CON NUESTRO GUÍA EN LLABERIA

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Para empezar, Pere sobre el papel siempre lo organiza todo bien.

En su privilegiado cerebro y escultural cuerpo, las rutas son siempre fáciles.

Los ángulos de cuarenta y cinco grados son planos, los pedrolos son granos de arena.

Reconozco que lo tiene todo atado a priori hasta que este grupo de torpes sesentones se lo descontrola todo.

El que no lleva las botas bien atadas, lleva las que resbalan. Al que no le duele la rodilla, le duele la punta del dedo gordo.

Si esta ruta está calculada para una hora, van a ser tres.

Por no mencionar la falta de silencio planeada. Hay más cotorras que cuervos.

Él tenía un plan perfecto en su campestre cabeza y ahora yo os voy a relatar la verdad de lo sucedido. Es posible que mi relato parezca increíble, pero es casi cierto.

Él hizo poesía en esta web sobre este maravilloso territorio (“La porta del cel”, lo tituló), yo una chapuza importante.

Él trabajó horas para editar su artículo de modo perfecto y con gran prosa, yo he trabajado lo menos posible (tampoco he tenido mucho tiempo, la verdad) con un lenguaje barriobajero y atolondrado.

Situación geográfica.

El pueblo cerca no está, aunque esto depende de donde vengas.

En mi caso quedaba tan lejos, que tuve que hacer escala en la casa de Luís y Marta de Valls. Un placer siempre.

Si en un mapa ves un pueblo donde se termina una carretera ( más allá “la nada”), cerca nunca está, insisto.

Una curva más y vuelvo.

Circulé por más curvas que lectores tengo. A los tres millones de curvas me desconté.

Una curva más y consiguen cuadrar el círculo.

Ni en los Andes había visto yo una cosa igual.

El que hizo la carretera era un sádico, seguro.

Al que le tocó pintar las líneas de la carretera, acabó sin pintura en un frenopático.

Si no tienes una gran preparación física, potas.

De hecho, encontramos a una pobre andina (ese era su aspecto y no miento) blanca y traspuesta después de dejar parte del hígado al llegar.

Lástima que Manel no pudo esta vez apreciar mi pericia y habilidad en el manejo de la curva. ¡Cuánto habría aprendido!!!

Que se contabilicen cinco habitantes censados en ese pueblo situado en el infinito, me parecen muchos.

El municipio en sí bellísimo y muy cuidado.

Incluso posee un museo….cerrado, evidentemente porque ya me dirás quién se va hasta allí para mirar herramientas de payés.

El museo se supone que debió tener momentos de gloria, pero éxito no tuvo porque los cinco habitantes que tiene ya están hartos de ir.

Los prolegómenos de partida son siempre largos. Hay mucho que contar y mucha gente que estrujar.

Para empezar a andar se requiere un cierto precalentamiento y mucha protección solar.

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El inicio, fácil y agradable salvo en una primera cronoescalada que yo creo que está situada estratégicamente para acojonar.

Vistas majestuosas sin duda.

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La pelotilla del fondo era nuestro primer objetivo. Algunos caminan en sentido contrario, aunque es posible que me haya yo confundido.

Nos acompañaba en el paseo tomillo y romero en flor con un aroma muy especial. Flores silvestres a punta pala.

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La flor es la de que está entre un genio y el pirata de nariz afilada

Media hora después del horario previsto, la gente habla mucho y camina poco (podríamos denominarlos, cotorras reumáticas), llegamos al primer destino.

La Miranda, una cima de nueve mil metros de altura a ojo de buen cubero, coronada con una curiosa construcción y pelotilla muy decorativa en su prominencia más elevada (nueve mil quinientos metros si contamos la pelotilla).

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Parecía Marte donde he estado hace poco

Aquí los asmáticos y cojos resoplaban.

“Vamos bien”, pensaba yo en mi santa inocencia que Dios conserve mucho tiempo.

Cuatro fotos más y tira.

Sube, baja, baja, sube (una torpeza de nuestro Creador, porque lo podía haber hecho plano) llegamos al segundo destino.

Si al llegar a una cumbre ves que te han colocado una cruz por allí, cágate.

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Después de un padrenuestro y encomendado a todos los ángeles, tuvimos a bien descansar.

Mear allí era complicado sin exponerte a la lujuria general.

