JAUME MORERA Y EL PAISAJE

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Figura de la entradaValle de Chozas. Jaume Morera (h 1891-1897). Óleo sobre lienzo, 58 x 91 cm. Museu d’Art Jaume Morera, LLeida.

CONCURS CERCANT L’ART III (nº8, novembre):

SOLUCIÓN: Gabarra esperando la marea. Jaume Morera, 1904. Óleo sobre lienzo, 46 x 72 cm. Museu d’Art Jaume Morera, LLeida.

ACERTANTES (por orden alfabético): Manel Serrano, Pepe Ruiz, Pere Ramirez y Pere Sanchez.

COMENTARIO

El paisaje, a pesar de su inconmensurable hermosura, variedad y colorido, no fue protagonista en el universo pictórico hasta que la pintura holandesa del siglo XVII acudió en su rescate. Hasta entonces, la pintura giró en torno al ser humano, los objetos que le rodeaban o su deseo de trascendencia plasmado en la religiosidad. El paisaje era un mero telón de fondo. Bien es cierto que la mayoría de artistas trabajaban por encargo de los adinerados, inicialmente de la aristocracia y la Iglesia y más tarde también de la pujante burguesía, y de ahí que muchas de las obras que nos legaron fueran de motivos religiosos, retratos de personajes socialmente importantes o pasajes históricos. Solo cuando la habilidad del pintor en sí misma empezó a interesar a la gente les fue posible a los artistas vender un cuadro que no se propusiera nada más que propiciar el disfrute de la contemplación de un hermoso panorama.  

Villa Livia
Frescos de Villa Livia. Palazzo Massimo alla Terme. Roma.

Ya en la Antigüedad el hombre fue el objeto principal del interés de los artistas y emplearon el paisaje para situar escenas de la vida humana, fueran cotidianas, militares, divinas o bucólicas. Una excepción que ha llegado hasta nosotros son los frescos de Villa Livia, esposa de Augusto, mostrando un jardín donde todas las plantas y árboles florecen y dan fruto a la vez.

En China, el budismo tuvo una gran trascendencia en la evolución del arte. Los chinos fueron los primeros que no consideraron la pintura como una tarea servil, sino que situaron a los pintores al mismo nivel que los poetas. 

Esta religión enseñaba que no había nada más importante que la meditación. Tal vez por ello, el arte religioso chino se consagró más como una ayuda para el pensamiento profundo que a propagar la leyenda de Buda o una doctrina, a diferencia del arte cristiano de la Edad Media.

  

Ma Yuan
Bailando y cantando (campesinos de vuelta del trabajo). Ma Yuan (1160-1225). Palacio de Pekín

Artistas devotos empezaron a pintar la naturaleza para que sirviera de ayuda e inspiración a la meditación. Sus pinturas sobre rollos de seda se guardaban en estuches preciosos y solo se contemplaban en momentos apacibles, al modo que se abre un libro de poesía para deleitarse con los poemas. Con este propósito se pintaron los excelentes paisajes chinos de los siglos XII y XIII.

Los artistas chinos no salían al aire libre para situarse frente a un tema y esbozarlo; al contrario, aprendían su método mediante la meditación y contemplación y estudiando las obras de maestros famosos. Cuando ya habían interiorizado esa destreza contemplaban la hermosura de la naturaleza para captar el estado de ánimo del paisaje. A su regreso del paseo trataban de recobrar esos estados de ánimo y coordinaban los recuerdos de lo percibido visualmente. Con frecuencia completaban las imágenes con versos escritos en el mismo rollo de seda

En la pintura occidental, la representación realista del paisaje comenzó dentro de las obras religiosas del siglo XIII. Previamente había sido en forma arquetípica, como por ejemplo líneas onduladas para el agua o festones para las nubes. Fue Giotto el primero que, abandonando los precedentes modelos bizantinos, sustituyó el fondo dorado de las imágenes sagradas por escenarios de la realidad, aunque no dejaban de ser unas representaciones muy simples: un árbol evocaba un bosque, una roca una montaña.

