expuesto en distintas ciudades. Desde 1990 se exhibe en la Armand Hammer Foundation de los Ángeles.

BIBLIOGRAFIA:

El hombre de la bata roja. Julian Barnes. Ed. Anagrama, 2021.

Wikipedia.

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2 comentarios en «LA AJETREADA VIDA DE UN CIRUJANO EN LA BELLE ÉPOQUE»

  • el domingo, 26 de mayo de 2024 a las 11:24 pm
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    Quina història més fantàstica. Bé, no hi ha gaires diferències respecte a totes les que ens expliques.
    Un altre llibre del que et venen ganes de comprar i llegir, però com parlàvem l’altre dia, no n’estic gaire segur de disposar de prou temps per tot el que m’espera.
    En fi, continuem.
    Si us plau, Cinta, no defalleixis amb aquestes notes culturals, són un consol i un privilegi.
    Manel

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  • el miércoles, 29 de mayo de 2024 a las 9:34 pm
    Enlace permanente

    Qué delicia de artículo!!!
    No entiendo como consigues encontrar el tiempo, la forma y tanto material para armar este relato tan bien llevado.
    Como médico ha sido una maravilla esta revelación de un pionero de nuestra ciencia.
    Para pensar hoy que el hecho de lavarse las manos fuese motivo de debate hace poco más de un siglo es emocionante.
    El detalle de un hijo debatiendo a golpe de libro la teoría evolutiva con su padre me produce escalofríos.
    Y así tantos detalles más que relatas tan concienzudamente y que embellecen esta magnífica entrada.
    Ah! … el cuadro es bellísimo
    Gracias Cinta

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