FRANS HALS, EL PINTOR DE LA RISAS

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Figura de la entrada: Malle Babbe (detalle). Frans Hals, 1633-1635. Óleo, 75 x 64 cm. Gemaldegalerie de Berlín.

CONCURS CERCANT L’ART IV (nº3, març):

SOLUCIÓN: El tocador de laúd. Frans Hals, 1623. Óleo, 70 x 62 cm. Museo del Louvre. París.

ACERTANTES (por orden alfabético): Ana Salas, Maite Talón, Pepe Ruíz, Pere Ramírez y Pere Sánchez.

COMENTARIO

Frans Hals nació en Amberes entre 1582 y 1584 (no se sabe la fecha exacta) en casa de un comerciante de telas protestante. Tras la caída de la ciudad a manos de las tropas españolas en 1585, la familia se trasladó a Haarlem, situada en la zona norte de los Países Bajos, de donde su padres eran originarios y donde los partidarios de la Reforma no eran perseguidos. En dicha ciudad vivió Hals toda su vida. La biografía del pintor corre en paralelo con la independencia de los Países Bajos.

Los predicadores protestantes exaltaban las virtudes de la laboriosidad, de la sobriedad y de la moralidad como única vía de salvación. Este mensaje caló en los habitantes de los Países Bajos, donde esas mismas virtudes constituían la base de la riqueza mercantil y la prosperidad de los centros urbanos de la región. Sin embargo, a ojos de los dominadores españoles el protestantismo era una doctrina herética. Felipe II (1555-1598) promovió una despiadada represión que desembocó en un largo conflicto, la Guerra de los Ochenta Años. La rebelión contra el monarca por la libertad religiosa y política comenzó en 1568 y culminó con el reconocimiento por España de la independencia de las Provincias Unidas, precursoras de los actuales Países Bajos, tras la firma de la Paz de Westfalia en 1648.

La historia clásica de los Países Bajos tiende a circunscribir el comienzo de la República de las Siete Provincias Unidas (conocida en el exterior como república de Holanda, que era una de las siete provincias) al año 1587, cuando terminó la regencia del conde de Leicester, última y desafortunada experiencia de tener un príncipe extranjero rigiendo su destino. En esa fecha, se instauraron “Los Estados Generales” como órgano de gobierno, dirigidos por un consejero elegido por representantes de las Siete Provincias bajo la presidencia de Holanda.

En la república holandesa, el poder político estaba concentrado en las manos de las élites mercantiles protestantes que residían en ciudades dotadas de notable autonomía como Amsterdam, Haarlem, Leiden y Delft, cada una de las cuales enviaba representantes a los Estados Generales que se reunían en La Haya. Se prohibieron las manifestaciones públicas de la fe católica, aunque se permitía la práctica privada. Fue precisamente esa atmósfera de tolerancia religiosa lo que favoreció la inmigración masiva de minorías perseguidas en otras regiones europeas, especialmente de judíos.

El nuevo Estado prosperó y se convirtió en la nación más rica de la Europa del siglo XVII. Las naves de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (fundada en 1602) recorrían en número creciente las nuevas rutas abiertas hacia Oriente y la Bolsa de Amsterdam (iniciada en 1609) daba la posibilidad a los comerciantes, artesanos, mayoristas y agricultores de invertir provechosamente sus recién creados capitales.

Coincidiendo con la pujanza económica, apareció una nueva clase de mecenas, la burguesía mercantil, que contrastaba de forma significativa con la atmósfera de las cortes absolutistas europeas y que propició grandes realizaciones artísticas y arquitectónicas, alejadas de los gustos y temas de la Iglesia y de la nobleza. Aunque sus puntos de vista se dulcificaron al aumentar su seguridad y riqueza, esos burgueses flamencos del siglo XVII nunca acabaron de aceptar el estilo barroco que dominó en la Europa católica.    

Muchos comerciantes enriquecidos, regidores y burgomaestres desearon retratarse para la posteridad con sus signos de prosperidad e insignias de su cargo. Además, hubo muchas asociaciones locales y juntas administrativas de gran importancia en la vida de las ciudades holandesas que tomaron la costumbre de hacerse retratos de grupo para colgar en las salas de juntas y lugares de reunión de sus asambleas. Un artista cuyo estilo agradase a ese público tenía los ingresos económicos asegurados, pero si su estilo dejaba de estar de moda se encararía con la ruina.  