Ni una roca donde esconder el pito.

Alguno estaba peor que Peter Sellers en “El guateque”.

Pere dio una de sus más recordadas clases magistrales de geografía, pero siempre están los que no prestan la atención debida.

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A las pruebas me remito y no doy nombres
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No tenía yo dolor de cabeza por las explicaciones. Estaba meditando
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Pep, decidió intervenir con gran osadía. En esos momentos me recorrió un escalofrío.

Por suerte su gran preparación geográfica e histórica hicieron el inciso indispensable para una mejor comprensión de las vistas y no se dieron

bofetadas con las anteriores explicaciones.

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Yo creo que Pep es una reencarnación directa del neolítico o probablemente se ha fosilizado. Es un ejemplar único. Estaré más atento.

En cualquier caso da gusto seguir con atención cualquier detalle que aporta y complementa la caminata.

Tocaba comer. Los hipoglucémicos habituales se arrastraban.

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Se suponía que teníamos que descender por ese barranco para ir a comer. Hubo motín

El de la uña clavada en la punta de la bota estaba a un paso, nunca mejor dicho, de sentarse y decir “ya me encontraréis”.

Hubo conflicto, no lo niego.

Pere nos tiraba barranco abajo para comer debajo de un magnífico Cavall Bernat. Seguro que valía la pena, pero la asmática, la coja, los muertos de hambre y por supuesto el de la uña, no estaban para más trotes.

El lugar escogido, sencillamente fue espectacular esta vez.

Plano no era el comedor.

Comías más inclinado que la torre de Pisa y si no eras de condición Fakir había unos cactus pequeñitos con muy mala leche que, al menos descuido, te dejaban el cuerpo más lleno de agujeros que un campo de topos.

Las comidas son ya uno de nuestros grandes momentos.

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Compartir chocolate, galletas, fruta o frutos secos es la ley.

Una ley que esta vez, espero que sea la última, nos privó de un clásico, las avellanas porque se supone que esa bolsita provoca un exceso de peso.

Para peso, el de mi ley como no comparezcan en la próxima ocasión.

El Frankenstein que llevo dentro, puede ser letal.

Ya comidos, reídos, relajados, hidratados, descansados y unos cuantos “ados” más, parecía que el resto iba a ser pim pam.

Ni pim ni mucho menos pam, porque a Pere le afectó el bocadillo de mortadela y propuso complicar la cosa.

El reto, ascender al Cavall Bernat con dos huevos y sin oxígeno.

Presagié un estrepitoso fracaso, paro para mi sorpresa no era el único chalado.

Rápidamente se apuntó la sección masculina menos el de la uña al que sólo le faltaba este reto, y yo mismo que me tenía que quedar astutamente con las chicas. Todas menos Begoña que fue arrastrada literalmente por Pere con métodos hipnóticos que desconozco.

Tuve que quedarme para defenderlas de un más que posible ataque de los perros vampiros que corren por esos lugares.

Un inciso para que se me entienda.

Poco antes de la comida Pere nos advirtió de la presencia de estos animales mitológicos. Mitológicos?, un cuerno porque nos explicó con detalle como se cepillan ovejas y cabras como cacahuetes.

Si lo que quería era acojonarnos lo consiguió.

No tuve más remedio que quedarme y salvar la vida de nuestras bravas aventureras.

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Aquí se puede contemplar la sabia decisión de quedarme

Ellos eran un punto en el horizonte.

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El pedrusco gordo del fondo es el objetivo.

Desde nuestra privilegiada posición seguíamos con angustia como a Begoña se le saltaba un zapato, Manolo se atascaba porque recibía órdenes de Pere de dejar de tirar piedras a los de debajo, a Begoña alguien le empujaba por el culo….

Yo, siguiendo las enseñanzas que aprendí en un campamento cheroki, grandes seguidores de mis artículos, no perdía detalle, con el alma en vilo y los testículos más arriba de lo normal de la temeraria ascensión.

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Clásica y elegante posición Cheroki

A Pepe, el otro, le comuniqué la presencia de una mano inquietante en el culo de Begoña. Su falta de interés por la noticia e incluso indiferencia me pareció preocupante.

En la cima, llegaron, no cabían sin roces y contactos promiscuos.

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No son hormigas…son ellos

Se machambraron. Pere hizo sitio arrancando la cruz que siempre ponen en estos lugares tenebrosos como ya os he comentado antes.