Giotto
La huida a Egipto. Giotto, 1304. Capilla de los Scrovegni. Padua

La irrupción de la pintura al óleo en el seno de la escuela gótico-flamenca permitió un mayor realismo de los detalles y se prestó más atención al paisaje, tanto natural como urbano. El inventor de esta técnica fue Jan van Eyck. En su retablo El altar de Gante (1432) se puede apreciar el gran cuidado que tuvo en plasmar una fidedigna imitación de la naturaleza. Los árboles y los edificios del fondo, reales y auténticos, muestran claramente su diversidad y los detalles como las hierbas sobre las rocas y las flores dan fe de la paciencia con que el autor observó y copió del natural.

Altar de Gante
El altar de Gante (detalle). Jan Van Eyck, 1432. Catedral de San Bavo. Gante.

En el renacimiento, esa función del arte de sumarse a la belleza y a los dones de la vida fue pasando poco a poco a un primer plano.

En el siglo XVI el paisaje ya adquirió autonomía iconográfica; en su forma realista a través de la escuela flamenca y de forma más idealizada en Italia.

Da Vinci fue un apasionado explorador del cuerpo humano, de las leyes de la física y también de la naturaleza. Observó sus formas, las modificaciones producidas por la atmósfera sobre el color de los objetos distantes, las causas del crecimiento de las plantas, la armonía de los sonidos…Sin embargo, el paisaje no alcanzó a tener protagonismo en su obra.

Da Vinci
Ginevra de Benci. Leonardo Da Vinci (1474-1478). Galeria Nacional de Arte. Washington.
Giorgione
La tempestad. Giorgione, 1508. Galería de la Academia. Venicia.

Otros maestros italianos fueron dotando a sus cuadros de vastos espacios con acentuación del paisaje en los que situaban sus personajes.  En Venecia se esmeraron por lograr realismo reflejando vistas de la laguna, sus calles, monumentos y fenómenos atmosféricos, como en el caso de La tempestad, el cuadro más conocido de Giorgione.

En Flandes, la primera representación del paisaje independiente fue la de Joachim Patinir. Sus composiciones religiosas o mitológicas estaban totalmente dominadas por la representación realista de la naturaleza hasta el punto de que la escena es mero pretexto para representar un paisaje panorámico o geográfico. En algunas obras de pintores de la siguiente generación como Pieter Brueghel el Viejo, Albrecht Altdorfer o Lucas Cranach el Joven, la figura humana  quedó reducida a la insignificancia, siendo lo importante el paisaje representado, panorámico y desde un punto de vista elevado, con amplias extensiones de terreno percibidas a vista de pájaro.

Patinir
Caronte cruzando la laguna Estigia. Joachim Patinir, 1520-1524. Museo del Prado.

A principios del siglo XVII, durante la época del tenebrismo, el paisaje seguía siendo poco cultivado. Fue en el Barroco cuando la pintura de paisajes se estableció definitivamente como un género en Europa, especialmente en el norte, coincidiendo con el auge del coleccionismo, la reforma protestante y el desarrollo del capitalismo en los Países Bajos.

La nobleza y el clero, principales clientes de los artistas, perdieron relevancia, siendo sustituidos por la burguesía comerciante, cuyos gustos estaban lejos de los temas históricos, religiosos o mitológicos, prefiríendo temas sencillos y cotidianos.  Fue entonces cuando alcanzaron relevancia géneros como el bodegón, el paisaje y las escenas de género, antes secundarios. Se produjo tal especialización que cada pintor se dedicaba a un tipo de paisaje específico. Así había pintores que tomaban como tema los «países bajos» -los terrenos que quedaban bajo el nivel del mar, con sus canales y molinos de viento-, estampas invernales -con estanques helados y patinadores- o marinas, diferenciándose entre quienes retrataban los barcos en las tranquilas aguas de los puertos y los que preferían vistas del mar agitado por los vientos y las olas. Los pintores holandeses de marinas fueron los primeros en la historia del arte en descubrir la belleza del cielo.

Vingler
Tormenta en la costa. Simon de Vlieger, 1645-1650. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.

Mientras, en el sur seguía precisándose una anécdota religiosa, mítica o histórica como pretexto para pintar paisajes de carácter idílico, que no se correspondían con ninguno concreto que existiera realmente, sino construidos a partir de elementos diversos (árboles, ruinas, arquitecturas, montañas…). Este tipo fue creado por el clasicismo romano-boloñés y en concreto por el más destacado de sus pintores, Annibale Carracci.