A pesar de la falta de mecenazgo por parte de la aristocracia y autoridades eclesiásticas y el cambio en la temática inducido por la Reforma y el viraje político, el siglo XVII fue la edad de oro de la pintura holandesa, con una producción de unos cinco millones de cuadros. En este periodo destacan tres figuras principales: Rembrandt, Jan Vermeer y Frans Hals.

Frans Hals está considerado como uno de los grandes innovadores del retrato. Sus predecesores pintaron imágenes de caras y torsos sobre fondos austeros y monocromáticos, pero Hals avanzó hacia una extraordinaria libertad pictórica con un estilo dinámico y fluido. Eligió no darle un acabado definido a sus pinturas, como hacían casi todos sus contemporáneos, pues imitaba la vivacidad de sus retratados usando manchas, líneas, gotas y grandes parches de color que conformaban los detalles.

Su inclinación por plasmar figuras en movimiento con posturas espontáneas, las enérgicas pinceladas, amplias y sueltas, y la aplicación del color directamente en el lienzo, dotaron a sus obras de una gran vitalidad y le han merecido el título de precursor de los impresionistas.

Hals. La cingara
La cíngara. Hals, 1623-1630. Óleo, 58 x 52 cm. Museo del Louvre.
Hals. Malle Babbe
Malle Babbe. Hals, 1633-1635. Óleo, 75 x 64 cm. Gemaldegalerie de Berlín.

Hals fue el maestro del realismo burgués. Pintó tanto autoridades y agrupaciones militares como parejas de enamorados, niños, músicos o pescadores. Sus cuadros nos permiten conocer detalles de la vida de sus patrones, así como normas sociales, valores y tradiciones de su tiempo. A diferencia de otros retratistas de su época, no diferenciaba en su pintura si era por encargo o no. Utilizaba la misma diligencia y precisión en cualquiera de sus obras.

Hals. Pieter van den Broeccke
Pieter van den Broecke. Hals, 1633. Óleo, 71 x 61 cm. Kenwood House, Londres.
Hlas. El bebedor
El alegre bebedor. Hals, 1628-1630. Óleo, 81 x 66 cm. Rijskmuseum, Amsterdam

Con él la composición pictórica y la psicología de los personajes pasó a ser más importante que la figura representada.

La escasez de documentos y la ausencia total de escritos personales determinan la falta de datos que tenemos acerca de la vida y personalidad de Frans Hals. Sí se sabe que aprendió el oficio con Karl van Manden y que en 1610 creó su propio taller.

Ocupó un puesto de responsabilidad en el gremio de pintores de San Lucas, fue miembro de la iglesia Reformada y perteneció a la Wijngaertranken, una cámara de retóricos, cuyos miembros componían poesías y organizaban recitales y debates literarios.

Se casó en dos ocasiones y tuvo un total de once hijos, cuatro de los cuales, junto con su hermano Dirck, colaboraron en su taller.

En 1611 realizó su primera obra fechada conservada, Retrato de Jacobus Zaffius (Haarlem, Frans Hals Museum), y en 1616 el primero de sus retratos de grupo, El banquete de los oficiales de la Guardia Cívica de San Jorge (Haarlem, Frans Hals Museum), guardia de la que él mismo fue mosquetero.

Hals. La milicia
La milicia cívica de S. Jorge de Haarlem. Hals, 1616. Óleo; 175 x 324 cm. Frans Hals Museum, Haarlem.

Los habitantes de las ciudades orgullosamente independientes de los Países Bajos tenían que hacer turnos para servir en la milicia, por lo general al mando de los ciudadanos más prósperos. En Haarlem era costumbre honrar a los oficiales de esas unidades tras la finalización de sus deberes con un banquete suntuoso y un cuadro enorme. Desde luego, no debía ser fácil para un artista plasmar la fisonomía de tantos hombres en un solo marco sin que el resultado pareciera rígido o artificial. Hals supo transmitir el espíritu de alegría de la ocasión  e insuflar vida a un grupo tan ceremonioso sin dejar de lado el propósito de que los doce fueran reconocibles. El dinamismo que imprimió a este estudio a tamaño natural representó un cambio en su trayectoria. Dejó a un lado las convenciones y situó a sus modelos en la composición de forma asimétrica y con multitud de posturas y expresiones.