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Ana inmortalizó la hazaña jugándose la vida

Bajaron como pudieron.

Un resbalón y adiós muy buenas.

Manolo, de rojo, seguía tirando piedras.

Pep y Lluís llevaban traje de camuflaje, no los distinguíamos.

Por un momento pensé que los habían dejado olvidados con la cruz clavada en un dedo gordo. Con el día que llevábamos todo era posible.

Aparecieron sanos y salvos.

Mientras tanto, yo había divisado un punto geográfico peligrosísimo a diez mil metros de altura y me lo subí en un plis plas.

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Qué vistas. Yo veía el delta del Nilo.

Los de abajo veían el delta del Ebro.

Con una cuerda kilométrica y una fuerza sobre humana, conseguí que Ana se sentara a mi lado y pudiera ser testigo de tal proeza y unas vistas espectaculares.

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Con Begoña recuperándose, más blanca que esta hoja de papel, reponiéndose del susto y de los efectos secundarios de la hipnosis que le habían practicado para que accediera a la locura realizada, reanudamos el descenso que se suponía rápido y fácil.

Lo del descenso era cuestionable, pues de repente la cosa volvía a subir inexplicablemente.

Lo de “ruta fácil” que se lo expliquen a Pepe, el otro, que se pegó una leche de cuidado.

Si no llega a ser por una bendita mata de romero que lo salvó de una caída libre y pedrusco incrustado en la tibia de propina, me veía a M. Ángeles practicando uno de sus reconocidos boca a boca y Marta curas paliativas.

Ni te cuento si llega a caer en uno de esos cactus traidores del camino que lo habrían dejado para colador de purés.

Si con este grupo, nuestro guía nos puede devolver por una ruta fácil de veinte minutos o por un laberinto de hora y media, ¿por dónde apostaríais que fuimos?

Os dejo la incógnita, es mejor, creedme.

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Ocho horas después, veinte kilómetros andados (unos diez según el reloj manipulado de Manolo) y más millones de pasos que lectores tengo (me desconté en los quince millones de gambazos), llegamos al bendito pueblo donde los coches seguían intactos porque hay que tenerlos bien puestos para subir allí a robar nada.

Besos, fuertes abrazos y la sensación, una vez más, del desafío mortal superado nos iban despidiendo.

Regresé por los millones de curvas. Con las endorfinas creciditas me parecieron menos y es posible que en alguna tirara yo recto.

Durante las tres horas de vuelta, sorteando intrépidos camiones de autopista, de vez en cuando veía por el espejo retrovisor mi cara de tonto alegre (es posible que fuera la de siempre), pero quiero creer que fue debido a los efectos secundarios de una sobredosis de amistad y buen humor.

Muchas gracias a todos y especialmente a ti, Pere por tu paciencia.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

3 comentarios en «CON NUESTRO GUÍA EN LLABERIA»

  • el domingo, 28 de abril de 2024 a las 10:11 am
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    Pepe, divertida, sugerente y bastante fiel a la realidad tu vivencia de ese espectacular día.
    Un alegato que invita a continuar quedando entre amigos para disfrutar de esos mágicos y adorables momentos entremezclados de esfuerzos, sudores, risas, confidencias y una sublime amistad.
    No falles nunca, tus reportajes nos estimulan 😀👍😘

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  • el domingo, 28 de abril de 2024 a las 1:37 pm
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    Sin haber podido ser, en esta preciosa escapada, uno de los aguerridos amigos que la sufrieron y disfrutaron, aún así… cómo me he carcajeado leyéndote Pepito! Y que inspirado, por no decir sembrado en una aventura tan bella como rocosa.
    Los que no pudimos estar allí agradecemos tu crónica tanto o más que los temerarios – a verse expuestos a tu labia proverbial – que compartieron contigo estos locos encumbramientos.
    Gracias amigo.

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  • el jueves, 23 de mayo de 2024 a las 6:13 pm
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    Que divertido, Pepe!
    Por cierto,me he fijado en la abundancia de vegetación de la zona. Hay que joderse! vaya secarral.
    Por un momento me imaginaba compartiendo excursión con vosotros y comiendo nueces y chocolate entre piedras y escorpiones y bajo un “Lorenzo” de justícia. Tu tambien ¿no?
    Como os quiero!
    Manel

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