viernes, 28 de agosto de 2026
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CALÇOTADA 2026 … SI EL CIELO TE MANDA LIMONES

En la lotería del nacimiento se reparten cartas.

No me tocó la de las grandes luces, pero sí la del optimismo y por tanto no lo considero un mérito.

Es difícil ser optimista si naces hoy en Gaza, pero desfallecer o hundirte por un parte meteorológico, me parece inconcebible.

Deseamos que llueva a la carta y obviamente no es posible.

Está demostrado que si nos llaman para organizar calçotadas en el Sáhara (donde por cierto tengo cien mil seguidores hacinados esperando este relato en un oasis) lo convertimos en una selva tropical en el cuarto encuentro.

Tenemos algún cabroncete por allí arriba.

 Nos lo pone difícil siempre.

A algunos os prometí desvelar al responsable, me duele llamarle culpable, de no haber podido reconducir el diluvio que se avecinaba.

Se sentaba entre nosotros y nadie fue capaz de adivinarlo.

No sin malicia alguien tiró con bala sugiriendo nombres que, como siempre, no desvelaré.

 Para haber descifrado el enigma se requería mucha perspicacia e inteligencia, de la cual adolecéis, pues no calificaría a este ser ni mucho menos como Judas, sino todo lo contrario.

Me explico.

 Ante el terrible pronóstico meteorológico que se avecinaba, tenía que recurrir a alguien fiable, una persona de fe, un alma pura. Era evidente que no existía.

 Bajé las expectativas

 Para contrarrestar esa fuerza maligna entre este puñado de ateos amigos del pecado, tenía que encontrar alguien en quien confiar la tarea. Tal vez con poderes para realizar un conjuro apache (hay mucho indio entre nosotros) o una invocación.

Lo primero era descabellado por lo que adjudiqué la segunda misión a la única persona posible, Juan Ma..uel.

Lo llamé lleno de esperanza. Buen tipo, aunque prefiero no desvelar su identidad.

Con unas cuantas novenas de esas que Dios manda y unos huevos a Santa Clara, asunto solucionado.

 Ahora bien, o no entendió el mensaje o bien se le pasó entre derrota y derrota de tenis o su “partido religioso” no juega en primera división, el resultado fue catastrófico.

También por cierto me acordé de “San Ramón” (lo de santo lo digo yo con sobredosis de optimismo y las comillas las pongo por algo).

¿A quién le mandará WhatsApp ahora por allí arriba si todos se conocen?

Anda buscando santos de verdad por todas partes y va como loco. Muchos se esconden según me comentan los corresponsales de About Us en el Cielo.

No los puede saludar como Dios manda porque al que no le falta una mano, le faltan dos brazos. Irreconocibles mordidos por leones, chamuscados, llenos de flechas, sin huevos, ni tetas.

Cualquiera le pide un favor.

En el bando del optimismo siempre hay aliados. Afortunadamente aliados con más neuronas potables que las mías.

Contaba con el refuerzo de Lluís, Marta y Pedro (amén de mi indispensable y querida escudera Ana, no optimista de base, pero sí por obligación y fidelidad).

Llegaron puntuales el viernes a mediodía para comer juntos y realizar las últimas compras.

Yo soy el caos. Lluís la finura, el orden y la ciencia.

Para él, todo tiene que estar calculado.

Me volví loco con la carnicera descifrando los gramos de butifarra que entran en la cifra que me envió como referencia.

Exigía cordero en pleno fin del Ramadán. Imposible. Se lo cambié por churrasco.

Yo así voy cagado, pobre de mí si me salto el guion.

Para él una calçotada es una religión. Para mí una locura.

Formamos un gran equipo sin duda.

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Nos falló la gran compañía de Pedro, gran especialista en pelar almendras y otras cosas. Lo echamos mucho de menos.

Esa misma tarde, con un benévolo tiempo todavía, escalivamos en la barbacoa al aire libre los tomates para la salsa de calçots.