Hasta 1620 se dedicó a temas populares en los que podía permitirse subrayar los datos más realistas, pero es entre 1620 y 1630 cuando se registra su etapa de mayor esplendor, en la que retrata a la clase acomodada de Haarlem así como a comerciantes y eruditos.

Hals. Caballero sonriente
Caballero sonriente. Hals, 1624. Óleo, 83 x 62 cm. Colección Wallace, Londres.
Hals. Sara W
Sara Wolphaerts van Diemen. Hals, 1635. Óleo, 80 x 66 cm. Rijskmuseum.

A pesar de su éxito no dejó de pintar retratos sin encargo previo, entre ellos, por ejemplo, jóvenes tocando instrumentos, bebiendo o simplemente en actitudes relajadas y divertidas, como es el caso de la propuesta de este mes: El tocador de laúd, realizado en 1623 y en la actualidad expuesto en el Museo del Louvre.

Marc 2
El tocador de laúd. Hals, 1623. Óleo, 70 x 62 cm. Museo del Louvre.

Un joven vestido de bufón, tocado con un gorro a juego del que se escapan los mechones de pelo desordenados, gira la cabeza y la mirada hacia la derecha, mientras el cuerpo lo hace moderadamente en sentido contrario. Está en movimiento, tocando el laúd. La representación de las manos rasgueando las cuerdas es extraordinaria y podemos adivinar el punteado. La sombra de sus dedos en el instrumento nos indica que el foco de luz se encuentra hacia donde dirige la mirada. Lo excepcional del cuadro es la expresión de su rostro, sonriente y pícara. Allí donde se encuentra la luz, y que no vemos, debe haber alguien o algo que despierta ese gesto de complicidad y complacencia al mismo tiempo; quizá era una muchacha asomada a un balcón o sentada en un palco del teatro o tal vez otro músico fuera del encuadre. El fondo gris del lienzo, neutro, no nos permite saber donde se encuentra. A pesar de estar pintado con pinceladas rápidas y sueltas, adivinamos perfectamente los detalles del fruncido y volantes de su ropaje.  

Este cuadro nos permite observar las características más apreciadas de Hals: El dinamismo y la vitalidad que le otorgan esa capacidad para captar un movimiento fugaz, lleno de fuerza y naturalidad.

Hals. Descartes
Retrato de René Descartes. Hals, 1649. Óleo, 77 x 68 cm. Museo del Louvre.

A partir de 1640 sus encargos comenzaron a disminuir notablemente, debido probablemente a un cambio de moda entre las clases adineradas, que comenzaron a solicitar un tipo de retrato más cuidado y minucioso, con mayor aire de distinción y de nobleza. Aún así, a sus más de 60 años continuó retratando a figuras importantes de su tiempo como René Descartes.

Su ruina económica se agudizó con la crisis de 1650 y en 1652 tocó fondo. Sus acreedores lo demandaron en varias ocasiones y tuvo que vender sus pertenencias para saldar su deuda con un banquero. Poco después, el embargo de su patrimonio solo pudo requisar tres colchones, almohadas, un aparador, una mesa y cinco cuadros. La ciudad, en reconocimiento de su prestigio, le ayudó en sus gastos, proporcionándole vivienda gratuita y aprovisionamiento de combustible. Durante los últimos años de su vida recibió una pensión municipal. No se sabe si el origen de sus problemas financieros fue una vida derrochadora o la manutención de una gran familia, pero desde luego las deudas son el aspecto de su vida más documentado.

A pesar de las penurias monetarias, Hals no dejó de pintar. En sus últimas obras se observa el extremo de soltura que alcanzó al final de su carrera. En esos lienzos se definen fondos, ropajes e incluso manos con unas escasas pinceladas.

Hals. Asilo
Rectoras del asilo de ancianas de Haarlem. Hals, 1664. Óleo 170 x 250 cm. Museo Frans Hals, Haarlem.
Hals. Detalle
Detalle de la mano

Murió en Haarlem en 1666, con más de ochenta años, y está enterrado en la Catedral de San Bavón de la localidad. Su viuda murió unos años después en un hospital de caridad de la beneficencia local.