Siguiendo la estela de Carracci brillaron dos franceses instalados en Italia que se hicieron famosos al impregnar su obra de una nostálgica belleza: Nicolás Poussin y Claude Lorrain.

La trascendencia de Lorrain fue tal que casi un siglo después de su muerte los viajeros juzgaban la grandeza del paisaje real según si se correspondía o no con las imágenes mostradas por el pintor. Incluso los ingleses acaudalados modelaron sus jardines siguiendo el patrón que figuraba en sus cuadros. Tal éxito probablemente se debió a que quizá ningún artista anterior a él había conseguido expresar en tal alto grado sus propios sentimientos y emociones a través de su reflejo en la naturaleza

Lorrain
Paisaje con el arco de Tito. Claude Lorrain. Colección Conde de Radnor. Longford Castle. Salisbury

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La pintura del siglo XVIII careció de originalidad en cuanto al tratamiento del paisaje, salvo contadas excepciones: Canaletto se especializó en las perspectivas urbanas que los viajeros del Grand Tour se llevaban como recuerdo a sus países de origen y Wateau inició en Francia el género de las fiestas galantes.

Llegamos al siglo XIX, al cénit de la pintura de paisaje. En la época romántica el paisaje se convirtió en actor o productor de emociones y de experiencias subjetivas. Lo pintoresco y lo sublime aparecieron como dos modos de ver el paisaje, tal como vimos en el artículo dedicado a Caspar David Friedrich.

Constable
Bahía de Weymouth. John Cosntable, 1816. National Gallery. Londres.

En Inglaterra abrieron el camino Jonh Constable y Wiliam Turner. El primero se dedicó a pintar los paisajes de la campiña inglesa y lo hizo con una técnica de descomposición del color en pequeños trazos que lo hace precursor del Impresionismo. Su compatriota Wiliam Turner en cambio reflejó la modernidad, como la aparición del ferrocarril, y en sus cuadros las formas del paisaje se disolvían en torbellinos de color que no siempre permitían reconocer lo reflejado en el lienzo.

El paso del «paisaje clásico» al paisaje realista vino de la mano de Camille Corot, seguido de la escuela de Barbizot. Lo observaron de manera meticulosa y relativa en términos de luz y color con el objetivo de crear una representación fiel a la percepción que pueda tener un observador. Sus obras despertaron escaso interés entre el público o la crítica ya que la pintura academicista seguía dominada por los cuadros de historia, el gran tema por excelencia.

Corot
Ville d’Avray. Camille Corot, 1867. National Gallery of Art. Washington.
Monet
Impresión, sol naciente. Claude Monet, 1872. Musée Marmottan Monet. París.

Diversos factores confluyeron para que surgiera el impresionismo en torno al año 1860, entre ellos la pasión por la pintura al aire libre y nuevos temas, reflejando simplemente aquello que está ante los ojos: tanto el campo como la ciudad, el mar o los ríos con sus interesantes reflejos sobre el agua, tanto la luz del día como la artificial, en definitiva, «lo banal», considerando que no hay tema menor, sino cuadros bien o mal ejecutados. Trabajaron con manchas de color, grandes pinceladas, sin el acabado pulido, esmaltado y frío de una pintura de paisajes tradicional, sino reflejando más bien la impresión del paisaje. La obra emblemática de este movimiento, de la que obtuvo su nombre, es precisamente un paisaje: Impresión, sol naciente, de Claude Monet.

En España, el gran impulsor del género fue el belga Carlos Haes, uno de los más activos maestros de la Cátedra de Paisaje en la Escuela Superior de la Academa de Bellas Artes San Fernando de Madrid desde 1857. De entre la nutrida generación de alumnos que formó, cabe destacar a Jaume Morera, Aureliano de Beruete, Agustín Riancho y Darío de Regoyos.

Jaume Morera i Galícia, hermano del político y poeta Magí Morera, nació en Lleida en 1854. A los 20 años, después de sus estudios en la Real Academia de Bellas Artes San Fernando, marchó pensionado como pintor de paisaje en la primera promoción de la Academia de España en Roma. Allí pintó paisajes italianos dentro de las normas del academicismo clasicista. De esta época son Tormenta de nieve o perros en la nieveOrilla nevada del lago Trasimeno y El anochecer.