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 Yo diría que los quemó demasiado, pero para recibir collejas prefiero no opinar.

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Me fui al huerto a por naranjas.

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La tarde era espléndida. No nos podíamos creer con tanta placidez que el pronóstico fuera tan funesto para el día siguiente.

Me resistía a cambiar una vez más toda la logística.

 Llevaba toda la semana transportando sillas arriba, abajo, barbacoas para aquí y para allá según mi estado de ánimo y los pronósticos de la tele.

Suerte que la sensatez de Ana ya tenía claro desde el jueves que era preciso desmontar la casa y sentar a los treinta dentro.

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Los pronósticos climatológicos de Pere S. eran contundentes. Siempre lo son. Y catastróficos, a veces.

Para Gabi, el sol estaba garantizado. Es de los que le repartieron mis cartas.

Para atemperar los ánimos, entre noticias de bajas sucesivas deprimentes a causa del tiempo, los cuatro “organizantes” nos regalamos un recital de jazz y blues en la iglesia de Sant Cebrià la tarde del viernes.

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El concierto fue delicioso, pero es posible que la profanación de un Templo no fuese la mejor idea para reconciliarnos con el Cielo.

No recuerdo haberme acostado entre rezos (es evidente que los de J.M., si es que los hizo, fueron una mierda) y al amanecer, si el pronóstico fijaba a las siete como inicio de las primeras gotas … llovía.

Mira que la cagan. Ese día tenía que ser el bueno.

El problema principal era donde cocer los calçots. No se nos daba una “ventana” de tiempo “bueno” para ello.

Con la experiencia del año anterior, ya no cundía la histeria y mucho menos el desánimo.

La tristeza derivaba de las bajas de amigos que se acumulaban.

Ana encontró la solución perfecta y nosotros la ejecución.

Ya sólo faltaba que nadie se perdiera por el camino ni resbalara.

Arreciaba la lluvia.

Sé que confiar en Manel para estos menesteres es mucho confiar, pero os recuerdo que soy un optimista patológico.

Estuvo impecable en su condición de lazarillo.

 Otra cosa es Per..S. se le espera en el punto de encuentro y se va por otro lado. Perdió mucha sangre en una mala caída hace poco. Los buenos médicos sabemos que esto trastorna mucho.

Perdonado.

Sinceramente, los que compartís mi casa siempre me aportáis alegría. Es un placer teneros aquí y un placer también reencontrar y comprobar como crece “nuestro” Hugo.

En estos casos, están por un lado los que al llegar enseguida preguntan “dónde está el fuego y las brasas que para allí voy a echar una mano” y los que se van directos al vermut.

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LOS DEL VERMUT
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LOS DEL FUEGO

Todo me parece bien, aunque sospecho que la diversión cerca de los fuegos era mayor y el vermut aceleraba las endorfinas.

Montamos dos frentes de fuego muy separados por cuestiones logísticas. Llamémosle plan C.

Para la cocción de los calçots no quedó más remedio que buscar refugio en un lugar lejano y techado. La lluvia era pertinaz y obstinada.

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INDIANA , EL CAPITAN PESCANOVA Y SUS SECUACES

Tal lejanía provocó que encontrar el lugar generara algunos despistes en la orientación de ciertos voluntarios.

Por poner un ejemplo, sin querer citar su nombre, el bueno de P..p aterrizó en la casa del vecino, mi tía. Literal.

Con el fuego y la quema de cebollas, la maestría de Lluís no admitía bromitas.

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Si opinabas que los cebollinos chamuscados se metían en bolsas en vez de en las cajas que él y Dios mandan, caías fulminado por el rayo de Zéus.

“Pepe mejor callado y mete ramas que esto se apaga”

Qué estrés.

Más tarde, en el otro frente de brasas más cercano a la casa, se dispuso el batallón de las butifarras. No hay doble lectura.