Tras su muerte, Hals cayó en el olvido hasta que su figura fue revalorizada por los pintores franceses de la segunda mitad del siglo XIX, particularmente Vincent Van Gogh, admiradores de su naturalidad

A la desestimación de Hals por generaciones posteriores pudo contribuir uno de los rasgos más características de su obra: atreverse a reflejar en sus modelos la alegría descontrolada, la risa. Lo que hoy nos parece tan necesario, en su época estaba desaconsejado por el decoro. La risa era considerada por los burgueses acaudalados algo frívolo y despreciable, especialmente en el caso de las mujeres. A la valoración peyorativa del acto de reírse en sí, se añadía que mostrar los dientes se estimaba entonces absolutamente inapropiado y la risa siempre tiende a dejar la dentadura a la vista, una dentadura que en el siglo XVII solía estar bastante estropeada. Por todo ello, la gente se hacía retratar en aquellos tiempos con expresión seria o a lo sumo con una recatada sonrisa.

Hals probablemente sea el pintor que ha derramado más risas y sonrisas en su obra y eso que no es fácil plasmar las muestras de diversión. Cuando una carcajada estalla, se contraen en un instante unos 50 músculos faciales. Por añadidura, hay que pintarla de memoria porque el modelo no puede congelar la risotada durante el posado sin que resulte artificial.

Hals. Zambomba
Tocador de zambomba. Hals, 1618-1620. öleo, 106 x 80 cm. Museo de Arte Kimbell, Texas.
Hals. Ramp y su enamorada
Yonker Ramps y su enamorada. Hals, 1623. Óleo 105 x 80 cm. Museo Metropolitano de Nueva York.

A pesar de la dificultad, Hals retrató carcajeándose a niños, enfermos mentales y personas de baja clase social, pero también a gente adinerada, rompiendo una vez más los convencionalismos de la época.

Hals vuelve a estar de moda. Tres grandes museos han unido sus fuerzas para ponerlo de nuevo sobre el mapa. La National Gallery de Londres le dedicó a finales del año pasado una importante muestra que en la actualidad y hasta el 9 de junio puede verse en el Rijksmuseum de Amsterdam y que posteriormente viajará a la Galería de Pintura de Berlín (Gemäldegalerie).

Al margen de estas exposiciones temporales, muchas de sus obras se exponen en el Museo Frans Hals de Harlem, tan solo a 15 minutos en tren de Amsterdam. Su visita es una buena ocasión para visitar un escaparate de risas, las mejores armas contra todos los fuegos.

BIBLIOGRAFIA:

Historia del Arte. Mary Hollingsworth. ED. Tikal

Arte, toda la historia. Stephen Farthing. Ed. Blume, 2019.

La Historia del Arte: E.H. Gombrich. Ed. Phaidon, 2009.

Museo Thyssen-Bornemisza.

Rijksmuseum.

Wikipedia.

Cinta
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Cinta

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2 comentarios en «FRANS HALS, EL PINTOR DE LA RISAS»

  • el martes, 30 de abril de 2024 a las 9:23 am
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    Cinta, altra gran entrada per instruir-nos en el contexte social i artístic de la història. L’art com a representació d’una època, d’unes costums, d’una societat.
    Impressionants el retrats de Frans Hals.
    Enhorabona.
    Abraçades 😘😘

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  • el jueves, 23 de mayo de 2024 a las 5:54 pm
    Enlace permanente

    Moltes gràcies Cinta.
    Novament un article impressionant i molt ben documentat. Començo per dir-te que no recordava res de la obre de Hals. Ni de la obra ni de la seva existència. Potser la única proximitat que tinc amb ell són les pintures del Louvre, les recordo ambdues.
    Coincideixo amb tu que l’adveniment de la època moderna promou gran un canvi en molts registres socials i polítics. La pintura, és l’expressió artística que abans ho detecta. Tu mateixa esmentes la reforma protestant i la Pau de Westfalia en el teu article, hi estic plenament d’acord. L’esclat del realisme social (abans inexistent en la imatge pública) i el que s’ha anomenat “la domesticació del retrat reial” (per fer-ho més proper i domèstic) serien dos indicadors de la nova modernitat.
    Moltíssimes gràcies, Cinta.

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