Morera. Orilla nevada
Orilla nevada del lago Trasimeno. Jaume Morera, 1875. Museo del Prado

A su regreso a España en 1877 volvió a Lleida, pero poco después se instaló definitivamente en Madrid, desde donde viajó a Francia, Bélgica y Holanda, siguiendo los pasos de su maestro, Calos Haes. De esta época son Orillas del What y Playa de Normandía, con la que obtuvo la medalla de oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes.

Morera. Orillas del Waht
Orillas del What. Jaume Morera, 1878. Museo del Prado.

Morera representa una corriente paisajista partidaria de la experiencia directa del natural y atraída por los paisajes nórdicos. Son conocidas sus excursiones pictóricas por las montañas del Guadarrama de las que tiene una amplia colección de obras, alguna de ellas en el Museo de Prado y en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (ver figura de la entrada).

En 1900 se casó con María Felisa Alday, a quien había conocido al trasladarse a Algorta para acompañar a Carlos Haes en sus últimos días. El matrimonio estableció su residencia entre Madrid y la finca Jardingane de dicha localidad, donde pasó sus últimos años.

Precisamente en la playa de Algorta, pintó Morera el cuadro propuesto el mes pasado en el concurso Cercant l’Art. El lienzo es una muestra del dominio de la luz y el color que atesoraba. Con el juego de reflejos se difumina el límite entre el agua y la arena y entre el cielo y el mar. La vela desplegada destaca rodeada de una magnifica gama cromática. Las figuras son una anécdota perdida en el paisaje.

Nov 1
Gabarra esperando la marea. Jaume Morera, 1904. Museu d’Art Jaume Morera, LLeida

A raíz de la “Exposició d’ artistas LLeidatans” celebrada en Lleida en 1912 se acercó más a su tierra natal, lo cual culminó con la creación de un museo donde alojar de forma permanente su legado. La base del museo fueron obras suyas y de pintores de su círculo.

El Museu Morera abrió sus puertas en 1917 en el antiguo mercado de Sant LLuis. El museo se denominó Jaume Morera a partir del año 1925, después de una nueva donación de obra del artista. A lo largo de sus más de cien años de historia ha tenido distintos emplazamientos y en la actualidad se encuentra pendiente la inauguración de una nueva sede  en el edificio de la antigua Audiencia en la Rambla Ferran que llevará por nombre Morera Museu d’Art Modern i Contemporani.

Jaume Morera murió en su casa de la calle Atocha de Madrid el 23 de abril de 1927. Recibió sepultura en Getxo con los máximos honores y acompañado de amigos y autoridades.

NOTA: Todas las imágenes del artículo son de dominio público.

Cinta
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Cinta

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2 comentarios en «JAUME MORERA Y EL PAISAJE»

  • el domingo, 17 de diciembre de 2023 a las 6:51 pm
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    Buff! vaig encertar el quadre de Morera, què content estic! Ni idea de qui era aquest senyor, però be, la deducció de vegades serveix.
    Ara estava llegint l’article que fas al voltant de la història de la utilització del color en la pintura i m’he vist obligat a aturar-me. L’article és per entretenir-se força, i ho vull fer amb calma. Així que et prometo el comentari quan l’hagi llegit tranquil i reposat com es mereix.
    Manel

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  • el jueves, 21 de diciembre de 2023 a las 11:36 am
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    Cinta, gràcies per portar-nos aquesta interessantíssima revisió del paisatge al llarg de la història de la pintura.
    I també per donar-nos a conèixer a aquest artista que crec ens era desconegut, almenys als que no som de Lleida.
    M’atrau especialment dels seus quadres l’estilitzada i encisadora lluminositat dels seus paisatges nevats (el de la pintura que encapsa-la el teu article en especial).
    N’he pogut veure alguns més a internet, després d’haver-lo descobert de la teva mà i em sembla un pintor sens dubte a recordar.
    (M’ha fet molta gràcia la seva connexió per matrimoni amb la població biscaïna de Getxo)

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