Ante la dimisión de Lluís ante tanta ineptitud y sin una clara dirección culinaria, incluso para un genio de mi calibre es difícil describir todo el despropósito que hubo.

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Las opiniones volaban sin más criterio que el de haber pasado por una neurona solitaria y comunitaria.

Bern….et, aragonesa de pro y mujer de carácter intentó lo imposible, poner un mínimo de criterio.

Man…lo, se empeñó en quemar la panceta.

Nadie tenía claro cuándo se retira una butifarra negra.

Las patatas llegaron tarde.

Y lo más fascinante, nadie protestó durante la comida.

 Bueno, sobraron pancetas quemadas, según Ma..olo y su reconocido paladar, en su punto y crujientes.

El comedor era un espectáculo.

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Desde mi privilegiada perspectiva, por algo lo organizo, me emocionaba haber logrado una vez más convertir Can Cerdà en lugar de encuentro.

Man..lo, seguro que tiene patología masoquista o asesina.

Lo puedo sospechar, tiene sus razones y su explicación.

Si después de leer la última crónica grupal que publiqué se sienta justo a mi lado… un ángel o sed de venganza.

Tuve que controlar mi vaso de vino, pues estaba seguro, las paranoias no se controlan, que algo de veneno me ganaba.

Los calçots y su salsa no dejaban dudas del arte que atesoraban.

Para comer, Dios los cría y ellos se juntan probablemente. Me refiero a los insaciables y temerarios engullidores de semejante fábrica de pedos.

Cuando la mayoría había finiquitado el asunto con una proporción razonable en el cuerpo, en el córner derecho comían como si no hubiese un mañana ignorando la tarde de truenos que podían proporcionar.

No los puedo nombrar, pero Ad..la, Ma..te, y P..p (el que se nos despistó en casa del vecino y posiblemente su desgaste físico fue mayor) entraron en un frenesí de chupa que te chupa interminable.

 No he nombrado a los de la otra mesa porque puedo cometer alguna incorrección, pero Cri..tina mirada que le metía yo, calçot que tragaba. Habla mucho y esto retrasa.

Comentario aparte merece la bebida.

Si alguno ya llegó a la mesa medio cocido por el vermut, ni te cuento con el vino.

No puedo obviar, lo siento de veras por el cariño que le tengo, pero soy un cronista inquebrantable, el caso de Beg..ña. Espero que con esta clave no la podáis identificar.

Su peregrinaje hacia la botella de vino fue impactante y demoledora.

¿Qué hormonas la dominaban? ¿vive un momento delicado? ¿Con la edad aumenta el deseo carnal? ¿Yo?

Me costaba entender ese fascinante hablar estropajoso que le sobrevino.

Ponían broche de oro a la comida unos buenos postres con una delicatessen de Max, mi memoria lamentablemente no retuvo el nombre del dulce, de perdurable placer.

Lo bueno de una comida casera es que eliminas el lastre de tener que salir en un momento concreto.

Aquí saltas de silla en silla y te ofreces al amigo que necesitas escuchar.

Fue muriendo la tarde.

La lluvia no había parado en todo el rato, pero se notaba que ella también había sido una invitada más y dejaba las últimas gotas.

La tregua nos permite retener el recuerdo en una última foto.

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No quieres que termine, pero ya se acomoda la gente en sus coches.

Arrancan. ¿Todos? …El coche de Max quiere quedarse. Lo vemos poco últimamente, a Max, no al coche, y lleva dentro consigo de paquete al cojo del grupo.

Fallo de batería. Yo lo entiendo.

Más debate entre supuestos entendidos. “Conecta aquí, no allí”, “trae las pinzas” (¿cuáles?), “empujamos” “¿estás loco?” “enchufa un cargador cualquiera que esto arranca en un plis”

En definitiva, nada que un buen servicio técnico no solucione como bien intuyó Natalia.

Un final feliz para una gran historia que parecía imposible.

Si del cielo te manda limones ya sabes, no te alarmes.

Gracias amigos.

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